De Miguel, de Bosé y del negacionismo

Y seguimos para bingo (-). Después de la entrevista a Miguel, a Bosé y a toda la troupe que cohabita en el interior de una persona, se ponen de manifiesto otras tantas cuestiones. La primera es que algunos siguen un régimen de drogas muy estricto para mantener la mente ágil. La segunda es que envejecer y hacerse muy viejo confluyen en el hijo del torero y la musa. La tercera se puede resumir en una línea: ¿es necesario dar voz a personajes públicos que carecen de los conocimientos para hablar, en este caso negar, una enfermedad que ha matado a tres millones de personas en el mundo? Resulta que sí, precisamente porque semejante temeridad implica enormes audiencias.

El caso es que negacionistas ha habido siempre. Si el Holocausto fue un montaje, entonces el VIH una combinación de sustancias nocivas y problemas nutricionales. Si el cambio climático responde a una pataleta de Greta Thunberg, entonces la teoría de la evolución queda invalidada por las creencias de fundamentalistas bíblicos. También andan metidos en cosas de andar por casa: Elvis Presley baila en un búnker, Jesús está entre nosotros —probablemente en la Comunidad de Madrid— y la verdad no se encuentra ahí fuera. Solo tienes que buscarla.

Lo peor de todo es la seguridad que Bosé, en nombre de todos los negacionistas, esgrime cada vez que abre la boca, esa convicción de plantear un debate legítimo cuando, en realidad, todo apunta hacia el mejor callarse. Así se reafirma, saca pecho y señala la ceguera crónica de una sociedad boba. El dogma ha vuelto, búscalo, ¡está en el Internet! Nos queda la duda de saber si Miguel estará al corriente de que la desinformación, a día de hoy, mata. Y mucho.

Ilustración: Joey Guidone

El recurso del demonio

No podía ser de otra manera. El cardenal Cañizares, Jorge Fernández Díaz, José Luis Mendoza —en realidad son la misma persona con distinto hábito—, sin olvidarnos de Bunbury o Miguel Bosé en plena menopausia. Todos ellos han terminado recurriendo a la figura del demonio. La trilogía del Opus en su forma más sulfurosa; los dos cantontos en su versión más fieramente humana. Y es que cuando la vida alcanza nuevas y sobrenaturales cotas con cada café, el demonio sirve para contar estrellas. Vamos, que es el único que nos permite darle sentido a esta película con cara de mal sueño.

Siento decepcionarles y mucho menos llevarles la contraria, pero por desgracia la realidad resulta algo más complicada. De hecho, la fascinación por Belcebú, Satanás, Bill Gates, Lilith o simplemente diablo cabrón viene de lejos y llevó a la hoguera a Juana de Arco y a miles de personas —muchas de ellas mujeres— acusadas de brujería, portadoras de un mal fario que no es más que un torpe intento de acomodar en el raciocinio el pensamiento mítico, cargado de dogmas, versículos y misas de doce.

Así el Maligno nos manipula para conseguir sus oscuros fines. Está claro que como montaje es inapelable. Los humanos se equivocan porque toca, rezan un padrenuestro para purgar la pena y buscan un culpable ahí fuera que les sirva para aliviar una dolorosa carga, la inevitable certeza de que «el mal no es lo que entra en la boca del hombre, sino lo que sale de ella».

Ilustración: http://1000dessins.com/