La ridícula idea de no volver a verle

No hay nada más extraño que despedirse de alguien a quien quieres. Decir adiós o permitir que el daño sea irreparable, un daño que deja respirar apenas, que envuelve el tiempo en carne viva y prescinde de palabras. A ese dolor podemos encomendarnos una sola vez. Más de una vez se considera plagio. A veces, la única forma da atajar la enfermedad implica cortar un miembro fuera del cuerpo y dentro de nuestra cabeza, con una cadencia y un latido que creímos nuestro y para siempre. Entonces nace la ridícula idea de no volver a verle, la única manera de poder salvarnos.

La decisión de no volver a verle surge de la necesidad de abandonar la realidad como amenaza. Mucho peor perderle que perderse a uno mismo, nos dicen, pero no lo vemos. Entonces llega el momento, de noche. La oscuridad nos permite encontrar ese valor del que carecemos. Si vamos a morir un poco que sea bajo la luz de la luna y los satélites. Seremos árboles que mueren y nadie escucha. Mataríamos por volver a verle. Nos desangra mirarle una vez más entre los ojos, ese lunar del cuello.

La idea de una vida sin el otro resulta tan ridícula que seríamos capaces de volver a intentarlo… para volver a equivocarnos. Queda la duda, los futuros imposibles y su recuerdo. No volver a verle estaba descartado y, sin embargo, ocurre. La despedida deja su perfil en la ventana del autobús, en el quejido del tren y los felpudos. Después llegan los días, los meses y los años raros. La ridícula idea de no volver a verle se destiñe bajo las gotas de lluvia y un sol oblicuo. El dolor se hace tan cotidiano como el pan con mantequilla. La vida consiste en despedirse. Y todo pasa y queda, como los lunes pasan.

Ilustración: Miki Kim

Esas parejas

En el mundo hay mucha gente sola porque así lo quiso. Esa gente se levanta y se acuesta sola, come de menú en el restaurante y deja la mitad de la mesa sin migajas. La gente se compadece de esa gente, cree que podría mejorar su tiempo si se acompañara de otra gente. Y no es cierto. Por desgracia, casi todo se hace por pares, los jerséis y las promesas, el viento y mirarse en un espejo. Por esa razón a la gente le encanta observar a esas parejas suturadas, como si la vida no pudiera entenderse sin ellas paseando por la calle. A esas parejas se las venera por ir en contra del principio fundamental del día a día: todo acaba.

Esas parejas parecen adaptadas a una forma de vida en extinción. El otro está incluido en sus sueños, el uno en la vigilia, los dos, pan con mantequilla y el banco frente a otro atardecer marino, salmón, distinto. Son parejas que trascienden las matemáticas y crean una unidad rara por improbable. Les va la respiración en ello. La gente sola o acompañada mira esas parejas como el que mira una piedra preciosa, dos pájaros en el tendido eléctrico con luna al fondo. Tienen que ser una obra del amor esas parejas. Tan viejas, tan juntas, tan ellas sin que nadie más lo sepa. Y son de todos porque todos, en el fondo, aspiramos a ser dos siendo cada uno libre.

Con las parejas, llamémoslas parejas de siempre, sucede lo mismo que con los cachorros o los bebés guapos, nos conectan con la ternura más profunda. Nadie ve el daño en dos ancianos caminando juntos, nadie ve la humillación de renunciar a una vida en solitario. Esas parejas huelen a lo mismo, su ropa creció en el mismo armario, intercambiaron creencias por respeto y saben que, cuando uno de los dos muera, dejará en el aire un espacio visible e invisible, el mismo que siempre compartieron. Mientras haya una remota posibilidad de seguir vivos seguirán hablándose en voz baja. Y ni la muerte de la muerte logrará la muerte de ese amor, tan suyo, tan nuestro.

Ilustración: Handome Frank

«Me gustaría que alguien llorara por mí»

«Me gustaría que alguien llorara por mí en un tren». Ella me lo confesó al caer en la cuenta de algo que nunca sucedió. Acababa de ver a una pareja despedirse. El chico subió al vagón envuelto en lágrimas. La chica permaneció de pie frente a la ventanilla. El tren comenzó a mover el silencio. Al decírmelo, pensé en las veces que lloramos para reparar errores, para enterrar a gente viva o fría, que llorar es una forma de querer sin ser correspondidos. Las lágrimas nacen en los aeropuertos y las estaciones; las lagrimas mueren en todas las mejillas y el suelo.

