La música es el recurso de los que no saben hacer nada

Resulta que cada vez que el hijo del famoso de turno, la pobre niña rica sin oficio ni beneficio o el rebelde sin causa con el cordón umbilical conectado a una bombona de oxígeno deciden qué hacer con su vida —envidiada por casi todos, vivida por unos pocos— terminan confluyendo en el mundo de la música y sus diferentes variantes compuestas, entre otros expedientes X, de cantantes que no saben cantar, compositores enemistados con la armonía y escritores de textos tan ridículos como un libro de Loreto Sesma.

Y la cosa no es de ahora, sino que viene sucediendo desde hace años, llevándose hasta sus últimas consecuencias en 2019, espacio temporal donde es posible grabar un disco en casa y un vídeo-letra con el móvil, y en el que casi todos tenemos un colega realizador o (cum)munity manager con la capacidad de darle una pátina de bien de consumo masivo a lo que nunca debió de suceder, más que nada por la cantidad de muerte y destrucción que genera a su paso.

Porque si no sabes hacer nada, y estudiar medicina, correr maratones u obtener un doctorado en Harvard implica un grado de sacrificio y trabajo inaceptables para alguien como tú, la música es el cajón de sastre con el que tomarte un respiro y aclarar las ideas antes lanzar una colección de ropa a base de plásticos marinos, participar en la basura de Telecinco o pedirle a tu madre que te haga un ingreso. Por suerte o por desgracia, nadie recuerda las malas canciones y solo aquellos que nunca consiguieron lograr su sueño piensan en los malos músicos.

Quizás algunos no deberían intentarlo todo, y mucho menos cantar. Ya lo decía Mozart: «La música no está en las notas, sino en el silencio entre ellas».

El mundo en el que vivimos

En el planeta tierra, un punto azul pálido entre millones de estrellas y galaxias, hay mares, ríos, elefantes, sequoias milenarias, música, amor, Avtomat Kalashnikovas modelo 1947, paciencia y ruido, y sin embargo, los hombres y las mujeres lo viven y lo mueren de maneras muy distintas.

Algunos de ellos abren los ojos, andan hasta el cuarto de baño, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosos, de espaldas anchas y con pelo sobre los hombros. Cuando quieren algo lo cogen…, «¿para qué?»

Muchas de ellas se levantan cada día, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosas y sin embargo tienen que pedir permiso…, «¿por qué?»

Algunos de ellos deciden cómo y cuándo. Son plenamente conscientes de que la fuerza lo es todo y por la fuerza se abrirán todas las puertas. Se visten, besan la cadena que llevan al cuello y salen a la calle: «Hoy hace un día precioso.»

Muchas de ellas dicen que no y sin embargo esa palabra, esas dos simples letras, parecen caer en el olvido, en un vacío públicamente aceptado. Porque muchas están solas y a pesar de ello tienen que seguir abriendo puertas. Se ponen el chandal y salen a correr: «Hoy hace un día precioso.»

Algunos de ellos las ven pasar, las increpan con piropos, las siguen con la mirada y con sus propios pasos hasta que esas manos desprovistas de alma se posan sobre unos hombros que huyen, que laten y que, ya inertes, son enterrados entre el barro y la sangre: «Los quise y me los apropié.»

Muchas de ellas siguen corriendo, mirando a la cara a ese miedo que se convierte en grito, después en dolor y por último en rabia, la de todos.

Este es el mundo en el que nosotros vivimos, en el que ellas mueren: «Hoy es un mundo horrible»