Cosas nazis

Los nazis siempre han estado presentes en mi vida y un poco en la de todos. Los recuerdo en el recreo, entre algunos de mis amigos, también en la calle y en los bajos de Argüelles. Además de los gestos grandilocuentes, el paseíto en grupo y una estética proletaria similar a la de sus antagonistas de izquierdas, poca ideología había ahí. De lo que se trataba era de infundir el miedo, pegar palizas a guarros e inmigrantes y llenar las paredes de símbolos ignífugos cargados de odio y mala letra. Hitler, Goebbels, Hess y compañía representaban una influencia en sus comportamientos, si no estética al menos vital: los nazis sienten una debilidad especial por repartir hostias, y de alguna manera, todos los violentos son un poco nazis.

Resulta extraño como ciertos medios de comunicación se niegan a utilizar esa palabra para definirlos, como si el hecho de obviar o negar la realidad implicara que ésta pudiera llegar a desaparecer. Sucede también con las palabras vinculadas a los bancos, la fe católica, el rey en todas sus generaciones y los pezones de Instagram. A diferencia de lo que sucede con los nazis, ahí sí que hay consenso y todo el mundo sabe lo que es un ladrón, un mentiroso, un caradura y la cima de una teta.

Por parte de la derecha el sinónimo empleado suele ser radicales, nostálgicos, ultraderechistas, jarabe democrático, chicos fornidos o ultras. En cuanto a los de izquierdas dudan entre nazis o payasos. Lo más triste en lo relativo al control por el discurso, sea del signo que sea, es que la verdad queda fuera del espectro por el poco interés que suscita o simplemente porque el significado de las palabras se ha deformado hasta tal extremo que pocos son capaces de emplearlo convenientemente. Digo pocos, porque algunos seguimos llamando nazis a los que hacen cosas nazis y además lo son.

Ilustración: http://www.wwkimmiki.com

Poesía para desayunar

Poco a poco, Instagram comienza a abrirse a otras “manifestaciones” que van más allá de la foto retocada del personaje ficticio de turno, la misma que nos genera grima y furia a partes iguales por lo insoportablemente perfecta que parecen sus vidas, reducidas ahora a la pantalla de un móvil, quizás el único lugar donde fingir implica todavía ser relevante. Y después el olvido. Tenemos vídeos de músicos que muestran niveles desorbitados de talento a edades más proclives al acné o las primeras reglas, fotos de Picasso y Gerhard Richter manchándose la cara, extractos de entrevistas a Joan Didion, Noam Chomsky o Jeff Tweedy, por citar a algunos seres humanos cuya elocuencia se manifiesta más allá de sus respectivas actividades laborales… y también hay poesía.

La cuestión es que la poesía más accesible, aupada en el verso libre y muy del gusto de la población (no) lectora ebria de hormonas, ha encontrado su hueco, y eso, que en principio debería ser una buena noticia para el estado de la cultura y el alma, comienza a parecerse a un combate de UFC. A un lado del octógono, la vieja guardia, asentada sobre los hombros ecuménicos de Ezra Pound, Valente o Lorca —por ceñirme a nombres que generan consenso—; al otro, la ligereza millennial de Elvira Sastre, Marwan o Lae Sánchez —por citar el supuesto “mal” que nos acecha— cuyas cifras de ventas superan en su primera edición a toda la obra poética de la generación del 50 y la nueva camada (supuestamente culta). Sosiego, por favor.

Resulta que escribir poesía, o simplemente escribir, es un gesto sencillo cuando se aborda por primera vez. Después puede mutar en monstruo. Lo contrario sucede con la lectura, ya sea en Instagram, Planeta (tapa blanda) o sobre los pasos de cebra. Será el paso del tiempo el único juez capacitado para echar la vista atrás, espantar a los pececillos de plata y dirimir si los versos lúbricos de los stories equivalen a fisgar entre los recuerdos de juventud de nuestros futuros viejos, compuestos exclusivamente de fotos de desayunos ricos en antioxidantes perecederos.