Escribe tus emociones diarias

Durante estos días y mientras se produce el regreso a la ‘vieja anormalidad’ es muy recomendable escribir en una hoja todas las emociones por las que transitamos desde que nos levantamos sin alarma hasta que soñamos raro. Entre medias, el mismo pijama y la cólera, dos gramos de desesperación, la euforia de saber que mamá sigue bien, el asco al cubo, la incertidumbre y el miedo, un vaso de lágrimas y la apatía convertida en risa floja. Un total de 250 sentimientos en 17 horas.

Paradójicamente, ahora que el tiempo fluye más deprisa que nunca, lo más interesante —además de comprobar que escribimos como el culo— es integrar a los demás en nuestras emociones, darle cuerda a un motor que se ha parado por culpa de la confrontación extrema, esa nueva forma de violencia que prescinde de nudillos y navajas, pero igualmente corrosiva y letal. Porque como estamos distanciados socialmente la agresión se articula con mentiras. insultos, posts e intervenciones en Zoom. Cada día.

Es muy sorprendente comparar esas listas y cerciorarse de que, más allá de ideologías y saltos generacionales, todas incluyen las mismas palabras, dejando al descubierto la única evidencia en tiempos de hambre: nos unen las mismas necesidades instrumentalizadas de formas diversas. De pronto, el eterno “es que la gente es gilipollas” deja paso al “bueno, vamos a preguntarles por qué”. Y la cooperación es movimiento social sin nadie al mando.

La indiferencia

De todos los males que acechan nuestra civilización, con sus escenas diarias protagonizadas por la que es —supuestamente— la generación más preparada de la historia, hay una que brilla por encima de todas las demás con una luz trémula propia, grisácea, casi mate, tanto que ni siquiera somos conscientes de que ilumine nuestras propias sombras, precisamente porque no nos importa. Señores y señoras, con todos ustedes: la indiferencia.

Y da igual si los niños de San Pedro del Pinatar dibujan con sus menudos cuerpos un SOS para salvar el Mar Menor, o si con cada segundo de más nos acercamos a un Apocalipsis planetario sin obsolescencia programada aquí, un poco más allá y en la Australia ardiente, o si una inmensa minoría de miembros de la SGAE y las televisiones locales se llenan los bolsillos mientras el resto de músicos apenas saca sesenta euros por concierto —en el mejor de los casos—. Y si ayer murió Jose Luis Cuerda y solo se lamentan los que se cagan en el misterio, ¿quién guardará en la memoria el 24 de Kobe si a nadie parece molestarle que la peña lleve camisetas de grupos que no escucha?

La indiferencia, una forma fieramente humana de crimen psicológico, representa el naufragio invisible, precisamente porque en ese juego de contrarios en el que nos debatimos, con tan ilustres aspirantes como el amor y el odio, la belleza y las uñas de Rosalía, Madrid y Barcelona, la fe y el porno, la vida y la muerte, es la reina indiscutible en contra de toda acción. Bajo su mandato algunos resultarán heridos, otros celebrarán la victoria con champagne, caerán más torres, saldrá el sol y con un poco de suerte el virus será frenado… todo ante nuestra más absoluta indiferencia.