Yo ya no

Es muy difícil establecer límites en el trabajo, más aún con una pareja convertida en enemigo crónico. También ocurre con desconocidos en progreso de ser de confianza. Los límites parecen existir para saltárselos y, al mismo tiempo, existen por una razón que el universo ignora. Quizás tenga algo que ver ese mantra de superación que muchos arrastramos, como si el reparo implicara falta de carácter. A veces, hace falta valor para quererse, incongruencia cuando implica decepción para los otros. Así vivimos, entre la duda y la necesidad de saber hasta donde llegar. Y ese momento llega. Comienza y termina con un «yo ya no».

«Yo ya no», tres monosílabos que representan la victoria de nuestra individualidad más sana. Normalmente se escriben, aunque en alto imponen algo más. Últimamente abundan, puede que porque vamos aprendiendo a defender los derechos propios, tan universales, tan de todos. Los límites no implican cercar los sentimientos, simplemente los colocan donde deberían ir: el latido en las sienes, la pasión entre los ojos y el respeto como única forma de sentir al otro. Todo lo que se salga de estos términos queda descartado. Los límites, amigo, los límites.

El cielo ha hecho mucho daño, tanto que los humanos ven en Marte la solución a los males de la Tierra. Los límites tienen que ver con el cuidado y a ellos debemos encomendarnos cuando vemos ondear banderas rojas. Reconforta saber que las palabras sirven para algo. El receptor debe acatarlas y cambiar de rumbo, reconocer que los límites antiguos dejaron de servir en el presente. Si queremos un trabajo que nos represente, si aspiramos a un amor hasta la eternidad, tenemos que aprender a comportarnos como si todas las cosas infinitas fueran a acabarse. Con un «yo ya no» se puede conquistar el universo, esa estrella pequeñita que todos contenemos bien adentro.

Ilustración: David Shrigley

Del éxito a diferentes edades

Decía un fracasado que «el éxito es el punto de encuentro entre la preparación y la oportunidad». Pues bien, este aforismo sirve para un rato. El concepto de éxito se diluye con los años, oscila entre el ladrillo y las pedradas. ¿Os acordáis de vuestras aspiraciones de niños? Viajar a Marte y regresar más jóvenes, ser cirujanos para trasplantar a mundo dislocado o futbolistas recién salidos de la peluquería… Pues bien, eso va quedando atrás, muy poco a poco, a base de desaliento y realidades con espinas, a fuerza de entender que el éxito es un malentendido. Por eso muta.

Tras la fase de conquista, todos nos enfrentamos al extravío. Resulta que vivir es un largo proceso de preparación para algo que nunca llega a suceder, y claro, nos adaptamos. Atrás quedan los flashes y el dinero, más que nada porque muchos quieren una estrella destinada a uno o dos pequeños. Y nadie nos lo enseña. ¿Qué fue de la guapa del instituto? ¿Dónde trabaja el chico de la moto? Ninguno estiró el sueño. Ahora viven en Segovia. No consiguieron disfrutar de lo logrado que fue mucho. Querían más por culpa de una aspiración de pueblo.

Superados los cuarenta cae la máscara, tanto si te fue bien como si aspiras a un cierto grado de tranquilidad. La gloria no viene de fuera, sino de una certeza en las tripas: lo petas cuando te diviertes. Puede ser en un grupo de versiones, paseando a un perro cojo o perdiéndole el miedo a equivocarte. Se es más feliz de viejo porque a ciertas edades ya no se pretende contentar a todo el mundo. Naces, fracasas, recuerdas un mar bajo un sol púrpura y miras a tu alrededor. Rodeado de amigos calvos que te quieren podrás gritarlo al horizonte: tu vida ha sido un puto éxito.

Ilustración: Ryo Takemasa

Las ilusiones

He estado pensando y comiendo jamón. La Navidad nunca defrauda. Algunos la llenan de regalos. Otros, en cambio, sienten el peso de sus horas, el deber y la familia, son incapaces de encontrar aire en este aire frío. Todo debidamente iluminado, todos a la sombra de un pino muerto. Así, los primeros vuelven para estar más cerca, regresan a la casa que los escuchó crecer. Los segundos, tristes y de ninguna parte, también vuelven. Pero lo hacen para darse cuenta de que están parados, de que viven una vida que nunca quisieron para ellos. No es la Navidad. La culpa la tiene la pérdida de ilusiones. Y los villancicos.

