Echo de menos irme sin decir adiós

Durante todo este tiempo hemos hecho la vida de siempre excepto la que dependía directamente de los demás, es decir, la vida misma. Ahora que se vislumbra un final de ciclo que dará paso a la era de la electricidad cara y el embudo de conciertos y festivales, uno se siente nostálgico y echa la vista atrás. Ahí, arrinconada junto a la ropa de invierno, la vieja práctica de desaparecer de las fiestas sin decir adiós, despedirse a la francesa que dicen los españoles, o a la inglesa en boca de un parisino con peinado a lo garçon. Aquel gesto, perfeccionado durante años de aguantar chapas en grupo se ha visto abocado al olvido por una razón más que evidente: las reuniones son de dos personas; las de cuatro se consideran bukake.

¿Os acordáis cuando decían pero dónde se ha metido esta? ¿Y qué fue de aquel voy un segundo al baño seguido de un movimiento subrepticio hacia la calle, lejos del ruido de los cubitos de hielo, las conversaciones sobre viajes y el último restaurante abierto por Chicote? Y es que lo mejor de las fiestas era largarse cuando estaban llenísimas porque sólo de esta forma, discreta y elegante, se demuestra la buena educación del individuo frente a la masa.

Decir adiós con la mano tiene algo de insoportable, como dos gorriones que se van muriendo poco a poco; hacerlo con dos besos implica tener que dar explicaciones de por qué te piras; dar abrazos a diestro y siniestro en un campo de amapolas es el sueño húmedo de cualquier madrileño. «O te conectas al  Wi-Fi® o te vas», decía Erasmo. Pues de tanto querer irnos terminamos echando de menos quedarnos… para después volver.

Ilustración: http://www.saragironicarnevale.com

¿Cuánto falta?

Todos la hemos hecho en algún momento. De niños con mucho pis, en transición a una vida adulta con un deje de nostalgia y ahora, este momento trabado entre el mareo y un destino curvo. Y es que la respuesta al ¿cuánto falta? nunca convenció a los integrantes del coche, y mucho menos a los que la hacían. Tres horas, duérmete, haz el favor, un poco menos que desde la ultima vez que demostraste interés… Da igual porque la pregunta sólo puede responderse encogiendo los hombros o cambiando de tema, ¡mira, un conejo!, más que nada porque genera un tipo de ansiedad muy corrosiva: la de un tiempo que llega… a deshora.

Así hemos ido atravesando el año que condujimos peligrosamente, con tantas ganas de dejarlo atrás que se nos olvida que quizás deberíamos celebrar que no celebrar es también una forma de brindis, sobre todo teniendo en cuenta que nadie se ha muerto por saltarse la Navidad o ir de empalmada a currar. Curiosa paradoja la de empeñarse en volver a casa o reunir a los que se separan después del postre pues implica riesgo de ola, seísmo u homilía funeraria, aderezados con estadísticas de guadaña y estrellas de Oriente en Europa.

Quizás sea una oportunidad prescindir de las reuniones con miembros de la familia que son más bien una imposición, insoportables incluso cuando cae la nieve y el reloj da las doce en el kilómetro cero. No sé, tampoco es cuestión de ser misántropo, pero el amor, cuando es supremo, se manifiesta de la misma forma que la bondad, sin ruido ni grandes alardes. Además, siempre nos queda la satisfacción de haber hecho lo mejor que supimos hacer, sentarse en el asiento de atrás, mirar por la ventanilla y entender que el movimiento merece la pena si implica una acción, un destino, la vida como continuación de la vida.

Ilustración: Mitsuo Katsui