Queremos igualdad, equidad y justicia

Hace años que los Estados Unidos marcan el ritmo del consumo como religión, la pauta de un mundo a la caza de mariposas fugaces. El ‘porno asesino’ tristemente protagonizado por George Floyd ha entrado en la conciencia colectiva de los españoles y, mientras el país de la libertad arde ante la mirada de un presidente estrábico, una Biblia y un bidón de gasolina, las redes sociales se funden a negro en un gesto cargado de buenas intenciones, pero que flirtea con la pose si solo pertenece al martes. Y es que queremos igualdad, equidad y justicia… todos los días.

La cuestión es que para obtener estos ‘bienes’ tan escurridizos es necesario organizarse, romper inercias y censurar comportamientos, protestar muy alto evitando convertir las casas en cenizas, precisamente porque son el único refugio en el que resguardarse durante la tormenta. De lo contrario esteremos avivando el fuego del poder en su versión más sucia.

¿Es necesario que suceda algo parecido en España para que reaccionemos de una vez? ¿No es suficiente con el vídeo de la señora rebuscando entre la basura ante el paso de los manifestantes para rebelarnos contra los sicarios de la bilis y las banderas? Resulta que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; resulta que ser moderado a día de hoy es como hacerlo con condón; resulta que esperar un minuto más es sinónimo de parada cardio-respiratoria. Ayer se apagó el mundo de nuevo, hoy tendremos que encenderlo algo mejor.

Ilustración: yamamotomasao.jp

El mundo en el que vivimos

En el planeta tierra, un punto azul pálido entre millones de estrellas y galaxias, hay mares, ríos, elefantes, sequoias milenarias, música, amor, Avtomat Kalashnikovas modelo 1947, paciencia y ruido, y sin embargo, los hombres y las mujeres lo viven y lo mueren de maneras muy distintas.

Algunos de ellos abren los ojos, andan hasta el cuarto de baño, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosos, de espaldas anchas y con pelo sobre los hombros. Cuando quieren algo lo cogen…, «¿para qué?»

Muchas de ellas se levantan cada día, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosas y sin embargo tienen que pedir permiso…, «¿por qué?»

Algunos de ellos deciden cómo y cuándo. Son plenamente conscientes de que la fuerza lo es todo y por la fuerza se abrirán todas las puertas. Se visten, besan la cadena que llevan al cuello y salen a la calle: «Hoy hace un día precioso.»

Muchas de ellas dicen que no y sin embargo esa palabra, esas dos simples letras, parecen caer en el olvido, en un vacío públicamente aceptado. Porque muchas están solas y a pesar de ello tienen que seguir abriendo puertas. Se ponen el chandal y salen a correr: «Hoy hace un día precioso.»

Algunos de ellos las ven pasar, las increpan con piropos, las siguen con la mirada y con sus propios pasos hasta que esas manos desprovistas de alma se posan sobre unos hombros que huyen, que laten y que, ya inertes, son enterrados entre el barro y la sangre: «Los quise y me los apropié.»

Muchas de ellas siguen corriendo, mirando a la cara a ese miedo que se convierte en grito, después en dolor y por último en rabia, la de todos.

Este es el mundo en el que nosotros vivimos, en el que ellas mueren: «Hoy es un mundo horrible»