Amar el sueño roto de la vida

La vida es aquello que perdimos. Sacamos la cabeza del agua y sentimos el sol en medio de la cara. Nadar cojos y con una receta húmeda en el bolsillo, volver a secarse ya sin ganas. Las cosas van cambiando, tu pareja te cambia cada día. De repente, no conoces un solo grupo del cartel. Los viejos se aferran al amor tranquilo y a otra cerveza. Los jóvenes huelen ácido y lo consumen. Nada sucedió como esperabas. Esa es la razón para creer en otro milagro cotidiano. «Amar el sueño roto de la vida», escribió Brines. Despertarte sabiendo que has soñado.

Todos creímos ser reyes. Y compartíamos piso. Todas esas fotos esparcidas sobre la mesa del salón, todas esas fotos del móvil… Dentro de poco nadie hablará de ellas, aunque estemos vivos. La única forma de encontrar tu lugar en el mundo consiste en recoger pedazos. Las promesas solo sirven para rellenar las paredes del gimnasio, los «para siempre» maquillan una realidad que produce monstruos. Y los tritura. Ni ganar por goleada ni la pérdida que conduce al victimismo. Vivir consiste en empatar y encontrar en la repetición una grieta por la que se cuela la luz, la oscuridad, la luz y la oscuridad.

Quise escribir una gran canción. Al pensarlo, la canción ya vino muerta. Amar la vida incluso cuando tu vida no te guste. Seguir haciendo aquello en lo que crees en contra de opiniones ajenas. La locura consiste en repetirse por razones de mercado. Aférrate a la fe que alguien deposita en ti, aunque sea tu madre. Nadie tiene ni puta idea. No hay atajos. La bondad trae resultados a muy largo plazo, a veces cuando ya estás muerto. La personas inteligentes tienen más dudas que los imbéciles. Al próximo que me llame crack, le escupo. Amar la vida por encima de todas las cosas. Amar la vida rota por un sueño. Amar el sueño de una vida rota. Que se rompa. Porque todo se acaba a toda hostia.

Ilustración: David Shrigley

Los amigos que dejaron de serlo

Los amigos de siempre construyeron una casa en el árbol. A ella volvíamos cada tarde, cuando la familia debilitaba nuestras aspiraciones, SOS, cuando la realidad giraba en dirección contraria. A los amigos de siempre se les dice familia, una elegida porque en ella el mundo nos desangra entre las flores. Son los amigos infancia, maquillaje y acné, pelo y posibilidad de crecer estando menos solos, quizás más felices. Imposible saber qué somos en su ausencia, imposible comprender al adulto sin esas fotografías de noches y fogatas. Pero, un día, los amigos de siempre dejan de dar sombra. La casa en el árbol se vacía. Y oscurece.

Los amigos consumieron nuestra juventud y ahora, calvos y con varices, se alejan. O quizás somos nosotros los que corremos hacia el sol del mediodía. Nada queda de aquellos niños jugando a ser mayores, solamente hay trabajo y poco tiempo libre, como si el tiempo no fuera libre y siempre nuestro. Entonces la política se convierte en un obstáculo insalvable, las ganas se reservan para gente que nos ve de otra manera y observa las cosas por una mirilla deformada por el tiempo. Cierto, algunos amigos de siempre lo serán para toda la vida, sin embargo, otros han muerto. Míralos, aún respiran. La casa del árbol se ha quemado.

«No reconozco a mis amigos». Hay tanta extrañeza en esta frase. Y es que, o cambiamos en los años o los años nos cambian sin pedir permiso. Entre medias, dejamos de quedar con los amigos de siempre y hablamos con sus padres. Ellos nos cuentan cómo andan, si sus hijos sonríen a menudo o si, en cambio, llevan mal la obsolescencia. Es raro hacerse amigo de los padres de los amigos de siempre, precisamente ellos que no nos entendían… La casa del árbol es ahora un árbol. El viento mece sus hojas. El sol brilla entre las ramas. No queda más consuelo que seguir viviendo.

Ilustración: David Shrigley

Todavía no has conocido a toda la gente que te va a querer

Todo es miedo. Por eso nos ahogamos, por eso preferimos mirar mares adentro. El miedo se convierte en costumbre cuando el amor tiende la mano. ¿El amor después del amor? Más miedo. Se trata de una forma de supervivencia absurda, como si pinchar zódiacs o añadir costra al latido nos permitiera estar a salvo. Pero nadie ni nada puede impedir que veamos las cosas peor de lo que son, nadie puede evitar que creamos poder perderlo todo… salvo el miedo. Así comienza la soledad, con humedad y hambre. Puedo verlo en los ojos de la gente sola y en la vida de esos amigos invadidos por el miedo. A ellos les digo que todavía no han conocido a toda la gente que les va a querer. También me lo repito susurrando.

