La gira imposible de Coque Malla (1)

Girar siempre ha sido la aspiración de cualquier músico. Cierras la puerta de casa y el tiempo adquiere una forma viscosa, de carretera encontrada, y te levantas en otra ciudad que nunca visitas y el público te concede su atención durante una hora que en realidad es mucho más porque termina convirtiéndose en recuerdo, a veces crónico, otras pasajero. Digamos que todas estas sensaciones permanecen intactas, pero la experiencia en 2020 es un compendio de eso sin llegar serlo… de ahí que la gira de este verano lleve el inevitable adjetivo de imposible. Porque lo es.

Y es que la imposibilidad también es inherente al músico, aunque Coque Malla no parece ser uno cualquiera. Así es como se lanza a presentar un repertorio en formato guitarra-David Lads-camisas de sastre y lo hace sabiendo que su banda y el significado de las canciones ha cambiado, al menos lo que dure este intervalo de máscaras azul piscina y gel hidroalcohólico, precisamente porque el mundo de ahora, que ni es nuevo ni es normal, necesita mucha música, pétalos, sonrisas, menos desastres y nada de humo durante la función.

No sabemos durante cuánto tiempo será posible seguir haciéndolo, si dentro de unas semanas volveremos a enfrentarnos a la realidad de una casa como búnker o si, en cambio, podremos disfrutar a medias de un verano que se parece cada día más a un simulacro de incendio. Así se nos escurre el presente, conduciendo a casa con la sensación de querer regresar al pasado, allí donde las canciones significaban lo que tú querías que significaran. Y Coque se pone contento pensando en el Naútico en septiembre. Y yo también.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

Los que no se manifiestan en un Mercedes

Estábamos a punto de conseguirlo. Por fin éramos capaces de devolver el préstamo, vivir en un tercero con luz por las mañanas, incluso podíamos viajar por todo el planeta y compartirlo con el mundo, como si de pronto vivir de acuerdo a nuestros principios no fuera aquel plan inalcanzable y sí una certidumbre pequeña, pero firme… hasta el 16 de marzo de 2020. Ese día, y por primera vez, fuimos conscientes de que el porvenir se fundía en negro ante la primera generación que vive peor que sus padres.

Estamos hartos de luchar, de comenzar de nuevo, de mudarnos a un piso de estudiantes en el que no nos cabe el ficus, de reinventarnos una, otra, una vez más. Porque las fuerzas menguan y además, ahora que padecemos la violencia de un sistema que funciona para la minoría, tenemos que aguantar a Nadal y los nostálgicos del Mercedes descapotable reclamando una vieja normalidad que es un cadáver entre estadísticas a la baja.

A pesar de todo y como siempre fue y será, levantaremos la mirada y echaremos a andar manteniendo las distancias, lejos de Nuñez de Balboa y el desequilibrio camuflado en odas a la libertad libre; reclamaremos otra manera de crecer en la que reponedores y máquinas expendedoras son compañeros de fatigas; alternando ‘telesalud’ y médicos a domicilio, campos verdes y pantallas de móvil, lo público y lo táctil, la bici y la electricidad de Tesla. A veces retroceder también es un gran paso, a veces ser rebelde tiene causa… y además se hace presente cada día.

Ilustración: elisacanali.com