Nieve, nieva

Tenía que nevar para que el mundo cambiara de una vez, para que durante un espacio de tiempo amortiguado abramos las ventanas, miremos hacia arriba y reconozcamos un paisaje dentro de otro paisaje, ahora lunar. Porque sólo el silencio es capaz de abrirse paso entre los copos, y derrotar al eco, y el invierno por fin defiende la matemática de nuestros pasos flotando alrededor de la tierra. Es por esa razón que, cuando todo es blanco, el pecho se frena, la vida es un poco más letargo. Será porque nos devuelve a las batallas con bolas de nieve en el patio del colegio, a esa bufanda con pompón regalo de la abuela, a las manos dentro de unos guantes y los labios del color de las cerezas. En definitiva: al amor y el deseo sin otro cuerpo cerca.

Odiamos el frío, despertarnos en mitad de un beso incompleto, el sudor cuando imita a los lagartos. Sin embargo, a todos nos gusta la nieve o ver nevar, que no es lo mismo. A algunos porque les sirve para recorrer montañas sobrios y haciendo eses, a otros porque cuando se acumula en el arcén significa día libre, o sea, en cama. A mí porque es la ocasión perfecta para ocupar la acera y observar mirando, callar comentando la caída, mirar de nuevo, después sonreír, observar una colilla sepultarse. En realidad, lo que apreciamos son los minutos de tregua que concede. Nadie va a iniciar una guerra mientras nieva; nadie. Como mucho algunos pensarán en diamantes o en comprar unas botas con forro de lana merina.

Lo mejor de todo es beberte un chocolate mientras. Uno bien caliente, sol de Cancún en una taza, algo que compense un corazón color de hueso. Es lo que tiene la vida dibujada al carboncillo. Creo que pronto le haré una canción a la nieve, pero una que no resuene, como ella, aunque con notas, dos corcheas y un hilo de luz. En la estrofa nombraré el perdón, en el estribillo el camino de vuelta a casa. Terminará con Ángel González: «No fue un sueño, lo vi: la nieve ardía». Crepúsculo. Madrid. Invierno.

Ilustración:  Marco Cristofori

Coca-Cola contamina más que Vox

Escribió Jorge Guillén: «Todo lo inventa el rayo de la aurora». Los versos no continúan, pero podrían hacerlo, de la siguiente manera: «Ya se encargará el hombre de extinguirlo». Así hemos pasado el año, oxidando los meses, incapaces de ver luz al final del túnel, precisamente un tren de lejanías dirigiéndose hacia nosotros a la velocidad de una luciérnaga. Y claro, llegan las estadísticas del año. Las de Spotify y el Ministerio de Sanidad primero. En los hilos de Twitter, y haciendo el ruido de un pájaro chocando contra un cristal, planean los niveles atmosféricos de dióxido de carbono, superiores al máximo alcanzado en 2019, sin pandemia y con expectativas de futuro. Le siguen varios récords infames: el incremento de 1 (en)coma 2 grados de la temperatura global y Coca-Cola convertida en la estrella que más contamina con sus plásticos. Así funciona la mecánica celeste en un lugar llamado la Tierra.

Muy cerquita, a apenas unas miles de toneladas de basura, le siguen —y cito por orden necrológico— Pepsico, Nestlé, Unilever y Mondelēz International Inc., todas ellas empresas dedicadas al mal comer y el peor beber además de a la higiene corporal que no corpórea. Por supuesto, mencionar de lejos los incendios que han arrasado más de un millón y medio de hectáreas en California, Australia y un pulmón canceroso —por lo de que querer extirparlo— llamado Amazonas. Y claro, China vuelve a superar a los Estados Unidos en su lucha por ser menos sostenibles, lo que significa que, durante los meses de encierro, lo único que hicimos fue limpiar más la casa y ensuciar un poco más el más afuera.

Añadía Neruda aquellos versos, los de «el río que pasando se destruye», y lo hacía mucho antes de otear el 2020. Mientras tanto, aquí nadie dice nada por si acaso. Será porque tenemos que pensar en darle cuerda a la rueda del consumo sin cuidado, colmar a la familia con regalos sin presencia, olvidarnos un año más de que sin aire no hay vacuna. Supongo que esas son preocupaciones de vates y jipis. Sí, el mundo está bien hecho, querido Jorge, y nosotros vivimos atrapados fuera de él. Un año menos.

