Yo, autónomo

Esta situación, que se alarga y se contrae en función del número de vinos, ha puesto de manifiesto que los que todavía mantienen su trabajo ahorran más de lo normal, que la Iglesia Católica está llena de gente poco cristiana y que, de entre todas las actividades laborales y a un nivel inferior al de las cucarachas —al menos ellas tienen una cama caliente detrás de la nevera— se encuentran poetas y autónomos. De hecho, la situación es tan grave para este colectivo que he decidido de manera unilateral y a partir de hoy llamar poetas a los autónomos y autónomos a los poetas, excepto a Marwan al que directamente le considero malo en lo cantado y peor vate. Y es verdad, todo el mundo lo pasa mal, los sanitarios, los hosteleros por defecto, los de la funeraria por exceso y, sin embargo, nadie habla de ellos, nosotros, precisamente porque estamos acostumbrados al olvido en vida. Yo, autónomo; yo nada.

La invisibilidad crónica que nos acompaña desde la invención del hombre como mula de carga se hace más patente en momentos de penuria. Ahí el autónomo, perdón el poeta, nace porque el silencio es su territorio, desentraña los secretos de dos palabras que al juntarse dan cuerda a un misterio: cero curro, se fuma otro cigarro de liar e inventa una fábula en la que él es el protagonista inesperado, por supuesto, con final dramático: termina trabajando por cuenta ajena.

A pesar de todo y de todos, cada año muchos autónomos prueban suerte y se lanzan al vacío. Es verdad, uno se organiza mejor el tiempo, es el jefe de su propio jefe y se explota cuando quiere y puede, y por eso se queja menos de lo que debería; hacerlo significaría señalar su lugar en el mundo ¡y eso nunca! Ahora bien, pocos salen a la calle enarbolando la bandera del país de nadie y tres millones y medio, pocos caen en la cuenta de que ser autónomo es serlo en lo importante, aunque eso tampoco significa ser autosuficiente. La práctica del emperdedor se aprende por el camino y por eso hay que decirlo, para estar seguro de perder con dignidad. Un abrazo para todos los poetas en paro.

Ilustración: http://www.johnholcroft.com/

¿Qué es ser español?

El mundo es un reproche y, mientras tanto, aquel mantra de las dos Españas —a la que Salvador de Madariaga añadiría una tercera—comienza a ampliarse a millones de ellas, tantas como españoles, precisamente porque este país es una anomalía entre la Europa erudita que sigue mirando hacia el norte y la arena libre del Sáhara. A nadie le resultaría complicado determinar qué es un francés (quejica) o un chino (que fuma) y, sin embargo, cuando nos enfrentamos a la definición de nuestra especie se produce un estruendo de cacerolas y banderas. Y el raciocinio aprovecha para dormir la siesta.

De esta forma llegamos a la conclusión de que el español medio ya no grita, sino que insulta; no come a las tres porque prefiere beber desde primera hora; tampoco es muy católico porque la Iglesia permanece callada; y mientras tanto ser español también es calentar la silla; echar de menos a Lorca; renegar de los toros; utilizar la risa y el tacto como ungüento; perderse en la playa de las Catedrales y mirar a la Merkel desde la cima del Aneto; en definitiva: vivir y padecer a partes iguales.

Aquí se folla poco y se jode mucho, la ignorancia compite con los Nobel de la estantería, el cainismo es ‘trending topic’ y la ciencia la más fea del baile, precisamente porque otorga certezas despegadas de ideologías, credos y desescaladas. En pleno 2020 seguimos con Manuel en un bando y Antonio en el otro, a la gresca, haciendo sangre, negándonos a ver que España es simplemente un nombre con forma de país y «ser español no es ni bueno ni malo… solo es así». Quizás el problema sea serlo por el simple hecho de serlo.

Ilustración: http://www.annaparini.com/