¿Cuántas veces han llorado por nosotros? A padre lo vi llorar con su perra muerta en brazos. Madre tuvo que llorar su pérdida y, sin embargo, nunca lo vi hacerlo. Las hermanas lloran como si lloviera flojo. A mis amigos los vi llorar por alguna novia, probablemente de alegría. Si alguien lloró por mí tuvo que hacerlo dentro de su casa, frente a la pared, envuelto en una sábana tibia y azul. Yo lloré en la Terminal 4, con un mollete entre las manos y una fila de gente arrastrando maletas. Sirvió para pasar la pena, pené para secar el llanto. Ella nunca regresó.

Qué sería de nosotros si no pudiésemos llorar por alguien. El mundo estaría hueco, la gente cargaría con un animal sobre los hombros, un animal que pierde sangre por los párpados. Quizás por esa razón sentimos esa debilidad después de derramarnos. Al llorar, por fin, podemos cortar vínculos, la única forma de reír estando solos. Es extraño. En el fondo, todos lloramos por algo que sigue estando ahí cuando dejamos de llorar. Nos faltan lágrimas, nos sobran los motivos. Pero ya llegó el verano.

Ilustración: Raphaelle Martin

¿Cómo dormimos?

Vivimos, con suerte, ochenta y cinco años, un tercio con los párpados cerrados. Casi tres décadas sin contar las siestas. Un acto tan horizontal, tan nuestro. Todos saben cómo mienten; nadie cómo duerme. Puede que fuera un sueño y por esa razón algunos roncan o sujetan la almohada con firmeza antes de morir latiendo. Después se produce ese viaje al fondo. El cuerpo deja de ser lastre. Los malos recuerdos se desgarran y podemos volar, matar incluso, acostarnos con esa persona inalcanzable. El resto es un misterio.

Le pregunté qué hago mientras duermo. Quise saber lo que sucede cuando no hay consciencia y el mundo es una sábana. «De lado y con un cojín sobre la frente«, dijo. «Respiras fuerte, como si te ahogaras». Un espasmo. Esa es la llave al otro lado, el precio a pagar por apagarse. Después una mezcla de paz y movimientos sísmicos. Hay cierta estética en el sueño. Uno sueña como vive. Yo dejo soñar al que está cerca, no me entrometo en sus asuntos. Muevo las piernas con delicadeza y, algunas noches, pronuncio frases inconexas. Son mis sueños los que piden ayuda para no perderme. Al despertar, estoy solo; siempre acompañado en sueños.

Puede que los malos sueños sean malos porque se parecen a la vida. Al soñador no lo perdonan nunca. Es más, puede que la clave de soñar sea arrebatarle los sueños a los otros para que por fin hablen de uno. Yo no puedo. Prefiero dormir sin hacer ruido, serme fiel un rato, perdonarme, no despertar a los pájaros. Hoy me levantó la luz. Solo aquellos que te conocen saben cómo duermes. Pregúntales. Por eso el verano se parece a un sueño en el que no dormimos.

Ilustración: Simon Bailly

Sobre el interés en las relaciones

Todos queremos sentirnos útiles, hacer el bien entre tanta porquería, ser hombro, latido y hasta báscula. Si servimos para algo más que para nosotros mismos o nuestros fines, entonces el mundo parece menos amenazador, más redondo dentro de nuestra pupila. Hasta que, una mañana o una noche —durante el día normalmente se trabaja—, nos sentimos utilizados. Fuimos un rato bajo las sábanas, saliva en un banco del parque, ese medio para un fin consentido. No contábamos con el desinterés de la otra parte. Ni siquiera se dignó a escribirnos un mensaje o dar señales de vida en cuarenta y seis horas. Y eso duele.

Comienza un proceso en el que el «nosotros» del principio (dos adultos volviendo al instituto) desaparece dejando un «yo» desamparado. Así, el servicio mutuo imita al intercambio y éste a una mercancía. El horizonte brilla menos, es un trozo de carne colgado del techo. Nos muerde el perro de la rabia. El infierno eran los demás y uno no ha hecho nada para merecerlo. La otra persona nos cae fatal, peor, aj. Imposible comprender cómo perdimos un tiempo que hubiéramos empleado en ver series. Ahora esa persona es un recuerdo crónico de mala hostia. Gracias.

Estamos tan acostumbrados al premio y al castigo que se nos escapa la estrecha relación entre el enamoramiento y el interés. Podemos resumirlo en una frase: nos pillamos de nosotros mismos en presencia de otra persona. Cuando esa persona desaparece somos incapaces de soportar nuestro comportamiento, nuestra elección, otro error de una infinita lista de errores pasados y futuros. La solución no está en regalarse flores, ni en sacarse a bailar. Ni siquiera en hablar con uno mismo durante horas. Eso son vendajes. Bienvenidos sean. La solución está en los otros. Y eso duele todavía más.

