Gracias por las rosas, gracias por las espinas

La gratitud tiene que contagiarse. De lo contrario, no sirve. La única condición es ser agradecido sin esperar la aprobación del mundo, agradecer como el que pronuncia su nombre o mira al cielo. Movida. Pasamos mucho tiempo esperando que nos recompensen por el daño recibido o el amor dado, mirando con desdén a gente que recoge un premio. Cuesta llegar a una conclusión tan evidente, quizás por tener miedo a la muerte estando vivos. Lo digo en alto: gracias por las rosas, gracias por las espinas.

Disfrutar del rojo de los pétalos implica pincharse y desangrarse. Tiene que ser la experiencia completa, con su playa y sus hoyos, con sus daiquiris y el tedio del día a día sin épica. Porque dar gracias a la vida cuando te da poco o algo que nunca deseaste es la forma de humildad más elevada. «Gracias por este curro de mierda, gracias por esta prótesis». Martillos. Turbinas. Ladridos y chubascos. Estamos vivos. De ahí el agradecimiento.

La desaparición de los seres queridos viene con una lápida y un gracias. Padre ya no existe, pero conocí mejor a madre en su ausencia. Maya ya no está, pero reconozco la razón de haberla amado. Al morir algo dentro de nosotros alumbramos un trozo de vida que va tomando forma muy despacio. Amigos, hermanas, luz al fondo y manchas. El juego termina demasiado rápido. Después, el sol y la luna vuelven a la misma caja. Parece que todo fue un milagro. Y lo somos.

Ilustración: Bo Bartlett

Una patata frita

Hay que estar preparado para limpiar debajo del sofá. Ahí, en esa franja a la vista de nadie, se acumula vida inútil, ácaros y algún que otro tesoro. Empuñar el plumero y la escoba nos enfrenta con nuestro yo más falto de higiene, también con ese pasado que regresa en forma de partículas de polvo. Quizás por esa razón la gente odia limpiar y resulta imposible establecer mínimos: los que limpian todo el rato están locos y los que limpian poco son unos cerdos. Eso sí, todos, sin excepción, limpiamos para acrisolar la mente. Pues bien, ayer, encontré una patata frita debajo del sofá. Y me puse a llorar arrodillado.

Era una patata fea, con la forma de esa fruta que nadie quiere, una patata que se come de dos o tres bocados, nada especial a pesar del milagro de su suciedad tan cotidiana. Esa patata, en realidad, no era una patata cualquiera, sino una patata perdida perteneciente a la que fue mi mujer durante años. Ella —mi mujer, no la patata— pasaba las tardes en el sofá. Abría dos botellas de vino para principiantes, colocaba patatas en un cuenco y desaparecía en la bruma del que bebe sin saborear. Yo recogía sus restos.

Me incorporé. Coloqué la patata frita en el recogedor, junto al polvo y el envoltorio de un condón. Entonces odié a Marie Kondo por ser japonesa y decir aquello de que «el objetivo de la limpieza no es solo limpiar, sino sentirse feliz viviendo en ese ambiente». En el trayecto del salón a la cocina recordé a una pareja enamorada que se divertía comiendo patatas fritas en los bares y regresaba a casa por la acera de la izquierda. Abrí el cubo de la basura y vacié el contenido del recogedor. «Si quieres una casa limpia, mejor apaga la luz», pensé. Pero es mentira.

Ilustración: Vittorio Giardino

Del perdón

Me hizo mucho daño. Con un gesto invisible desveló su infidelidad con un amigo, una mirada que solo conocen los enamorados. Quise entenderlo, decirle que todos nos equivocamos. Ella echó a correr. Era de noche. Por la mañana fui a su casa. Llamé a la puerta. Ella abrió con furia dentro de los ojos. Dijo que todo había sido culpa mía, que yo había perdido la cabeza y necesitaba una lección de vida. Le respondí que era muy guapa por fuera, por dentro un monstruo. Tuve que escapar de aquel aire. Cerré la puerta y bajé las escaleras. En la calle grité su nombre, le pregunté si me quería, con un grito. No sé si respondió. O prefiero no saberlo.

