De la crítica al odio

Desde hace años se repite la misma cantinela en foros, grupos de Whatsapp y reuniones de vecinos: «ya no hay políticos como los de antes». Este mantra rabioso se hace extensible a cualquier aspecto de la vida moderna con sus tomates sin sabor, sus playas de concentración o sus nuevas generaciones percibidas como una copia peor de una copia mala de otra copia… Entre tanto juicio resulta paradójico la ausencia de cualquier tipo de autocrítica, precisamente porque ésta ha sido desterrada por el odio y la furia.

Decía Baltasar Gracián en su obra “El criticón” que «aprobarlo todo suele ser ignorancia; reprobarlo todo, malicia» y, a juzgar por los hechos, hemos decidido —es de ley incluirnos a todos— optar por el vómito, saltarnos la reflexión sobre la verdad de los hechos y acomodar a nuestra visión epistemológica de la realidad aquello que se desvía de la senda, incluidos amigos de Facebook, hermanos fachas, exnovios ‘jipis’ y esa compañera de trabajo que se dedicaba a alabar las bondades de la dieta crudivegetariana.

Así es como hemos llegado a un punto en el que, debido a la infinita cantidad de datos que nos rodea —no confundir con información—, somos incapaces de mirar en el ojo ajeno, precisamente porque la viga en el nuestro es ahora una fortaleza infernal en la que nada ni nadie entra. Recordad; la guerra expone nuestra verdadera debilidad. ¡Carguen, apunten, flores!

Ardió Guadarrama, lloramos todos

Ver arder la montaña que siempre estuvo allí, en cada estación, año tras año, imponente figura de roca y cielo esculpida a golpe de tiempo sobre La Granja de San Ildefonso es una experiencia extraña, semejante a perder un amigo de la infancia en la carretera, a olvidar, de repente y sin razón, los largos paseos por el Cerro Morete, más lejos de las luces de la ciudad, más cerca de las estrellas y el sol.

Porque de alguna forma cuando tu montaña arde —no todas ellas representan lo mismo a pesar de pertenecernos por igual— se pierden los recuerdos más diáfanos, aquellos inmortalizados en viejas fotos, negativos que ya no se corresponden con la realidad, ahora difusa, envuelta en una frustración cercana al horror.

Y el color verde da paso al negro, aviva las llamas que se elevan a vista de águila formando una nube similar a la de Hiroshima y, a pesar de no haber víctimas mortales, la naturaleza grita con furia, la furia se transforma en odio y, en su previsible desesperación, los humanos, causantes de la mayoría de los males que los aquejan, lloran la pérdida al ser conscientes del poder destructor que atesora esa mezcla implacable de mechero, lata de gasolina, manos cobardes y algo parecido a la venganza. ¡Cobarde!

Me cuentan que miles de personas se prestaron voluntarias para ayudar a los bomberos en las tareas de extinción, padres, madres e hijos sin experiencia en la lucha contra el fuego, incapaces de quedarse de brazos cruzados ante la idea de dejar que una mujer pétrea y herida desapareciera ante sus ojos, los mismos que se humedecen bajo un cielo plomizo.

Somos así, como la montaña que muestra una cara visible y otra oculta, frágiles, suicidas, noche, fuego… Ardió Guadarrama, lloramos todos.

Ab