Ilustración: https://www.lilypadula.com/

De Bunbury y plagios

Últimamente, Enrique Bunbury está en la pomada. Un twit por aquí, otro disco por allá y la polémica de unas letras que van plus ultra del préstamo y podrían incluirse en la categoría del centón, pieza literaria compuesta de frases y fragmentos ajenos en verso o en prosa. El invento en cuestión, griego hasta las trancas, fue muy popular en otros tiempos y difiere del método del maño en una sola cosa: se emplea para formar nuevos versos. Enrique hace canciones originales con versos prestados de otros versos prestados de otros… Y así se progresa en la historia del ‘hamparte’.

En su descargo decir que ya puestos a robar —aquí solo copiamos los mediocres— mejor recurrir a Nicanor Parra, Antonio Gamoneda o Pedro Casariego, por nombrar a algunas de sus influencias más literales y que, como hombre delgado que no flaqueará jamás, vaquero laminero, Morrison patrio y una larga ristra de adjetivos manidos, denota una amplia cultura lectora muy de agradecer que nos lleva a lanzar la gran pregunta: ¿qué es nuestro y qué es adquirido? También el amor es líquido.

Porque Dylan incluye versos de T. S. Elliot y pasajes de la Biblia en sus oraciones, Tarantino fagocita a Sergio Leone y homenajea al cine de kung-fu vistiendo a Uma Thurman de Bruce Lee y John Coltrane recitaba a Charly Parker para calentar las venas. Nadie les acusó de plagio. Será porque nuestro aragonés más universal, con permiso de Labordeta, ha tenido demasiados reparos en aceptar que no ha inventado nada nuevo haciendo canciones mayúsculas.

Ilustración: J.J. Adams

Poesía para desayunar

Poco a poco, Instagram comienza a abrirse a otras “manifestaciones” que van más allá de la foto retocada del personaje ficticio de turno, la misma que nos genera grima y furia a partes iguales por lo insoportablemente perfecta que parecen sus vidas, reducidas ahora a la pantalla de un móvil, quizás el único lugar donde fingir implica todavía ser relevante. Y después el olvido. Tenemos vídeos de músicos que muestran niveles desorbitados de talento a edades más proclives al acné o las primeras reglas, fotos de Picasso y Gerhard Richter manchándose la cara, extractos de entrevistas a Joan Didion, Noam Chomsky o Jeff Tweedy, por citar a algunos seres humanos cuya elocuencia se manifiesta más allá de sus respectivas actividades laborales… y también hay poesía.

La cuestión es que la poesía más accesible, aupada en el verso libre y muy del gusto de la población (no) lectora ebria de hormonas, ha encontrado su hueco, y eso, que en principio debería ser una buena noticia para el estado de la cultura y el alma, comienza a parecerse a un combate de UFC. A un lado del octógono, la vieja guardia, asentada sobre los hombros ecuménicos de Ezra Pound, Valente o Lorca —por ceñirme a nombres que generan consenso—; al otro, la ligereza millennial de Elvira Sastre, Marwan o Lae Sánchez —por citar el supuesto “mal” que nos acecha— cuyas cifras de ventas superan en su primera edición a toda la obra poética de la generación del 50 y la nueva camada (supuestamente culta). Sosiego, por favor.

Resulta que escribir poesía, o simplemente escribir, es un gesto sencillo cuando se aborda por primera vez. Después puede mutar en monstruo. Lo contrario sucede con la lectura, ya sea en Instagram, Planeta (tapa blanda) o sobre los pasos de cebra. Será el paso del tiempo el único juez capacitado para echar la vista atrás, espantar a los pececillos de plata y dirimir si los versos lúbricos de los stories equivalen a fisgar entre los recuerdos de juventud de nuestros futuros viejos, compuestos exclusivamente de fotos de desayunos ricos en antioxidantes perecederos.