El bulo del culo

Me flipa el siglo XXI. Él sigue a lo suyo, superando nuestras peores expectativas, esas que nos llevan a anhelar con ganas la extinción de la humanidad. Resulta que el joven que denunció la agresión rematada con la palabra maricón en su culo se lo inventó. Lo hizo para que su pareja no le pillara. ¡Joder con las cosas que se hacen por amor! Y claro, las reacciones de indignación han superado el asco inicial, dejando en el aire un tufillo de estafa en todos los niveles de la cadena trófica. Así y por mediación de la mentira, los actos contra la homofobia parecen —sin serlo— un simple paripé, los de Vox quedan al descubierto al responsabilizar de los tajos a los inmigrantes y el resto observa el percal como si se tratara de una obra de teatro. Lo único que no queda en entredicho es que estamos sufriendo un pico de gilipollas. Histórico.

Somos gilipollas en una proporción desconocida. Primero el que suelta el bulo en la comisaría, luego los que retozaron entre insultos y señalamientos a Malasaña y, por último pero no menos, aquellos que entonan el “si ya lo sabía yo”. De pronto, un país en el que los obreros votan a la derecha se convierte en una legión de lelos de todas las ideologías. Tantos hay que se antoja necesario bordar una bandera para identificarlos. Vale con un calzoncillo sucio ondeando en la azotea y, de paso, manifestarse contra la estupidez.

Ante todo, poca calma. Queda por resolver algo importante. Y es que no conviene elevar una anécdota a la categoría que considera falsas todas las denuncias, al igual que no todos los fascistas son racistas. Bueno, esto último lo dejamos pendiente. Decía Francisco Umbral: «El gilipollas lo es por definición de cuerpo entero. Se es gilipollas como se es pícnico, barbero, coronel, sastre, canónico o notario: de una manera genérica y vocacional». Cabría destacar en ese cuerpo una de las dos nalgas y el cerebro.

Ilustración: Marco Melgrati

Pulsad Escape + Virus

Haced la prueba. Deteneos un segundo, tal vez diez. Olvidad el virus y la furia, el exceso de velocidad de un mundo en el que la urgencia se impone como única alternativa a los pulmones, precisamente porque el futuro —si es que esa palabra y sus variables perfecto e imperfecto no perdieron parte del significado atesorado hace unas horas— nunca existió en el ahora, porque de nada sirve anticipar el tiempo si el presente es un ramo de flores marchitas y nervios, de anhelos, miedo y contratos.

Cerrad vuestros oídos, domad el aliento, abrid el alma izquierda, olvidaos del espejo, la máquina y el neón porque ahí, tan lejos y tan cerca de las orillas de un cuerpo tan frágil, se encuentra la vida y su millón de estrellas, la luz que al iluminar prescinde del reflejo cegador, un instrumento convertido en carne y fascia, la luna en nardo creciente, el sol en narciso y gladiolo, el único colchón que es hierba, intransferible porque es tuyo y lleva tu nombre de agua.

Entrad. Huid del conformismo y la gripe. No + nos + aceptemos, ni adquiramos las ofertas al ritmo del tambor de guerra. Respirad. Otra vez más. ¿Lo veis? Está todo bien. No es tan difícil. Despejada la niebla el día se hace latido, la piel recupera el surco, la música resuena al otro lado y nosotros, solos alrededor de un esqueleto-perla, entendemos que vivir es nacer a cada instante. Entrad. El resto es miedo en descomposición.

La mentira y Dani Martín

Aunque a veces se nos olvide, son las historias las que mantienen nuestro interés por esa cosa llamada, vida, existencia o desperdicio. En su ausencia, los hombres de las cavernas habrían sido incapaces de sobrevivir a las embestidas de los tigres de dientes de sable, y a un tal Mozart no se le hubiera ocurrido musicar las rutinas del Don Juán —follador osado y muy dado al ¡qué largo me lo fiáis!— en su bufo “Don Giovanni“. Sin algo que contar el mundo no sería más que un hueco, una pausa entre dos siestas.

Ahora, con las “fake news” desbordándose por el borde del móvil e influyendo en el proceso democrático hasta niveles dignos del Joker transmutado en víctima, la fuerza de la narrativa se impone a los hechos, como si de alguna manera, en esa búsqueda de una verdad esquiva, la creencia en los mitos y las leyendas urbanas fuera la opción más fácil ante el exceso de información. Porque, ¿para qué molestarse en comprobar lo sucedido si es más fácil aceptar una mentira fabricada globalmente? ¿Quién quiere “comprar” certidumbre cuando el escepticismo se comparte con un simple clic?

Precisamente, Dani Martín —uno de los pocos cantantes patrios desprovistos de careta— habla de estas y otras cuestiones en su nueva canción, subproducto musical con un ciclo vital similar al de los bulos: aborta-nace, se repite y se repetirá una y mil veces, evoluciona adaptándose a su contexto social y, a diferencia de los rumores veraces que nunca protagonizan segundas partes, volverá abruptamente a todos los banners y cadenas en la fecha prevista para el lanzamiento del disco-embuste. Así se manufactura el consenso, así se propaga el miedo. Piénsalo, «pero que nadie se entere».