Semen

La palabra semen es un hálito viscoso entre perla y pedrá, sustantivo amargo con tendencia a deslizarse desde la mano al calzoncillo formando un charco con la forma de un copo de nieve visto a través del microscopio. Su consistencia varía dependiendo de la vida del portador y la santísima estalactita de la castidad se transmuta en mosto light a partir del tercer orgasmo, algo al alcance de Antonio y unos pocos más. En cuanto al olor… ¿huele a nubes, a lujuria, a sudor y victoria? Porque no somos lo que comemos, sino más bien aquello a lo que huele este petróleo blanco, chorrazo compuesto por un 10% de espermatozoides, un 30% de secreciones de la próstata y un 60% de… mejor obviarlo.

Mientras sale a jugar, de día y de noche, nadie lo menciona en las comidas, y alguno protesta al no saber que sabe a gelatina marina, que raspa ligeramente la campanilla, tolón, tolón, como si de pronto, el torrente de la vida se resistiera a desaparecer así como así, en las profundidades de un ser humano que procura un placer altruista, esa gota de más sobre un batido.

Que quede bien clarito: tragárselo no depende de que te guste el chico, ni siquiera de si la polla en la que viaja es perfecta, ligeramente curvada o permanece semihundida estando erecta. Simplemente sucede, en el momento y el espacio, dando lugar a una acción bella, única, perezosa después.

Lo reconozco; solo he catado mi esperma por lo que no soy un experto en la materia, pero insto a todos aquellos a los que les de asco o grima que se animen, incluso que prueben a tener un Red Bull en la mesilla, y así pasar el mal trago. Solo en ese momento, frente al crucifijo y entre las sábanas con olor a sexo comprenderán que somos la materialización del espermatozoide que llegó primero… y que el “cream pie” no es una cosa de comer. ¡Abre la boca y di ahhhh, carapolla!

La supergonorrea es el nuevo sida

Hace unos meses disfruté de una cena estupenda en casa de unas “amigas”: fetuchini con salmón fresco servidos en una vajilla asimétrica y multimillonaria, vistas a un Madrid convertido en maqueta, y una conversación que saltaba de Nueva York a Codorniz, de la farándula a los caramelos de THC… hasta que nos topamos, ya en el postre, con las enfermedades de transmisión sexual, y en particular con el brote de supergonorrea que amenaza con conquistar el mundo del follisqueo irresponsable.

Resulta que nadie le teme al sida. De hecho, y por extraño que pueda parecer a los hijos de los noventa —década en que las muertes por causa de la epidemia se dispararon exponencialmente—, se trata de esa época arcaica en la que el condón era el rey de los recreos y las charlas sobre sexualidad. Después llegarían los avances científicos, el estado del bienestar despertaría de ese sueño incómodo y la pereza le ganaría al respeto porque total, si ahora es una enfermedad crónica, ¿de qué preocuparse?

La revolución ha llegado con la PrEP, siglas para profilaxis preexposición, y en particular con un medicamento contra el VIH denominado Truvada, el “comprimido” que se consume erróneamente como la pastilla del día después y con el que las personas seronegativas, aunque expuestas al virus, reducen en un 86% las posibilidades de contagio. Resultado: millones de mentecatos que se quitan el condón para follar y mear y como consecuencia de ello la gonorrea —enfermedad mucho más vieja que Carmen Lomana—, irrumpe en el siglo XXI convertida en Conan el Bárbaro cabreado e inmune a los antibióticos.

Por favor, follad mucho, muchísimo, pero nunca intercambiéis salud por imprudencia ni libertad por veinte minutos de gozo sin látex. Vuestros genitales os lo agradecerán, y vuestra vida también.