La reconstrucción nos desorienta. De pronto, el paisaje es otro. En la antigua casa solo hay ruinas y, en las fotos, recuerdos de los que nunca quisimos despedirnos. Sucedió tan rápido… y el tiempo, a veces, pasa muy despacio. Entonces el miedo adquiere nuevas formas, desangra la esperanza, trae una urgencia que nada tiene que ver con el color de las hojas en otoño y la ausencia de luz en los cristales. Cae la noche en la mañana, el calor está lleno de hielo. O eso creemos. Pero somos nosotros, nuestro miedo a que nos hagan daño, la imposibilidad como motor del cambio. «Todavía no he conocido a toda la gente que me va querer», me digo.

¿Cuánta gente es toda la gente que nos va a querer? Quizás sea la misma que nos quiere ahora, quizás sea una mejor versión del tiempo compartido. Mientras hay vida hay amor, mientras envejecemos las cosas pierden filo, también se muere un poco el miedo. Puede que el amor consista en multiplicar encuentros con una misma persona, dejar de sublimar al amante de una sola noche, convertir el deseo en gestos, abrazos y palabras. Puede que el amor romántico hoy esté muerto, y en cambio, puede que nos sintamos más vivos que nunca ante la posibilidad de ser amados estando solos en un lunes. Da igual, tenemos que vivirnos, dejar constancia de que si pudimos amar antes podremos amar en el futuro. Y nos quieren, vaya que si nos quieren.

Ilustración: David Shringley

Hubo amor

hubo amor en un banco de la glorieta de Bilbao

ahí decidimos detenernos el tiempo necesario

hasta no sentir las manos

paso por delante y nos veo

o mejor dicho, veo el escorzo de cuerpos y aire húmedo 

la ciudad fue testigo nuestro, por eso me advirtió callada 

lo hubiera dejado todo atrás

paisaje, tedio, todo

me hubiera abandonado a esos labios

a esa cara 

ahora el banco está lleno de mierda de paloma

sin embargo, resiste, alivia en el mal sentido del recuerdo 

hubo enamoramiento en un banco de la glorieta de Bilbao 

y lo sé porque parece soñado

como parecen de sueño los besos de los adolescentes

Ilustración: Hiroshi Nagai

El orgasmo termina en un abrazo

Entonces, todo el ruido desaparece. Hay piel, intercambio, nuevas formas de contar tumbados. Puede que se haga de noche, que la luz convierta en velos las persianas. Poco importa. El placer deja de ser un sustituto. El sexo como sujeto, como objeto alejado de esta prisa nuestra. Sexo, sinónimo de inteligencia, de imperio de sentidos lentos, de actos de precisión en el que dos dejan atrás el cuerpo para hacerse aire, ungüento, amor hecho de tiempo. La vida adquiere una dimensión que nunca tuvo. Placer, vicio despojado de defectos, juego de enamorados dentro de una galaxia, de una cama.

Sin fronteras. Así se hace. Dos contra todos, contra nadie. Dos que son uno y su saliva. Una fábula en contra de la prisa. Porque o sucede ahora o algo se pierde. Cada caricia cuenta. Nada de promesas. Cada postura procura un roce, pero no intimida. El sexo y su seriedad llena de risas y juegos. El sexo. El sexo. El sexo. La felicidad va aparte. Complacer, forma de vida fieramente humana. Siempre nos quedará la memoria. Siempre.

Entonces el movimiento, por fin, es el cambio de lugar de dos cuerpos en el espacio. Hay sudor en las sienes, en el pecho, rumor de párpados. La distancia lejos del obstáculo. Antes del estallido, el placer puede anticiparse, vibra en la carne y en el fuego. ¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir sueño? Un misterio lleno de revelaciones y gemidos. Se produce un destello, una pequeña muerte en vida. El orgasmo termina en un abrazo. Sexo, acción que borra todas las costumbres.