Y es que es raro no ilusionarse por un tiempo en el que se come lo que parió el mar y la felicidad pasa de buena estrella a adjetivo ubicuo. Hay belenes con ríos de papel de plata, gente con el iris lleno de destellos, vida en la Tierra, quizás en Marte. También certidumbres hermosas, amor de madre, la promesa del verano… un marco perfecto para desilusionarse. La realidad amortigua el sueño. Quizás por eso no ha nevado.

Sigo comiendo jamón. Observo la cara de un niño en la tele. Está sentado con las piernas cruzadas y una expresión como de copo. Desenvuelve con ansia. Ruido de papel de regalo. Observa el contenido. Silencio. Sonríe con esfuerzo y mira a cámara. Los dos sabemos que no le han traído lo que quería. Un libro, le han regalado un puto libro. Ya lo decía Billy Wilder: «La ilusiones son peligrosas, no tienen defectos». Tiene que haber vida en Marte, tiene que haberla.

Ilustración: Guy Billout

De pequeños gestos monumentales

Sacudidos por la prisa. Conscientes de ser observados y por lo tanto ciegos. Entonces algo nos detiene, es un instante. «Comienza a hacer frío por las noches, tápate». Un beso en la mejilla como demostración última del amor entre dos viejos. Todos esos gestos, pequeños, casi invisibles, están por todas partes y, sin embargo, no dejan constancia de haber sucedido. Nadie estuvo allí para grabarlos, para anotarlos en un cuaderno de bolsillo. Son ellos, en su infinita finitud, los que cuentan la historia, los que permiten que el mundo sea un lugar menos extraño.

A su lado, las ideas quedan retrasadas, aunque prometan viajes a Marte y la posibilidad de atravesar el tiempo, volver hacia delante. Están las tumbas llenas de hombres y mujeres a los que nadie viene a visitar. Ni siquiera una flor seca bajo sus nombres. Porque lo pequeño significa todo, y todo se dirige inexorablemente hacia un momento que pasa desapercibido. ¿Recuerdas cuando te cogió la mano? Después dejo de respirar. Así comenzaste a apreciar lo que sí tienes.

Son esos gestos los que prescinden de palabras. No caben. Por ellos discurre la existencia sin levantar una mota de polvo. Los sueños quedan reducidos a brisa ante una demostración de afecto silenciosa, aquella que no espera nada a cambio porque nada parece siendo lo contrario. A veces vienen de gente que nunca conociste, de la chica que espera en el semáforo, de un extraño que convirtió la pena en esperanza. De lo recóndito al interior del pecho. Y nadie pudo verlo. Nadie menos tú.

Ilustración: Guy Billout

¿Cuánto pagarías por ser abducido?

Desde el Paleolítico, incluso antes de «La Guerra de los mundos» y Mulder & Scully, los habitantes de este planeta han sentido una curiosidad infinita por el universo y sus misterios. Cada noche, envueltos en mantas de crochet y alrededor de una lumbre, fumaban y admiraban las estrellas con la incertidumbre —nunca consumada— de ser invadidos por alienígenas empadronados más allá de la luz que demostraban tener malvadas intenciones… a juzgar por su falta de interés por conquistar la Tierra. Ahora, tras meses de broncas políticas y apocalípticas en Madrid, Galapagar y Washington D.C., el desmantelamiento del sistema sanitario mundial y otro advenimiento de la temporada de gripe, muchos de nosotros estaríamos dispuestos a pagar cientos de euros por ser abducidos. Incluso miles.

Por supuesto, no se trataría de una abducción cualquiera. Al más puro estilo Niara Terela Isley, antigua operadora de radares de las Fuerzas Aéreas de EE.UU., el secuestro tendría lugar dentro de casa. Por la fuerza, unos reptilianos con rabo —largo, por supuesto— nos tirarían del pelo, nos empujarían al interior de un desangelado platillo volante y abusarían de nosotros durante diez largos días, domingos incluidos. En los ratos libres, tareas tan inútiles como mover cajas de un sitio a otro y exprimir limones nos serían encomendadas. Así hasta devolvernos sanos y salvos…, y en contra de nuestra voluntad.

El problema de esta fantasía con tintes de ciencia ficción X es que el desenlace acontece en el último lugar en el que muchos de nosotros querríamos estar, una sociedad tocada y casi hundida, repleta de homínidos tristes bajo nubes que amenazan tormenta. Al contrario que en «E.T. El extraterrestre», y por una vez, nuestro final soñado sería más bien despertarnos en Marte rodeados de millones de seres esponjosos. Y como mucho telefonear a casa.

Ilustración: Meme