La vida es buena

Desde hace dos años muchos hablan de pesadilla interminable, una forma de convertir la vigilia en deshecho, restos de tiempo quemado. Y como siempre, los malos sueños duran más de lo necesario, precisamente porque la felicidad se descuenta por instantes en los que uno quiere lo que hace, ama lo que ve e incluso lo moldea. Los minutos, y por lo tanto las horas, corresponden a días cualquiera que discurren sin que suceda algo relevante, una sucesión de momentos que, con suerte, conforman una historia escondida, la nuestra. Así arrastramos los pies, pendientes de lo que ya vino y el pronóstico del tiempo, porque de alguna forma el aquí y ahora sólo queda al alcance del puto budismo zen.

Es cierto. A veces, respirar duele. Percibimos el pinchazo, la banalidad del mal en portadas y audios, también en los bordillos, en una isla perdida en el Atlántico y las almohadas. Sin embargo, todavía podemos disfrutar del dios de las pequeñas cosas, de sus mariposas nocturnas y la brisa del mar enredándose en el cuello de los adolescentes. Quizás cueste, pero la vida continúa imaginando, incluso al señalar con su garra suave a los que amamos sin esfuerzo. Perdemos, sí; también podemos contar que lo perdimos.

Mejor dejarse de juicios, asumir las consecuencias de nuestros actos y los del mundo que los desgasta. Más que nada porque encontrarle sentido a todo esto se considera el primer estadio hacia la locura. Ocupamos una plaza por defecto y resulta gratificante saber que el presente alcanzará el futuro sabiendo que hicimos todo lo necesario para convivir con lo inaceptable. Ahí reside la belleza de las cosas. Desde el borde de tus ojos puedes mirarte correr bajo las estrellas. No lo soñé; la vida es buena.

Ilustración: Caitlyn Murphy

Sobre el secreto de la felicidad

Resulta que, a veces, las intuiciones más primarias, aquellas que forman parte indivisible de nuestra existencia, deben de ser clasificadas científicamente para ser tenidas en cuenta, si no por la mayoría, al menos por el grueso de los vivos. Y a eso se han dedicado unos “hippies” en la Universidad de Harvard durante los últimos setenta y cinco años. El experimento en cuestión, denominado “Estudio sobre el desarrollo adulto” y financiado mediante recursos privados, pretende determinar qué es lo que nos mantiene en forma y contentos a lo largo de toda una vida… y resulta que, ¡sorpresa!, no es ni el dinero ni la fama.

En 1944 y con este fin se crearon dos grupos —a día de hoy son sus nietos quienes lo perpetúan— que, a la larga, mostraron comportamientos sociales antagónicos. Uno, el más longevo, se caracterizó por mantener estrechos lazos con sus familiares, conservar a los mismos colegas crápulas de siempre y ser capaces de dormir siete horas del tirón, con los beneficios para la salud que implica beber y descansar en paz con uno mismo; el otro, propenso a la soledad y las relaciones abruptas, comenzó a flaquear a los cincuenta, ignorando que la interacción social, el amor y la confianza guardan, en definitiva, el secreto de la felicidad.

¿Por qué en 2019 seguimos empeñados en negar esta evidencia? Pues porque somos mortales y deseamos algo rápido e indoloro, un tiro que sane nuestros males al instante, justo lo contrario de la oferta de las relaciones, sinónimo de picar piedra, idas y movidas, abono y riego… el antiglamour, vamos. Cambiemos focos por paseos bajo la luna, Casios por citas de noche, batidos de comino por cerveza, correos por morreos. No hay tiempo que perder; no lo hay, de verdad que no, y menos para ser famosos o millonarios.