El primer pedo, punto de inflexión en la pareja

Hay un hito en la relación de pareja, tormenta envuelta en nubes de algodón fétido que va más allá del intercambio de contraseñas móviles, del miedo y la emoción que preceden a la firma conjunta de una hipoteca, e incluso todavía más lejos de adoptar —tras infinitas charlas bajo la tenue luz de la cocina— ese chucho asqueroso convertido en trending topic porque son una monada, tía.

Y supongo que los más sensibles a los olores lo habrán adivinado y saben —el aroma de la muerte anticipa la presencia humana— que me refiero al primer pedo delante de él o ella. Pero no un cuesco “chiquirrín”, casi un suspiro de nitrógeno que se lleva el viento, sino un puto géiser parido por el trueno con la capacidad de atravesar las sábanas o las costuras de unos Levi’s 501 lavados a la piedra, el ejemplo perfecto de bomba que estalla cuando ni siquiera el granadero lo esperaba… Y además nos acompaña un rato largo, larguísimo.

Porque tras ese lapso llega el silencio, a veces repugnante, otras divertido, y aireamos la habitación sabiendo que a partir de ahora las cosas nunca volverán a ser como antes, lo que no significa que todo vaya a peor. Simplemente las puertas se abren, apuntalamos la confianza, y el pis rápido de él cuando ella se ducha se hace costumbre, y el «cariño, entro a por los pendientes que olvidé sobre el lavabo» cuando él caga es recurrente, y a partir de ahora no hay barreras, lo que ojalá se tradujera en mejor sexo. Así cumplen años las relaciones, sabiendo que en estos casos más vale confiar en el amor y no poner una vela a menos de un palmo. Hasta que el cuesco nos separe…