Yo soy de Pfizer

Cito: «El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer». Con este axioma Frank Zappa hacía referencia a la única constante en el comportamiento humano desde que aprendimos a caminar prescindiendo de las patas delanteras. Partiendo del hecho de que todos ignoramos infinitamente más de lo que sabemos, creemos o desearíamos saber, los hay que no saben lo que deberían. De esta forma, políticos, periodistas y colaboradores televisivos en horarios de máxima audiencia demuestran que pasar por alto su propia ignorancia les asegura la empatía denegada a los expertos. El máximo exponente de esta tendencia, asentada en el 2021, es sin duda Tamara Falcó, una que que nada sabe por desprecio al conocimiento. Pero es que es tan mona…

Ojo que como ella hay muchos, tantos que la categoría de ilustres ignorantes se aplica a catedráticos y doctores, precisamente porque de poco vale el conocimiento cuando lo que prima es el alcance de la opinión vertida, los retweets, las visualizaciones, como si lo números legitimaran un contenido convertido en continente. En parte es debido al exceso de información como antítesis rara del conocimiento, a la fascinación que sentimos por los que, sin tener ni idea, prosperan en nombre de la mediocridad.

Si nos ceñimos a la definición de sabiduría, facultad para actuar con sensatez, prudencia o acierto, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que Tamara poco tiene de sabia. También que poco se diferencia de los supuestos dueños de una capacidad intelectual superior a lo que demuestran en sus vehementes intervenciones. Al final los cántaros vacíos son los que más ruido hacen y la estupidez es una cuestión de pereza. La que ella me produce es infinita, la misma que le genero a Tonino con mis artículos. Ella es de Pfizer, yo de Robin. Y así todo.

Ilustración: Phil Jones

Pfizer: tu dinero o tu vida

Todavía es prematuro asegurar la efectividad de la(s) futura(s) vacuna(s), pero ahora que el corazón partío de 7.000 millones de personas depende de una industria farmacéutica trabajando 24/7 en todos los husos horarios, parece apropiado abordar una cuestión que, en el mejor de los casos, viene acompañada de una ética raquítica: ¿deberían estas empresas maximizar el beneficio —precepto capitalista por excelencia— en su intento por salvar a la humanidad? Más que nada porque la producción y venta de medicamentos ha de estar sujeta a un código deontológico travestido cuando Pfizer y BioNTech, socias en esta nueva aventura, estiman unas ventas globales de 13 billones de dólares por su pócima milagrosa.

Resulta que Albert Bourla —veterinario supremo de Pfizer que se desprendió del 60% de sus acciones el día del anuncio—, se vanagloria de haber invertido 2 billones de fondos propios en la investigación, aliándose con BioNTech, spin-off de la Johannes Gutenberg de Maguncia —universidad pública alemana—, receptora de 375 millones de euros transferidos por la Merkel. Todo para comercializar la vacuna a un precio imbatible: 39 dólares. Pues bien, Astrazeneca hace lo propio con Johnson & Johnson y pondrán a la venta la suya a 5 dólares. Será de peor calidad, digo yo.

Que nadie se lleve a engaño con tanto baile de cifras e intereses espurios. La competencia es saludable, a pesar de producir perdedores. Sin embargo, el bien común debe prevalecer frente a las cuentas, “forzando” a los países ricos a adquirir la vacuna a precios más elevados para facilitar el acceso de los más desfavorecidos, ya sea a coste cero o sin beneficio para el productor. De lo contrario, el sector farmacéutico estará convirtiendo al ser humano en un medio, principio y fin de la maldad corporativa. Y en un instante pasamos del corazón verde a la sangre seca de las jeringuillas.

Ilustración: https://www.owendavey.com/