Mentidme, Reyes Magos

Fue la primera mentira, mucho antes de que sintieras el pecho roto por culpa de aquel chico o la certeza de una vida distinta a la que habías planeado. Ellos traían una esperanza con olor a mandarinas, a mañanas de zapatos bajo un pino. A ellos encomendabas la noche, la falta de sueño por culpa de los nervios, el olvido del hambre porque, a veces, todo lo que necesitamos es una sorpresa que no sea abrir los ojos. Fue un niño del colegio el que te lo dijo mientras lanzaba la pelota por encima de la verja: «Los Reyes Magos son los padres». El niño desapareció de tu vida. Tú sigues esperando los regalos.

Los tres reyes vienen de muy lejos, son gente exótica. Atraviesan el mundo en camellos para visitar a un niño sin hogar. A cambio, dejan algo en todas las casas, una forma de compensar la mentira. Por esa razón, los regalos brillan, esconden un mensaje similar al del niño del colegio: «Te irás haciendo mayor, aunque no quieras». A la realidad se le va frunciendo el ceño, mientras tratas de encontrar una razón para sonreír después de tanta fiesta. Imposible dejar de mirar los regalos de los otros, el Scalextric que siempre deseaste, tu aspiración de pasar las navidades en bañador y con una piña colada.

Hay algo de sádico en mantener esa mentira. También necesario. Primero por ti, probablemente el último de la clase en enterarse de que Melchor era tu padre, Gaspar tu madre y Baltasar alguna tía tuya. Segundo porque nunca quisiste ser el niño que envejece antes y conoce los trucos de los más mayores. La mentira es una gran bola de nieve, que crece hasta llevarse todo por delante. Y tú resistes, crees en la mentira despiadada. Por eso te comes la fruta del roscón y miras a través de la ventana de tu casa. Ahí, al fondo, agazapada, hay una luz pequeña y firme, la única manera de seguir viviendo.

Ilustración: desconocido

San Isidro: tradiciones y controversias, chotis y chulapos

San Isidro regresa con tatuajes. Después de la Feria de Abril, Madrid replica la jarana a su manera, quitándole caspa y casetas, agregando chotis y chulapos. La modernidad, que es el sistema de mañana, recicla usos y costumbres, convierte en consumo de masas a un patrón, Isidro, conocido por rescatar a su hijo Illán de un pozo. Ven a conocer Madrid este miércoles… y querrás pirarte. Puede que les cuadre a algunos por aquello de hacer caja, disfrazarse, hacer caja, asistir a decenas de conciertos gratuitos —¡aprende, Taylor Swift!—, hacer más caja, congregar a miles de sevillanos empeñados en mantener ciertas rutinas que son, a fin de cuentas, ponerse pedo en trajes y chalecos. Me pregunto si es necesario recuperar tradiciones que deberían desaparecer. Tiene que ser que se nos olvida el verdadero sentido de las cosas, el de cada uno.

Hace muchos años la gente trabajaba de lunes a domingo. Había sol y nieve, trigo, matanzas de marranos, las modernas trabajaban dentro de edificios de arcilla y adobe. Celebrar San Isidro suponía detener el tiempo un poco, brindar con amantes y amigos, descomprimir sabiendo que las cosechas no esperan. Ahora, en cambio, Madrid alberga miles de garitos por metro de tienda, lugares para el ocio abiertos cuando los demás trabajan. Sí, es bonito ocupar la pradera y bendecir los campos, pero es aún más bonito no hacer de ello una marca. Que compitan los accionistas, que celebren las parejas el compás de tres tiempos. La culpa la tienen Almeida y Yoko Ono y su baile.

Lo peor de la edad no es cumplir años o perder pelo. Lo peor consiste en mirar atrás con nostalgia y llegar a conclusiones que parecen reaccionarias. Los toros mueren en las plazas, las mujeres masai siguen siendo recibidas con estiércol el día de su boda, en Valencia los petardos dan las horas pares y las nones. Las mejores costumbres son aquellas que combaten el individualismo y apuntan hacia el bien común. Nada que ver con la frecuencia con la que se practican, sino más bien con compartir las ideas y creencias que convierten la tradición en la mejor forma de proteger un mundo raro. No porque sea tradición debe de ser bueno. Mientras tanto, deseando que llegue agosto para que Madrid se despierte siendo lo que es, un pueblo.

Ilustración: Mercedes de Bellard

¿Feliz Navidad por convicción o convención?

Tantos años de bajona en el pecho que al final (y por la falta de movimiento) muchos acaban cuestionando lo que hacen, dicen e incluso creen. Entonces el invierno (ya lo hizo bien la luz de agosto) nos devuelve las tradiciones de siempre: invertir en lotería para vivir sin el castigo divino del trabajo, comprar regalos a la familia cuando, muchas veces, los lazos de sangre implican dolores de cabeza o dolor a secas y este tiempo de beber mucho, comer más y amar porque toca. Y surge la pregunta entre el turrón del duro y un tren abarrotado: ¿Feliz Navidad por convicción o por convención?

