Las ilusiones

He estado pensando y comiendo jamón. La Navidad nunca defrauda. Algunos la llenan de regalos. Otros, en cambio, sienten el peso de sus horas, el deber y la familia, son incapaces de encontrar aire en este aire frío. Todo debidamente iluminado, todos a la sombra de un pino muerto. Así, los primeros vuelven para estar más cerca, regresan a la casa que los escuchó crecer. Los segundos, tristes y de ninguna parte, también vuelven. Pero lo hacen para darse cuenta de que están parados, de que viven una vida que nunca quisieron para ellos. No es la Navidad. La culpa la tiene la pérdida de ilusiones. Y los villancicos.

Y es que es raro no ilusionarse por un tiempo en el que se come lo que parió el mar y la felicidad pasa de buena estrella a adjetivo ubicuo. Hay belenes con ríos de papel de plata, gente con el iris lleno de destellos, vida en la Tierra, quizás en Marte. También certidumbres hermosas, amor de madre, la promesa del verano… un marco perfecto para desilusionarse. La realidad amortigua el sueño. Quizás por eso no ha nevado.

Sigo comiendo jamón. Observo la cara de un niño en la tele. Está sentado con las piernas cruzadas y una expresión como de copo. Desenvuelve con ansia. Ruido de papel de regalo. Observa el contenido. Silencio. Sonríe con esfuerzo y mira a cámara. Los dos sabemos que no le han traído lo que quería. Un libro, le han regalado un puto libro. Ya lo decía Billy Wilder: «La ilusiones son peligrosas, no tienen defectos». Tiene que haber vida en Marte, tiene que haberla.

Ilustración: Guy Billout

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