Pulsad Escape + Virus

Haced la prueba. Deteneos un segundo, tal vez diez. Olvidad el virus y la furia, el exceso de velocidad de un mundo en el que la urgencia se impone como única alternativa a los pulmones, precisamente porque el futuro —si es que esa palabra y sus variables perfecto e imperfecto no perdieron parte del significado atesorado hace unas horas— nunca existió en el ahora, porque de nada sirve anticipar el tiempo si el presente es un ramo de flores marchitas y nervios, de anhelos, miedo y contratos.

Cerrad vuestros oídos, domad el aliento, abrid el alma izquierda, olvidaos del espejo, la máquina y el neón porque ahí, tan lejos y tan cerca de las orillas de un cuerpo tan frágil, se encuentra la vida y su millón de estrellas, la luz que al iluminar prescinde del reflejo cegador, un instrumento convertido en carne y fascia, la luna en nardo creciente, el sol en narciso y gladiolo, el único colchón que es hierba, intransferible porque es tuyo y lleva tu nombre de agua.

Entrad. Huid del conformismo y la gripe. No + nos + aceptemos, ni adquiramos las ofertas al ritmo del tambor de guerra. Respirad. Otra vez más. ¿Lo veis? Está todo bien. No es tan difícil. Despejada la niebla el día se hace latido, la piel recupera el surco, la música resuena al otro lado y nosotros, solos alrededor de un esqueleto-perla, entendemos que vivir es nacer a cada instante. Entrad. El resto es miedo en descomposición.

El primer pedo, punto de inflexión en la pareja

Hay un hito en la relación de pareja, tormenta envuelta en nubes de algodón fétido que va más allá del intercambio de contraseñas móviles, del miedo y la emoción que preceden a la firma conjunta de una hipoteca, e incluso todavía más lejos de adoptar —tras infinitas charlas bajo la tenue luz de la cocina— ese chucho asqueroso convertido en trending topic porque son una monada, tía.

Y supongo que los más sensibles a los olores lo habrán adivinado y saben —el aroma de la muerte anticipa la presencia humana— que me refiero al primer pedo delante de él o ella. Pero no un cuesco “chiquirrín”, casi un suspiro de nitrógeno que se lleva el viento, sino un puto géiser parido por el trueno con la capacidad de atravesar las sábanas o las costuras de unos Levi’s 501 lavados a la piedra, el ejemplo perfecto de bomba que estalla cuando ni siquiera el granadero lo esperaba… Y además nos acompaña un rato largo, larguísimo.

Porque tras ese lapso llega el silencio, a veces repugnante, otras divertido, y aireamos la habitación sabiendo que a partir de ahora las cosas nunca volverán a ser como antes, lo que no significa que todo vaya a peor. Simplemente las puertas se abren, apuntalamos la confianza, y el pis rápido de él cuando ella se ducha se hace costumbre, y el «cariño, entro a por los pendientes que olvidé sobre el lavabo» cuando él caga es recurrente, y a partir de ahora no hay barreras, lo que ojalá se tradujera en mejor sexo. Así cumplen años las relaciones, sabiendo que en estos casos más vale confiar en el amor y no poner una vela a menos de un palmo. Hasta que el cuesco nos separe…