Ella cogió un autobús para ir al aeropuerto. Volvió a América sola. El sueño español se queda siempre en casa. Eso hice. Pasaron las semanas y le escribí un mail. Respondió insultándome. Entonces creí que todo había sido culpa mía, que había perdido la cabeza y necesitaba una lección de vida. Con esa lección me rompí, convirtiéndome en la pena de la pena. Hasta que el tiempo, un día, deja de doler. Marché a París para darle otro nombre a la tristeza. Dos años después quedé con su madre cerca de la torre Eiffel. Le dije que aún quería a su hija. De fondo, música, una ciudad que no termina nunca.

Nunca tuve noticias de ella, aunque vi fotos en las que buceaba y miraba a cámara con ojos de herida. Ayer recibí un mensaje de ella pidiéndome perdón. Veinte años mas tarde. Contesté que todos necesitamos perdonar y perdonarnos, que nunca hay nada tan grave que el amor no pueda. Con el perdón la tormenta se separa del cielo y es posible crecer arrodillándonos. Cierto, el perdón nunca cambia lo ocurrido, aunque sirve para vivir el futuro con síntomas de amor. «El infinito precisa de lo inagotable», el perdón de un cierto grado de olvido. Y perdonamos.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Esos hombres que lo explican todo

El amor siempre sirvió para entender este y cualquier otro mundo. En cambio, son hombres los que se empeñan en explicar cosas, todo el tiempo, también cuando nadie les pide que lo hagan. No pueden evitarlo. Ellos, señores todos, preguntan sabiendo la respuesta, como si el uso de interrogativas en su boca fuese la excusa para demostrar lo que dominan y saben de memoria. A fin de cuentas, este es un mundo de hombres que lo explican todo. Y así va.

Porque a esos hombres que lo explican todo les cuesta reconocer, primero, que sus explicaciones no hacen falta. Segundo, y en otro rango, que lo que le importa a la mayoría —más allá de tendencias y afters— está sujeto a la ley del orden y el desorden. Entonces, bajo una luz como pintada, siempre aparece un tío con jersey de cuello alto que pretende darle sentido a la existencia. Él sabe de esto, mucho, pero mucho se equivoca el que cree que las palabras sirven para algo. Quizás para decorar la noche con estrellas.

Hay menos mujeres que lo explican todo. O al menos son discretas en su intento de demostrar nuestra falta de adaptación al medio. Puede que sea un problema espacial, puede ser por culpa de los hombres. Decía un pintor con bigote que «el trabajo de un hombre es la explicación del hombre», una frase certera y también triste. En 2023 parece preferible una mala explicación que no dar ninguna, lo que nos induce a un error de género. Entonces regresa el amor para salvar el mundo. Lo hace siempre, con un silencio que lo explica todo.

Ilustración: Alex Colville

Sábanas

Por sus sábanas conocerás a la persona. En ellas se funden carne y descanso, partículas que luego giran en una lavadora. Y es que las sábanas, como las galaxias, pueden ser de todos los colores: blancas, rojas o de rayas de pijama. Algunos atisban en su tacto una posibilidad para fugarse. Otros, menos optimistas, buscan desiertos, olas, velos. Casi nadie sabe que, bajo las sábanas, conocemos al otro en su mejor y en su peor versión, en el brillo de la mañana, bajo la luna y una noche triste. Desde arriba, tan dentro, una pareja se entrelaza para formar un signo del zodíaco. Sábanas de agua que no moja, túneles de viento de la boca.

Nada más noble que cambiar las sábanas y dejar que corra el aire. Se trata de una tarea emparentada con la del enterrador. La materia prima cambia, pero hay una búsqueda de paz, de respeto por los que viajan. Y todos vuelven. Al cambiar las sábanas, la casa se despierta fresca y la fruta del desayuno sabe a árbol, vivir cansa menos y es fácil seguir el rastro de todo lo soñado. Nunca te enamores de alguien que no cambia las sábanas con frecuencia. Es así como querrás que huela tu vida.

Una sábana une. Incluso cuando la relación está ya rota. Uno coge la sábana por un extremo. El otro imita el gesto. Los brazos se encargan de plegar la superficie, que va menguando como mengua el infinito. Otro doblez, como si se tratara de un vestido de comunión. Entonces, el pecho hace de apoyo y las piernas dan un paso. La mirada del uno hacia sus manos y hacia la mirada del otro que dobla y va acercándose. La sábana ya no es sábana, ¿un mantel? Otro doblez, otra mirada. De la sábana queda el recuerdo de la sábana. Los amantes nunca estuvieron más cerca. Debió de ser otro sueño, una sábana de invierno blanco.

