Adiós a las mascarillas

Queda claro que el mundo ha intentado doblegarnos. Así, después de un año y medio conviviendo con el miedo, el olor de encías y el suspense, se acerca el momento de decir adiós a las mascarillas como el que se despide de un enemigo. Y hay jarana, una alegría incontenible porque por fin los feos podrán seguir siéndolo y los guapos más guapos serán. Pero cuidado, sólo en exteriores, lo que significa que a partir de ahora todos aquellos que trabajen en el Zara, bares sin terraza y carnicerías se enfrentarán a una clase de amenaza instaurada desde mucho antes del virus: los que no se enteran de nada.

Y comenzarán las excusas: me la ha dejado en el coche; si es sólo un momento y además estoy vacunado, payaso; no respiro y me vendes un paquete de Marlboro… Pero también las quejas desde dentro: ¿por qué esperar al 26? ¡Esto es injusto! ¿Por qué yo no y los demás sí? Y entre medias muchos pondrán de moda ponerse la mano en la boca a modo de y el del estanco mirará con envidia a los viandantes que espiran el humo frente al escaparate. Y luego nos preguntamos que por qué hay que explicar las campanadas cada año.

Está por ver qué será de aquellos que la llevaron puesta en la barbilla o a modo de gorra para los días soleados. Quizás ellos sepan algo que el resto ignora, clase de elegidos que lo hacen todo a medias, es decir, mal. La única certeza es que las mascarillas cumplieron su función, nos irritaron la piel de detrás de las orejas, cubrieron los océanos con su manto de plástico, salvaron millones de vidas. Ahora, ¿quién nos salvará de nosotros?

Ilustración: Steffen Kraft aka Iconeo

La grieta

Si hiciéramos el ejercicio —un poco sádico, por otra parte— de imaginar a todo el país caminando en línea recta hacia una grieta, es muy probable que la gran mayoría —al percatarse de su existencia— se mantuviera a distancia prudencial. Otros, en cambio, cegados por la oxitocina, se acercarían un poco más, extendiendo el cuello ante la inmensidad del agujero negro excavado en la tierra, e incluso algún despistado terminaría zambulléndose en su interior a lo Mireia Belmonte.

Supongamos que invitamos a una persona —el sexo es perfectamente intercambiable— para que nos guíe con sus “sabios” consejos emitidos desde la bancada en el Congreso o los medios de comunicación: «¡siga, siga, no pare; un poco más a la derecha, que ya queda menos! A la izquierda, a la izquierda. Tranquilo, le prometo que no le pasará nada: gracias a sus votos su destino está en nuestras manos». Creo que todos, sin excepción, torceríamos el gesto y le increparíamos.

—¿Quién es usted para jugar con mi vida? ¡Yo no me tiro en la próxima!

El problema es que esas voces, confusas y desorientadas, pertenecen a dirigentes políticos a los que se presupone una honradez a prueba de balas, principios éticos incorruptibles, por supuesto inteligencia y devoción en el desempeño de sus servicios a la ciudad(medi)anía, sentido y sensibilidad… Sin embargo, la grieta que los separa de todas estas cualidades se parece, de una manera extraña, al destino que nos tienen reservado, ese lugar lejos de la ceguera, más cerca de una miopía cultivada por millones de habitantes precipitándose sin rumbo fijo al centro de la tierra.

Precisamente, al gritar ¡eco! en plena caída, con nuestras uñas intentando asirse a los frágiles salientes, obtendremos una respuesta tan inútil como inesperada: ¡Sánchez!, ¡Torra!, ¡Rivera!, ¡Calvo!, ¡Iglesias!… seguida de un silencio aterrador.

Hasta el fin del mundo

Ocurrió en el paso de cebra de la glorieta de Quevedo, laberinto sin fauno de jóvenes ardientes y representantes de la tercera edad con un futuro aún más exiguo. Un niño, de esos con gafas y pelo aceitoso, caminaba al lado de sus padres —españolitos de aire triste— cuando de pronto, quizás abrumado por la velocidad de la mañana, dejó escapar el globo que sujetaba con la mano buena. El globo ascendió poco a poco sobre su cabeza, dibujando una línea irregular hacia un destino que por primera vez no era las capas más elevadas de la atmósfera, sino el Manzanares o algún páramo plastificado del sur de Madrid. Soplaba viento del norte, claro.

La cuestión es que este gesto en principio inocuo —a juzgar por la reacción de los progenitores que se ofrecieron a comprarle otro— me hizo pensar en lo difícil que va a ser cambiar ciertas pautas de comportamiento en aras del bien global y la conservación de la única casa para 7.000 millones de personas… con la consiguiente merma en el bienestar individual de cada una de ellas.

Y es que la Tierra tiene 4.500 millones de años, la especie humana acaba de cumplir 300.000, han pasado 200 desde la primera chispa de la Revolución Industrial y 3 desde la firma del Protocolo de París, tiempo más que suficiente para que nada cambie y que, tal vez, renunciar a tirar la colilla al suelo, coger la bici, comer zanahorias en lugar de hamburguesas, confiar en las buenas intenciones de políticos y monitores de gimnasio, reciclar, soñar menos y vivir más solo esté al alcance de otras formas de vida, civilizaciones asentadas en las capas más elevadas de la atmósfera, allí donde el globo del niño nunca consiguió llegar.

Hacer las cosas bien cuesta mucho, y quizás la única manera de salvarnos no sea mediante pequeños gestos, sino a través de una desobediencia civil en masa que avive el fuego y por lo tanto el cambio. ¿Revolución? No; sentido común en un mundo sin pulso.