Vuelve la noche

Durante meses pernoctamos bajo un rayo de la aurora por decreto, traje de luz, con sus invenciones y palimpsestos desplegados en mañanas, luego el mediodía, la tarde cabizbaja y después nada. La noche quedó relegada a un guante, salvación casera del que sabe que soñar sólo se sueña con los ojos abiertos. Muchos encontraron una manera de llenar el tiempo con su circunstancia y descubrieron cisnes. Otros, en cambio, sintieron los miembros amputados, otearon cuervos en el aire, dijeron adiós a las quemaduras, el baile y la promesa de los días cortos. Así no se aprovechan las alboradas. Y menos mal.

Por fin vuelve la noche. Y con ella el movimiento, los pasos de dentro a fuera y no volver, las comidas a deshoras. Consuela saber que muchos velan, y además los vemos, viven. Todo bajo las farolas de siempre, esas que alumbraban su propio destello yermo hace apenas un verano. Y el campo urbano se cubre con colas de serpiente hambrientas esperando a las puertas de los clubes, en las aceras que también son almohada. Resulta que la oscuridad revive en el Madrid de las postales del alcohol y las drogas de la vanguardia menos narcótica. Nunca fue joven, tampoco quiso serlo, pero a oscuras la carne brilla alto, libre, pierde la edad.

Nadie espera que el horizonte se rompa y llene de colores el marco del paisaje. Queremos, quiero noche, sinónimo de biografía y lienzo en blanco. En las tinieblas pintamos de otra forma, menos vertical, aunque más puro porque el destino posee la forma de una cama. Nada de yacer, ¡soñar rendidos! Mientras, el mundo de siempre vuelve a sus ocupaciones. El nuestro cabe en una gasolinera y arde en calma, a la velocidad del tiempo que perdimos y ahora duerme.

Ilustración: Hiroshi Nagai

El escándalo de la calle Ponzano

Recorrer Ponzano un sábado por la noche es una experiencia rara, rarísima. Y es que a las siete de la tarde, medio oscuro, medio anocheciendo, el ambiente de madrugada se hace norma. Así, un kilómetro y poco concentra más de 70 bares que, en febrero de 2021, con eso de que las aglomeraciones están mal vistas, se han comido las aceras. En una pasada de señora mayor es posible observar a miles de chavales entre 20 y 25 años, vestidos con chalecos acolchados y sin mascarilla, viviendo la vida, entrando y saliendo a ver si pillan —a las 21:00, en principio, cierran—, cogiendo la moto eléctrica y haciendo eses, además de pis en los alcorques. Vamos, que ya le gustaría a Malasaña hacerse con un quinceavo de lo que se cuece en cuatro horas en las terrazas del desenfreno, ahora toda una calle. Cuidado, la culpa no es de los jóvenes, aunque un poco también, sino de los mayores y la necesidad.

Hacer “ponzaning” ha pasado de ser una soberana gilipollez acuñada por el grupo Lalala a representar un riesgo para la salud, incluso más que el concepto de esos nuevos bares —se salvan “Eldecano” y el “Fide“— que abrazan la onda del Instagram en pleno Chamberí, es decir, mucho filtro, música hortera y alquileres de 5.000 euros por noventa metros cuadrados ampliables a zona azul. De lo que se trata es de hacer caja, sea como sea, para sostener esta burbuja a la que llamábamos noche.

Mientras tanto, las cabezas visibles de las asociaciones de vecinos sufren amenazas por parte de algunos hosteleros muy nerviosos, superados por las deudas y el peso de la supervivencia. Es la lucha de siempre enmascarada por la libertad. Unos quieren dormir y otros ponerse pedo. Entre medias algunos hacen caja como pueden, o hacían. Al final tampoco se trata de culpar a los que se saltan las normas —pocos cierran a la hora y si lo hacen dejan a decenas de clientes en el interior—, más bien de evitar que las calles se conviertan en territorios para una minoría. Demasiado tarde, como también lo es intentar volver a los tiempos en los que mi barrio era un cúmulo de mercerías, fachas y barras de mármol más viejas que el que escribe. Venid a comprobarlo, ¡esto es la guerra!

Ilustración: http://www.championdontstop.com