Ilustración: Mark Tennant

De un mundo sin tiempo

Hay un mundo sin tiempo. En ese mundo, los viejos nunca mueren, los niños lanzan manzanas al aire que no tocan el suelo. Todo está en suspenso: las nubes, los latidos del corazón de un pájaro. En ese mundo, el pasado no pesa, es solamente una posibilidad entre todas las posibilidades que la vida ofrece. La libélula toca la superficie del lago. Nieva frente a un sol que nunca sale porque nunca anochece en este mundo. La noche es noche sin sus días, sin los dedos de la mano. Las estrellas brillan en un cielo a salvo de pestañas.

A ese mundo sin tiempo regreso cuando quiero. Es un mundo desprovisto de la prisa y el desorden, sin recuerdos o sin tumbas. Los paisajes permanecen en el marco de las ventanas, los amantes olvidaron el horror contenido en cada despedida. Nada cumple años, nade tiene un fin, nada envejece. Un campo de girasoles frente a un universo quieto. Huele a leña y a piel de mango, la lluvia moja y la humedad… la humedad fue un sueño de verano. El mar siempre espera tras la curva. Siempre.

No hay pasado en un mundo sin tiempo, como tampoco hay pasado en el pasado ni hacemos planes de futuro. En este mundo estamos solos, pero no importa. El tiempo y su paso: obstáculos de la felicidad. Sin tiempo, la alegría y la tristeza son solo palabras. Y a las palabras se las lleva el tiempo. Colores en lugar de tiempo, amor a una distancia prudente de las horas. Sin tiempo por fin vivimos dentro de este mundo, la música palpita en una sístole. Nunca hubo tiempo en el tiempo. Por eso regreso a ese mundo cuando quiero.

Ilustración: Darek Grabus

El orgasmo termina en un abrazo

Entonces, todo el ruido desaparece. Hay piel, intercambio, nuevas formas de contar tumbados. Puede que se haga de noche, que la luz convierta en velos las persianas. Poco importa. El placer deja de ser un sustituto. El sexo como sujeto, como objeto alejado de esta prisa nuestra. Sexo, sinónimo de inteligencia, de imperio de sentidos lentos, de actos de precisión en el que dos dejan atrás el cuerpo para hacerse aire, ungüento, amor hecho de tiempo. La vida adquiere una dimensión que nunca tuvo. Placer, vicio despojado de defectos, juego de enamorados dentro de una galaxia, de una cama.

Sin fronteras. Así se hace. Dos contra todos, contra nadie. Dos que son uno y su saliva. Una fábula en contra de la prisa. Porque o sucede ahora o algo se pierde. Cada caricia cuenta. Nada de promesas. Cada postura procura un roce, pero no intimida. El sexo y su seriedad llena de risas y juegos. El sexo. El sexo. El sexo. La felicidad va aparte. Complacer, forma de vida fieramente humana. Siempre nos quedará la memoria. Siempre.

Entonces el movimiento, por fin, es el cambio de lugar de dos cuerpos en el espacio. Hay sudor en las sienes, en el pecho, rumor de párpados. La distancia lejos del obstáculo. Antes del estallido, el placer puede anticiparse, vibra en la carne y en el fuego. ¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir sueño? Un misterio lleno de revelaciones y gemidos. Se produce un destello, una pequeña muerte en vida. El orgasmo termina en un abrazo. Sexo, acción que borra todas las costumbres.

Ilustración: Guy Billout

Esa absurda fidelidad al horror

Las cosas buenas dan sentido al lunes. En cambio, las tragedias definen nuestros plazos, nos obligan a regresar a esa casa que es oscuridad y también nuestra. Todo con la insistencia de un predicador. ¿Qué estamos haciendo? No solamente insistir. También comprobar que algunas heridas no pueden curarse, de ahí que las habitemos, les insuflemos sentido. Sí, son cicatrices. Por eso laten. Esa absurda fidelidad al horror de la que escribía Baricco.