Ilustración: Guy Billout

Sobre la paciencia

Estaba escrito en Google. Lunes, 12 de diciembre de 2022. 08:28. Salida del sol. Me levanté y esperé frente a la ventana. Tejados, bruma, sueño. Quería comenzar el día con el amanecer dentro de las pupilas, ese destello blanco que precede al nacimiento del mundo, acoplar el ciclo solar a mi reloj interno. Esperé hasta y media. Tuve que conformarme con las luces del edificio más próximo y una espesa capa de nubes levemente iluminada. El lunes nunca trajo sol. «Paciencia», me dije. El que tiene paciencia nunca obtendrá lo que desea.

A la paciencia siempre se recurre para evitar el daño de la espera. Esperamos más de lo imposible, horas despiertos por culpa de algo o alguien que no llega o llega cuando somos otros. Sucede con los pájaros. Sobrevuelan el paisaje desde el cielo, lejos de este amanecer sin sol ni lunes. Atraparlos implica matar un sueño libre, un sueño que al dejar de soñarse nace muerto. La paciencia como subterfugio para la esperanza. Lo lógico es que no llegue. De ahí el arte de la espera.

La naturaleza conoce la paciencia. Es más, la inventó ella. Nosotros hace tiempo que huimos al fondo de las ciudades. Quizás por esa razón fuimos perdiendo una y otra. Queda demostrado que ser paciente implica una acción hacia delante sabiendo que delante hay tejados, bruma, sueño. Entonces me alejo de la ventana. Me preparo un vaso de leche de soja con cereales. Esquivo la penumbra. Me siento frente al escritorio y enciendo la lámpara de mesa. A veces el amanecer brilla en cualquier parte. «Paciencia», me repito. Habrá que vivir, escribo.

Ilustración: Guy Billout

Esa absurda fidelidad al horror

Las cosas buenas dan sentido al lunes. En cambio, las tragedias definen nuestros plazos, nos obligan a regresar a esa casa que es oscuridad y también nuestra. Todo con la insistencia de un predicador. ¿Qué estamos haciendo? No solamente insistir. También comprobar que algunas heridas no pueden curarse, de ahí que las habitemos, les insuflemos sentido. Sí, son cicatrices. Por eso laten. Esa absurda fidelidad al horror de la que escribía Baricco.

Todas las tragedias ponen a prueba nuestra humildad. Para ser humildes debemos ser pequeños, menos que nosotros mismos. Entonces la tragedia representa esa luz tenue al fondo. Resulta más fácil ir y volver a ella, sacar a la superficie un trozo de infierno suturado a dos personas. Una persona dentro de la pérdida, también dentro de lo que muere en uno; la otra persona nos acompaña en el duelo de seguir estando vivos. Todo irá bien, Javi. El intento de salvación personal implica la salvación del mundo entero.

Nadie puede salvarnos de nosotros. Ni siquiera nosotros. Podemos repetir trayecto con otros paisajes, recordar la playa antes de que anochezca. Es cómico. La misma tragedia protagonizada por gente que habla lenguas muertas, a veces gente muy cercana, familia, pero otros. Consuela comprobar que existe un número limitado de tragedias y que, a partir de una cierta edad, todo es repetición y por lo tanto aprendizaje. Quedémonos con la otra persona que mencionaba en el segundo párrafo, esa que nos acompaña y da sentido al lunes. Esa. Y la fidelidad se desliga del horror.

Ilustración: Zhang Yingnan

Todo da pereza

Si el virus ha hecho estragos en nuestra realidad, últimamente, invisible pero implacable, la pereza hace acto de presencia. Está por todas partes. Sólo hace falta levantar la cabeza y escuchar las bocas de los otros, ese descuido en las cosas a las que estamos obligados. Si antes costaba mucho trabajo construir puentes, congregar masas o simplemente sacar adelante cualquier proyecto, ahora compensa aún menos. ¿Para qué? Se echan el doble de horas, se cobra la mitad y el resultado decepciona, no porque lograrlo haya perdido su sentido original, ese de sentirnos útiles, sino porque después de tanto tiempo inerte aspiramos a vivir tranquilos. El único problema es que hacerlo supone renunciar a parte de la vida tal y como la consumíamos, al movimiento, a la falta de tiempo para no hacer nada.

Tal vez se trate de una racha. O puede que todo haya cambiado tanto que no haga falta volver a lo de antes. Total, tampoco es que fuera la hostia. Sorprende la capacidad de adaptación y la desgana con la que nos enfrentamos a las mismas rutinas mientras el mundo gira en sentido inverso al esperado. Puede que la inacción sea un arranque, nuestra particular forma de seguir caminando sin bajar los brazos. Al fin y al cabo, alguien tiene que hacer el trabajo sucio, uno lejos del reloj y la prisa.