Ilustración: Andrey Kasay

María y el silencio

María trajo silencio. Se limitaba a acomodar su cuerpo sobre el edredón, el sudor por dentro de la nuca. Luego respiraba por los ojos frente al universo. Bajito, sin esfuerzo, como esos ríos que parecen lagos, tan profundos, tan silenciosos, tan de mar. Su silencio evitaba los malentendidos, convertía las palabras en algo inútil, sucesiones de vocal y consonante que nadie necesita cuando su omisión lo dice todo. Las palabras están sobrevaloradas. Palabra de escritor, silencio de María, ese silencio nuestro.

Hace tiempo que los humanos dejamos de escuchar silencios. Será porque no existen. En ausencia de ruido, el sistema linfático y sanguíneo resuenan imitando a los obreros. Todo es pensamiento, coches, miedo a la desnudez que trae la calma. María descifraba el estruendo de dos que callan, parecía cómoda en un paisaje líquido porque, sin volumen, la vida recupera su dimensión casi sagrada. Shhh.

Dicen que «el camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio». No lo creo. El silencio nos permite observar lo pequeño desde el lugar que le corresponde, un espacio donde no somos en el tiempo, sino que el tiempo es en nosotros. Solamente aspiraremos a ser libres si aprendemos a no decir nada. Qué extraño. Todavía escucho a María en esa cama, mirando el techo y por lo tanto al cielo. Eran las diez de la noche de un silencio. Y comenzó a llover ahí fuera.

Ilustración: Simon Bailly

Las despedidas raras

Algunas despedidas se producen sin querer. Ninguna de las partes la desea, ninguno quiere recibir ese mensaje, agitar la mano entre las flores, calentar el otro lado de la puerta. Estas son las despedidas raras, siempre acompañadas de la peor nostalgia, aquella que nunca llegó a suceder. Porque un adiós al uso conlleva una posibilidad de volver a verse, aunque sea de lejos o desde la otra acera. En este caso, la posibilidad ni siquiera es una palabra. El adiós sucede sin lágrimas ni dudas, imbuido de una indiferencia que airea lo más profundo de nosotros. Estas despedidas traen una muerte imposible de reconocer. De ahí la extrañeza.

A las piedras se las permite ser indiferentes. También a las montañas. Quizás por esa razón siguen ahí, un poco a lo suyo, pisoteadas y sin embargo firmes o bajo una nube con la forma de otras piedras blancas. La indiferencia en estas despedidas deja un sabor a hierro en la boca, el corazón frío, una realidad muda en el centro del verano. Qué peor desprecio al otro, qué forma tan humana de quitarle importancia a todo lo vivido. Te abrazo mucho. Un beso. Adiós.

A todos nos ha ocurrido alguna vez. Pasa. La despedida se olvida pronto. Extraña forma de borrar los hechos aún calientes en nuestra memoria. Fue bonito, una inercia, por eso desparece sin dejar rastro. Ni hubo principio ni hay un fin. Quizás dentro de unos años seamos capaces de valorar la pérdida ahora tan indiferente, tan nada. Quizás no llegara a suceder y por eso estamos separados estando cerca. Le dije que lo mejor era dejar de verse, no porque no quisiera verla, sino porque no le hacía todo el bien que se merecía. Y no sé si es verdad u otra mentira. Otra despedida rara. Otra más.

Ilustración: https://www.oritfuchs.com

Aquellos que entierran a su pareja en vida

La ruptura implica muerte, muerte de un organismo lleno de futuros y un pedazo indeterminado de sus partes. Poco importa si uno deja o se encuentra al otro lado. A veces, el organismo muere solo, por falta de luz o tierra fértil. La vida. Esa muerte es el principio de la ausencia y a ese hueco debemos enfrentarnos. Todos. El dolor se pasa y, sin embargo, siempre duele. Por esa razón observo a aquellos que entierran a la que fue su pareja cuando todo acaba. Esa pareja antigua todavía late, tiene tiempo y puede que alquile un piso por el barrio. Para esa gente esa pareja ha dejado de existir. Y no lo entiendo.