Todas las tragedias ponen a prueba nuestra humildad. Para ser humildes debemos ser pequeños, menos que nosotros mismos. Entonces la tragedia representa esa luz tenue al fondo. Resulta más fácil ir y volver a ella, sacar a la superficie un trozo de infierno suturado a dos personas. Una persona dentro de la pérdida, también dentro de lo que muere en uno; la otra persona nos acompaña en el duelo de seguir estando vivos. Todo irá bien, Javi. El intento de salvación personal implica la salvación del mundo entero.

Nadie puede salvarnos de nosotros. Ni siquiera nosotros. Podemos repetir trayecto con otros paisajes, recordar la playa antes de que anochezca. Es cómico. La misma tragedia protagonizada por gente que habla lenguas muertas, a veces gente muy cercana, familia, pero otros. Consuela comprobar que existe un número limitado de tragedias y que, a partir de una cierta edad, todo es repetición y por lo tanto aprendizaje. Quedémonos con la otra persona que mencionaba en el segundo párrafo, esa que nos acompaña y da sentido al lunes. Esa. Y la fidelidad se desliga del horror.

Ilustración: Zhang Yingnan

Ternura

Es en la ternura que existimos. Dentro de ella es posible ser nosotros, también lo oculto por miedo a que nos hagan daño. Porque la ternura se manifiesta alrededor de alguien que necesita calor para desperezarse. De lo contrario, muere en nuestro cuerpo tibio. Pocos quieren mostrar su flanco de cristal, ser juzgados por frágiles o flores de garza blanca, definición del humano con apegos. Descansa en la ternura, niño. Qué mejor forma de seguir latiendo, de aceptar tu imperfección perfecta.

La ternura es revolucionaria, nunca efímera, se rebela contra la pasión porque carece de segundas intenciones. De ahí que trence lazos deshilachados, invisibles. Sin ternura resulta imposible entregarse a los demás, también a uno. Porque uno es lo que es. También lo que no quiere ser o nunca se atrevió a decir en alto, no por tratarse de algo vergonzante, sino porque admitirlo implica alejarse de los héroes. Y los héroes nunca lloran. Tampoco escuchan.

El corazón tiene cerebro porque tantea lo que es importante para el otro y lo convierte en una mirada, en una mano sobre la frente, puede que en una palabra justa. Cuestión de supervivencia. También de amor, de madres y de gatos recién paridos. Hay que esparcir ternura, dejar su reguero en actos insignificantes que dan sentido a todo lo vivido y lo por vivir. «Ni luna ni siquiera espuma, nos bastan dos o tres segundos de ternura». Nos bastan. Y el tiempo deja de pasar en un abrazo.

Ilustración: Darek Grabus

Y yo qué sé lo que es el amor

Muchos lo intentaron. Que si experiencia conformada por variables afectivas, dopamina y anillos de fuego, que si poderoso sistema de motivación…, definiciones que aproximan la dermis a los abismos. Todas y ninguna sirven. Pero insistimos con palabras, con más palabras. Y así nacen el cariño y el capricho, uno de alfombra de piel de oso blanco, otro vacío, sociable como en cada matrimonio, fatuo y consumado, pura elevación. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Y yo qué sé lo que es el amor. Tiene que ser algo bueno.

Hay algo raro en la forma de sentirlo, nada que ver con el amante, aunque lo desencadene. De cerca destaca lo bueno que la perversión gemela constata sonriendo. De lejos pesa poco, lo peor respira agazapado el tiempo que dura ese destello. Los ojos brillan, los de uno, los defectos brillan, los del otro, la oscuridad brilla como brilla la sombra de su sombra. Nada que ver con la ficción. Nunca sabremos lo que nos sucede. Es real porque nos sentimos más vivos que nunca. Es amor. Tiene que serlo.

La tecnología domina el afán de cada día. De ahí que haya que explicar lo inexplicable, cambio y corto, añadir incógnitas que puedan resolverse prescindiendo de las equis, reducir el todo y la suma de dos partes a una fórmula. Quizás sea el momento de una ciencia sin números ni certidumbres, una ciencia de emociones en la que cuente el sentimiento sin razón, los dolores apegados a la carne y el afecto sin nombre, sin medida. Amor del que nadie sepa nada. Sentir. Tiene que ser mejor así.

Ilustración: Guy Billout