A un inglés se le ocurrió que debíamos de ser productivos 24/7, desayunar fuerte y arrojarnos al trabajo sin medida. Necesitamos un poco de quietud en horizontal y vertical, disfrutar del vacío en plenitud de facultades, un poco como los muertos pero inspirando el aire hasta el fondo de los pulmones, igual que un vacilo visto al microscopio, inmóviles, sonrientes y callados. De hecho, estoy faltando a mi palabra y con cada frase me alejo un poco más de mi propósito. Feliz lunes de pereza.

Ilustración: http://www.francescociccolella.com

De tetas, museos y censura

Así es como, en pleno 2020 “que se pase pronto, por favor”, un escote o unos pezones siguen causando revuelo en cualquier parte del mundo. Incluso en el Museo de Orsay, meca de la alta cultura y que incluye en sus paredes, entre otros, “El origen del mundo” de Courbet, “Almuerzo sobre la hierba” de Manet, o “Torso, efecto de sol” de Renoir. Para todos aquellos con memoria visual y mala para los nombres, recordarles que se trata de cuadros de coños, pezones, luz y algo parecido a la vida en su versión al óleo. Eso sí, a una muchacha con un vestido díscolo que dejaba al descubierto un brochazo entre dos senos cubiertos se le deniega la entrada. Y vuelta a empezar con la misma mierda de siempre.

Y es que resulta que, cuando creemos tener superado el tema de marras, un agente de reservas nos vuelve a sorprender. Será porque simplemente estaba cumpliendo órdenes relativas al código de vestimenta —nada de tejidos sintéticos entre tanto pastel, cochina—, porque sigue escudriñando el canalillo cuando debe asegurarse de que el visitante ha comprado una entrada olvidándose de los ojos, o simplemente porque los idiotas cachas se pavonean cada día sin camiseta cerca de mi casa y a las mujeres se les exige desnudarse exclusivamente en una habitación estanca y a oscuras, por si hay niños cerca. Hombres, vamos.

Normal que el colectivo Femen convierta el cuerpo de sus guerreras en eslogan y se encabrone una vez más, escupiendo el mantra machirulo titulado la obscenidad está en vuestros ojos. Pues resulta que sí, y que la inmoralidad está en la muerte y poco más, aunque siempre es más sencillo echarle la culpa a la piel y la naturaleza de la carne entendida como existencia. Resulta que lo peor de nosotros nunca se encuentra a plena vista, pero no nos entra en la cabeza.

Ilustración: Gustave Courbet

Lo que tus ex piensan de ti

Los lunes son días confusos, mezcla de depresión y luz filtrada por una nueva semana de vida en la tierra, origen de algunas de las preguntas más inverosímiles a las que podrías hacer frente en este momento de agonía existencial : ¿por qué Dani Martín se empeña en sacar más discos? ¿Es el coronavirus un nuevo modelo de tiara de Swarovski? ¿Con qué mezcla la cocaína tu camello? Pasado el momento de crisis te viene a la cabeza lo que tus ex pensarán de ti ahora que tienen la suerte otorgada por la tan necesaria distancia redentora.

El caso es que hay cierta información a la que uno no debería acceder nunca y, sin embargo, una vez asimilada resulta muy útil. Primero que hace unos años tú te veías como alguien profundo, «cool», siempre con un libro en la mano y una nueva canción entre los dedos, y ella en cambio, no podía entender cómo eras tan terriblemente pretencioso, un «subidito» más con ambiciones de Nobel que no habría pasado el corte de la primera ronda de «Saber y ganar». En definitiva, un flipado. Dada la diferencia de edad que os separaba no dejabas de ser su novio viejo, precisamente porque a ella le gustaban mayores y claro, conformarse con echar uno al día le generaba muchísima ansiedad.

¿Y qué decir de la que tuvo que aguantarte en tu periodo universitario? Probablemente acarició tu mejor momento, el de la electricidad y los pantalones «cagados» y a cambio no le dejaste más que una sensación de pérdida de tiempo irrecuperable. ¿Y la que te veía como el hombre más sexy en la faz de la tierra? Eso es porque no se ha cruzado contigo en un probador del Bershka junto a tu actual mujer y el carrito de los niños. Lo dicho, con una espiral de pensamientos así los lunes son peores todavía. ¿Feliz? semana, corazones.