El orgasmo termina en un abrazo

Entonces todo el ruido desaparece. Hay piel, intercambio, nuevas formas de contar tumbados. Puede que se haga de noche, que la luz convierta en velos las persianas. Poco importa. El placer deja de ser un sustituto. El sexo como sujeto, como objeto alejado de esta prisa nuestra. Sexo, sinónimo de inteligencia, de imperio de sentidos lentos, de actos de precisión en el que dos dejan atrás el cuerpo para hacerse aire, ungüento, amor hecho de tiempo. La vida adquiere una dimensión que nunca tuvo. Placer, vicio despojado de defectos, juego de enamorados dentro de una galaxia, de una cama.

Sin fronteras. Así se hace. Dos contra todos, contra nadie. Dos que son uno y su saliva. Una fábula en contra de la prisa. Porque o sucede ahora o algo se pierde. Cada caricia cuenta. Nada de promesas. Cada postura procura un roce, pero no intimida. El sexo y su seriedad llena de risas y juegos. El sexo. El sexo. El sexo. La felicidad va aparte. Complacer, forma de vida fieramente humana. Siempre nos quedará la memoria. Siempre.

Entonces el movimiento, por fin, es el cambio de lugar de dos cuerpos en el espacio. Hay sudor en las sienes, en el pecho, rumor de párpados. La distancia lejos del obstáculo. Antes del estallido, el placer puede anticiparse, vibra en la carne y en el fuego. ¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir sueño? Un misterio lleno de revelaciones y gemidos. Se produce un destello, una pequeña muerte en vida. El orgasmo termina en un abrazo. Sexo, acción que borra todas las costumbres.

Ilustración: Guy Billout

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