Algo bueno habrá pasado en 2021…

Comenzaron los resúmenes de otro año de resignación, año a fin de cuentas. La terapia de pago sustituyó al baile, convivimos con un «estoy bien» entumecido, casi hielo en un hilo de voz, cazamos resplandores en noches de planes y polvos disueltos con esa normalidad nunca asumida. Nada peor que creer superada una mala racha… y volver a la casilla de salida con todo lo vivido hecho bola. Sucederá también en el 2022, tiempo verbal de un futuro que ya no es lo que era, aunque seguro podremos mojarnos los pies en la orilla de un mar sucio. A eso debemos aferrarnos, aunque sea mentira. Cada vuelta alrededor del Sol trae algo bueno. Y embriaga.

Este año muchos se sacaron las oposiciones a la tercera; las tiendas de petardos no dieron abasto; todos en la familia resistieron —otra cosa es el miedo a la pérdida—; los hay que coronaron la cumbre de La Maliciosa, se enamoraron y nos restriegan su amor por Instagram; se publicaron listas con las mejores canciones del año sin Mister Marshall, listas de los mejores libros sin lectores y listas de las personas más ricas que además parecen más jóvenes, más felices y más sanas. En definitiva, todo sigue igual o nos encargamos de que lo parezca.

Por mi parte y hablando en serio, quiero darle las gracias a todos los inconscientes que leyeron mis mierdas. Incluso a los que me insultaron. Para alguien acostumbrado a estar solo para ser uno mismo sigue siendo un enigma. No nos hemos visto, no podemos olernos y, sin embargo, nos tocamos por dentro con palabras, flujo de vida tan necesario como los amigos, el pelo y el latido. Cierto, no fue un buen año, pero el aire sigue cargado de perfumes, de historias, de nosotros.

Ilustración: http://www.stephan-schmitz.ch

La caída de FB, IG y Whatsapp

De repente, las ondas callan. El móvil deja de vibrar por obra y gracieta de la intrascendencia, la vida recupera el tono. ¿Era posible sin Facebook, Instagram y Whataspp? Quizás sí. Twitter resiste para acaparar al mundo mudo. Observo el gesto de extrañeza de mi amiga María. Otros tiemblan porque ganan dinero con los posts, pasan días, octubres y años bisiestos bañando a los hijos en pantallas. María pide otra, un vino. Los SMS regresan de la muerte y un yorkshire terrier ladra en diagonal hacia Internet. Parece que el fin del mundo se retrasa, también se cae, otra vez. La alternativa da (t)error 404: llamar por teléfono, eso que madre hace durante el crepúsculo para saber que hay alguien al otro lado, generalmente a otra cosa.

Enseguida sabemos que el problema viene de «un cambio en la configuración de los routers troncales que coordinan el tráfico de la red entre los centros de datos». Fenomenal. Me quedo más tranquilo. 1.500 millones de usuarios —antes humanos— comprueban cada dos minutos el estado de sus cuentas. Nada. La cosa se dilata. Seis horas en su versión larga donde la revolución del tacto y el boca a boca no es televisada, precisamente porque en ella confluyen las luchas intestinas del pasado y el futuro… con el presente mirando el móvil. María se termina el vino. Vuelvo a casa y miro el móvil. Vuelve el viejo mundo, el de las lejanías. «Todo bien, madre», escribo. Me duermo antes de enviarlo. Todo bien.

Ilustración: foto de la pantalla del móvil el 4 de octubre de 2021

Cosas nazis

Los nazis siempre han estado presentes en mi vida y un poco en la de todos. Los recuerdo en el recreo, entre algunos de mis amigos, también en la calle y en los bajos de Argüelles. Además de los gestos grandilocuentes, el paseíto en grupo y una estética proletaria similar a la de sus antagonistas de izquierdas, poca ideología había ahí. De lo que se trataba era de infundir el miedo, pegar palizas a guarros e inmigrantes y llenar las paredes de símbolos ignífugos cargados de odio y mala letra. Hitler, Goebbels, Hess y compañía representaban una influencia en sus comportamientos, si no estética al menos vital: los nazis sienten una debilidad especial por repartir hostias, y de alguna manera, todos los violentos son un poco nazis.

Resulta extraño como ciertos medios de comunicación se niegan a utilizar esa palabra para definirlos, como si el hecho de obviar o negar la realidad implicara que ésta pudiera llegar a desaparecer. Sucede también con las palabras vinculadas a los bancos, la fe católica, el rey en todas sus generaciones y los pezones de Instagram. A diferencia de lo que sucede con los nazis, ahí sí que hay consenso y todo el mundo sabe lo que es un ladrón, un mentiroso, un caradura y la cima de una teta.

Por parte de la derecha el sinónimo empleado suele ser radicales, nostálgicos, ultraderechistas, jarabe democrático, chicos fornidos o ultras. En cuanto a los de izquierdas dudan entre nazis o payasos. Lo más triste en lo relativo al control por el discurso, sea del signo que sea, es que la verdad queda fuera del espectro por el poco interés que suscita o simplemente porque el significado de las palabras se ha deformado hasta tal extremo que pocos son capaces de emplearlo convenientemente. Digo pocos, porque algunos seguimos llamando nazis a los que hacen cosas nazis y además lo son.

Ilustración: http://www.wwkimmiki.com

Poesía para desayunar

Poco a poco, Instagram comienza a abrirse a otras «manifestaciones» que van más allá de la foto retocada del personaje ficticio de turno, la misma que nos genera grima y furia a partes iguales por lo insoportablemente perfecta que parecen sus vidas, reducidas ahora a la pantalla de un móvil, quizás el único lugar donde fingir implica todavía ser relevante. Y después el olvido. Tenemos vídeos de músicos que muestran niveles desorbitados de talento a edades más proclives al acné o las primeras reglas, fotos de Picasso y Gerhard Richter manchándose la cara, extractos de entrevistas a Joan Didion, Noam Chomsky o Jeff Tweedy, por citar a algunos seres humanos cuya elocuencia se manifiesta más allá de sus respectivas actividades laborales… y también hay poesía.

La cuestión es que la poesía más accesible, aupada en el verso libre y muy del gusto de la población (no) lectora ebria de hormonas, ha encontrado su hueco, y eso, que en principio debería ser una buena noticia para el estado de la cultura y el alma, comienza a parecerse a un combate de UFC. A un lado del octógono, la vieja guardia, asentada sobre los hombros ecuménicos de Ezra Pound, Valente o Lorca —por ceñirme a nombres que generan consenso—; al otro, la ligereza millennial de Elvira Sastre, Marwan o Lae Sánchez —por citar el supuesto «mal» que nos acecha— cuyas cifras de ventas superan en su primera edición a toda la obra poética de la generación del 50 y la nueva camada (supuestamente culta). Sosiego, por favor.

Resulta que escribir poesía, o simplemente escribir, es un gesto sencillo cuando se aborda por primera vez. Después puede mutar en monstruo. Lo contrario sucede con la lectura, ya sea en Instagram, Planeta (tapa blanda) o sobre los pasos de cebra. Será el paso del tiempo el único juez capacitado para echar la vista atrás, espantar a los pececillos de plata y dirimir si los versos lúbricos de los stories equivalen a fisgar entre los recuerdos de juventud de nuestros futuros viejos, compuestos exclusivamente de fotos de desayunos ricos en antioxidantes perecederos.