A aquellos siempre les pregunto. ¿Cómo lo hacéis? Se supone que algo tiene que quedar, estaciones a medias, manchas de café y un viaje al norte. A veces hay niños, una cama triste, contratos y un final que pesa lo que pesa la infancia ya de adultos. Aquellos que entierran a su pareja lo hacen para conservarse, olvidando que las horas pasan igual de lentamente. O ellos en ellas. Enterrar al otro implica enterrar un cuerpo todavía tibio dentro de la nieve. Pero nadie puede enterrar los recuerdos. Ni siquiera en el fondo del mar.

Yo quiero que las que fueron mis parejas sigan cerca, aunque se despierten con otra pareja en otra parte. Ellas me ayudaron en este tránsito de ir envejeciendo. Además, está bien pensar en alguien más, salir de esta madriguera para uno y caer en la cuenta de que doblas las sábanas tal y como ella te enseñó. Solamente los muertos de verdad son tierra. El resto vamos acercándonos a eso con el viento en contra. Aquellos que entierran a su pareja en vida me ponen triste. Los abrazaría para hacerles entender. Los entierros guardan un misterio. Las rupturas desvelan lo que una vez vivió enterrado. Qué extraño, qué humano. Es lo mismo.

Ilustración: www.sargamgupta.com

¿Es posible enamorarse de un desconocido?

Claro que es posible enamorarse de una desconocida, Luis. Sucede por obra de la química. Todo en una noche corta, con su baile y un desayuno nunca consumado. En eso consiste el enamoramiento, en moverse hacia la luz de alguien que nos representa y vive en otra parte, dentro de los párpados y aún más lejos. La música apaga el ruido, el mundo arde en respiraciones tibias. Será enamoramiento si necesitamos ser correspondidos a cada segundo. De lo contrario, no habrá menciones a los hijos o a un matrimonio cara al fuego. El enamoramiento es ahora, todo ahora, aquí todo. Y estas promesas solo se le hacen a una extraña.

Su nombre envenena los sueños y el tiempo pasado estando juntos. Regresa a las sábanas como la saliva. Solamente al conocer a alguien de verdad sentiremos el amor como cuidado diario. En el enamoramiento se hace patente la destrucción de dos que dejarían todo y quieren saber todo de una incógnita: comidas y ayunos, nombre, flores de mercado y apellidos, hora de nacimiento y una previsión exacta de la muerte. Será enamoramiento si se cuenta a los amigos y al espejo. De pronto, quedar no cuesta, aunque sea al otro lado del Atlántico. Adiós, pereza.

Recomiendo el enamoramiento como experiencia única. El cuerpo deja de doler, la cabeza palpita con cada mensaje, la dopamina pinta de rojo los domingos. Y uno, por fin, está de acuerdo con la vida. Aparece el miedo. Pero un miedo por la pérdida del otro, miedo de que no conteste si le llamas, miedo de no poderle hacerle una canción de miedo. Y decir te necesito alcanza la gloria del pan de cada día. Por fin sentir parece justificado. Ella no está, Luis. Pero ella soy yo. Y a los dos os quiero.

Ilustración: Guy Billout

Eso que me recuerda a ella

No puedo elegir mis recuerdos. Algunos duelen. Otros son suaves, traen paraísos perdidos y un verano. Entre todos los recuerdos hay algunos recurrentes que siguen siendo vida, aunque esa vida exista en otra parte. Los más intensos tienen que ver con ella. La recuerdo en el pelo hasta la cintura de mujeres caminando por delante de mi. También en un cigarro entre dos dedos, el aire y el humo, en los abrigos rojos, en una caricia sin apenas ruido. Es posible empeñarse en querer a alguien. Es imposible querer olvidar cuando el recuerdo da sentido al mundo. Soy yo el que gira y gira y gira.

Al principio, luchaba contra mi memoria. Se supone que para levantarte debes borrar al otro, dibujar un nuevo contorno al que añadir colores, formas y hasta una sombra. Pero es mentira. La única manera de encarar lo próximo se construye con restos del pasado. ¿Cómo es posible florecer sin otras estaciones cálidas? Los ausentes nunca dejan de latir. Los recuerdos detienen el tiempo. Nosotros en medio. Al fondo, el cielo con su abismo.

Nunca dejaré de recordarla. Sin embargo, puede que la olvide. Me acuerdo del sonido de su risa, de sus andares ebrios, de su forma de dar las gracias con cada respiración. Poco a poco, la ausencia es casi un juego. A veces está, otras veces me roza. Primero dejé de llorar. Luego, los sueños fueron desapareciendo. Algunos días, ella me trae un ramo de tristeza. Otros, petunias, geranios y prímulas. Me va acercando al mar. Encontraré mi reflejo en la corriente de los peces. Será por ella.

Ilustración: Choi Haeryung