Calamaro contra Queen

La verdad es que lo de Andrés Calamaro es un no parar. Ahora ha vuelto a salir al ruedo mediático por atreverse a afirmar que Queen, o los Queen, o como se diga, «son una banda “Top 10” para aquellos que no escucharon ni diez bandas» o «es grande, pero a su público no le gusta el rock… ni la música en general» y claro, los fanáticos de Freddy se encabronan ante el arrebato de un músico relevante en tierras latinas, pero inocuo en el mundo anglosajón y filomonárquico. La verdad es que el comentario tiene gracia… y no le falta razón. Me explico.

Si nos detenemos en la banda de marras, imbatibles en directo y con uno de los mejores cantantes con bigote de la historia, sus tres primeros discos despliegan ese deje de peligrosidad asociado a la música más dura, sin embargo a partir de “A night at the Opera” son una banda pop con ramalazos guitarreros y una necesitad evidente por adaptarse al signo de los tiempos. De hecho, sus discos suenan mejor ahora que en el año de su lanzamiento, un hecho insólito en la historia del vodevil.

Más allá de la valía artística de “Sin documentos” o “Bohemian Rhapsody” lo más relevante de esta enfervorizada polémica es comprobar que ciertas opiniones a la contra no tienen cabida, precisamente cuando, en lo que a cuestiones musicales se refiere, lo único que importa es la emoción: te toca, te deja frío o te da una arcada. Si pusiéramos en fila india a Bowie, The Clash, Led Zeppelin, The Beatles, Rolling Stones y un largo etcétera, quizás esta vez Calamaro no vaya tan desencaminado. Y el flaco clavó sus puñales en la espalda de la reina.

Ilustración: http://jorgealderete.com/

“Apagón sí, apagón no…”

El debate relativo al apagón cultural —amenizado por un vídeo indescriptible de Marta Sánchez— ha puesto de manifiesto una vez más la incapacidad de un sector (precario) para ponerse de acuerdo. Actores, músicos, mánagers, vendedores de humo, camareros,… todos ellos han elegido un bando, luz más luz o negro que te quiero negro, eliminando cualquier posibilidad de entendimiento. Mientras los cuchillos cortaban el aire en Twitter, Marta y sus “amigos” de cartón piedra dibujaban corazones con las manos.

Sorprende ser testigo de una guerra que ha sustituido el «qué podemos hacer por la cultura» por el «qué puede hacer el Ministerio de Cultura por nosotros», más teniendo en cuenta que las ayudas coyunturales se ofrecen en muchos casos para obtener rédito político —ahora moribundo— y nunca, repito, nunca solucionan el problema, debido a una anomalía inherente al propio oficio: ser músico, actor, escritor —que cada uno incluya el sustantivo correspondiente— no es un medio de vida, sino un modo de vivir. En palabras de Daniel Baremboim, «un acto de coraje».

“El apagón sí, apagón no” es por tanto una disputa baldía, precisamente porque se basa en las convicciones —infundadas o no— de cada individuo, un “yo y mis circunstancias” que destierra a la cuestión reina. Y es que la supervivencia del sector trasciende la opinión de cada uno y, sin embargo, parecemos abocados a cometer el mismo error que los políticos, criaturas que hacen de la concesión y la falta de compromiso su terreno de juego… precisamente aquello contra lo que se rebela el verdadero creador. Y así nos va.

Es otra cosa

No deja de ser curioso que ciertas películas generen reacciones y opiniones tan antagónicas que uno no sepa muy bien qué opinión labrarse, o incluso si merece la pena pagar una entrada antes de zambullirse en una experiencia quizás extática, quizás decepcionante… comentada hasta en la cola exprés del Carrefour.

La polémica está servida y cada cierto tiempo, siempre fiel a su cita del viernes, afilamos nuestros cuchillos, visamos al Movierecord, dilatamos las pupilas y presenciamos un hecho tan irrebatible como unánime: algunas interpretaciones perdurarán siempre en la memoria, incluso cuando la idea de cine nos traslade a un portátil sobre la cama y un murciélago a nuestros pies hecho un ovillo. Porque puedes considerar que “Joker“, “Pozos de ambición“, “Capote“, o “Antes que anochezca” son un puto coñazo o incluso que están sobrevaloradas y, sin embargo, no existe la más mínima duda en lo relativo a Joaquin Phoenix, Daniel Day-Lewis, Philip Seymour Hoffman o Javier Bardem, verdaderos superdotados de un juego en el que el hombre desaparece para regresar a la superficie transmutado en personaje de celuloide, con rasgos humanos ahora convertidos en máscaras de realidad ficticia, ahora tristes, después más tristes todavía.

Y es en este punto, bajo una lluvia de golpes entre el alma y la columna vertebral, cuando planteamos una cuestión igual de irrelevante que esta polémica: si la palabra con la que nos referimos a todos ellos —podríamos incluir a Meryl Streep, Bette Davis y Nuria Espert— es actor, ¿cuál es la que deberíamos emplear para el resto de mortales que forman parte de tan mágico oficio?

Tampoco es payaso; es otra cosa. Y por fin estamos todos de acuerdo en algo.