Hay que ir con la mentira por delante. Y es que si mentimos una media de veinte veces a lo largo del día, este autoengaño de la ¿feliz? Navidad se justifica siendo solidarios, o en todo caso implica el deseo de que le vaya bien a todos cuando el mundo, en líneas generales, se derrite con nosotros dentro. La fuerza de la costumbre es poderosa y las buenas nuevas ocupan poco espacio. Feliz y Navidad esconden una lucha y dos convenciones líquidas, algo que se da como los buenos días y una mano blanda al finalizar el partido. En el fondo ayuda, al igual que un mantra repetido muchas veces y el Satisfyer cargado en la mesilla.

Pero las cosas cambian y este año voy a apretar fuerte, concentrarme en esa metáfora pura y gritarla por la ventana queriendo decir «felices pollas en vinagre» o «felices fiestas». Ésta última además es inclusiva y respeta a los ateos, musulmanes (legión en España) y políticos a la que no puedes ni ver. A veces viene bien olvidarse de las convicciones y tirar de convenciones que implican cosas extraordinarias para la gente común. Pues eso. F**** N*****.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Echo de menos irme sin decir adiós

Durante todo este tiempo hemos hecho la vida de siempre excepto la que dependía directamente de los demás, es decir, la vida misma. Ahora que se vislumbra un final de ciclo que dará paso a la era de la electricidad cara y el embudo de conciertos y festivales, uno se siente nostálgico y echa la vista atrás. Ahí, arrinconada junto a la ropa de invierno, la vieja práctica de desaparecer de las fiestas sin decir adiós, despedirse a la francesa que dicen los españoles, o a la inglesa en boca de un parisino con peinado a lo garçon. Aquel gesto, perfeccionado durante años de aguantar chapas en grupo se ha visto abocado al olvido por una razón más que evidente: las reuniones son de dos personas; las de cuatro se consideran bukake.

¿Os acordáis cuando decían pero dónde se ha metido esta? ¿Y qué fue de aquel voy un segundo al baño seguido de un movimiento subrepticio hacia la calle, lejos del ruido de los cubitos de hielo, las conversaciones sobre viajes y el último restaurante abierto por Chicote? Y es que lo mejor de las fiestas era largarse cuando estaban llenísimas porque sólo de esta forma, discreta y elegante, se demuestra la buena educación del individuo frente a la masa.

Decir adiós con la mano tiene algo de insoportable, como dos gorriones que se van muriendo poco a poco; hacerlo con dos besos implica tener que dar explicaciones de por qué te piras; dar abrazos a diestro y siniestro en un campo de amapolas es el sueño húmedo de cualquier madrileño. «O te conectas al  Wi-Fi® o te vas», decía Erasmo. Pues de tanto querer irnos terminamos echando de menos quedarnos… para después volver.

Ilustración: http://www.saragironicarnevale.com

¿Cuánto falta?

Todos la hemos hecho en algún momento. De niños con mucho pis, en transición a una vida adulta con un deje de nostalgia y ahora, este momento trabado entre el mareo y un destino curvo. Y es que la respuesta al ¿cuánto falta? nunca convenció a los integrantes del coche, y mucho menos a los que la hacían. Tres horas, duérmete, haz el favor, un poco menos que desde la ultima vez que demostraste interés… Da igual porque la pregunta sólo puede responderse encogiendo los hombros o cambiando de tema, ¡mira, un conejo!, más que nada porque genera un tipo de ansiedad muy corrosiva: la de un tiempo que llega… a deshora.

Así hemos ido atravesando el año que condujimos peligrosamente, con tantas ganas de dejarlo atrás que se nos olvida que quizás deberíamos celebrar que no celebrar es también una forma de brindis, sobre todo teniendo en cuenta que nadie se ha muerto por saltarse la Navidad o ir de empalmada a currar. Curiosa paradoja la de empeñarse en volver a casa o reunir a los que se separan después del postre pues implica riesgo de ola, seísmo u homilía funeraria, aderezados con estadísticas de guadaña y estrellas de Oriente en Europa.

Quizás sea una oportunidad prescindir de las reuniones con miembros de la familia que son más bien una imposición, insoportables incluso cuando cae la nieve y el reloj da las doce en el kilómetro cero. No sé, tampoco es cuestión de ser misántropo, pero el amor, cuando es supremo, se manifiesta de la misma forma que la bondad, sin ruido ni grandes alardes. Además, siempre nos queda la satisfacción de haber hecho lo mejor que supimos hacer, sentarse en el asiento de atrás, mirar por la ventanilla y entender que el movimiento merece la pena si implica una acción, un destino, la vida como continuación de la vida.

Ilustración: Mitsuo Katsui