Mi primer día de gimnasio sin mascarillas

Todo a buelto y sigue igual de raro, aunque lo recibamos con un entusiasmo de superación, virgen. Entre las novedades, el gimnasio sin mascarillas ni perímetro en las elípticas. Otro mundo de interiores, el mismo que se va ajustando con cada pedaleo y cada gota de sudor. En ese tránsito —dos años de parón activo— algo falla, como si la mitad de la cara, antes a medio tapar, se hubiese quedado atrás y el cuerpo siguiera a lo suyo, brazos para ellos, culo para ellas, físico contra el deterioro de la mente para todos. Se salvan los monitores, todavía enganchados a una mascarilla-lapa. El resto ha alcanzado la completud facial y, sin embargo, les queda una mancuerna para el kilo. Otra serie, mismos batidos asquerosos.

La mayoría pasa por alto este detalle y prefiere entrar corriendo por la puerta grande. Por fin les reconocen en la entrada. Muy bien. Es más, alguno lo celebra y se desenamora de la chica de las mallas y las pajas, antes una diosa de carne y piedra… hasta que llegó el presente. Resulta que la belleza se concentraba en unos pocos centímetros. Otros, igual de cortos, son felices y respiran fuerte en una cara más pequeña de lo normal y a la que le falta trabajo. A las 17:05 comienza la clase de zumba. Ni rastro de la rehabilitación facial y las neuronas.

Tampoco faltan los que se atragantan con el agua, los que se suenan los mocos y esas chicas que hacen un FaceTime sin caer en la cuenta de su error. ¡No, por favor! ¿Y qué decir de la hostilidad que reciben los que siguen llevando mascarilla? El asco era eso. Tan sólo los mayores pueden darse el lujo y ducharse con un neopreno de barbilla. Será porque la edad provecta trasmite más ganas de vivir a pesar de la falta de humedad. Ahora que la filosofía desaparece de las aulas podemos retomarla en el gimnasio. Así, la cara a pelo aporta intimidad, delata, prescinde de diálogos, acapara chismes y «se convierte en un pez que trepa por error al nido de un pájaro». Raro.

Ilustración: Guy Billout

De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa

Si te caes no te levantes

Si te caes no te levantes. Quédate a ras de hierba y su cemento. ¿Por qué ese empeño en la reconstrucción inmediata? Cada mañana, la aurora pone en pie las ruinas de la noche. Tú no. Tú quédate donde estás, entre las sábanas con olor a epidermis, en el ángulo muerto del latido, bajo los cristales de la carne. Y escucha, sí, tú. Pero no a mí, sino al dios de las pequeñas cosas susurrando a los agazapados. Entonces el pulmón se hincha, las burbujas ascienden hacia la superficie, la luz se precipita al fondo abisal… todo un logro de la apnea sin piscinas. Sí, reconócete; aún respiras, aunque sea de espaldas.

Estar mal es un derecho y el héroe sólo es héroe cuando lo pierde todo; todo menos la vida, claro. A vista de hormiga el dolor se hace más pequeño, quizás porque sanar deprisa cura poco, incluso resta. Luego, en el afán de los días quietos, recurrir a alguien en nada se parece a la derrota. Nos tienden la mano, percibimos el tacto de una palma tibia y vamos incorporándonos. Así, despacio, vas muy bien. La otra opción, hacerlo en solitario, también vale pues no hay nada escrito en esto de ir mejor. En ambos casos la fuerza de la gravedad se hace patente en el ascenso, más que en la caída. Paciencia y tiempo contra fuerza y pasión. Y te levantas.

Ilustración: Belhoula Amir

Presbicia

De entre todos los males relativos a hacerse mayor hay uno que sucede rapidísimo y además no avisa. Quizás Darwin propuso ciertas pistas (que ignoramos): hacer ruido al agacharse, acostarse siempre de noche, resacas que inutilizan para todo menos para morirse estando aún vivos, echar la mañana cocinando y buscar «planes alternativos». Y de pronto, una tarde de sol te enfrentas al drama existencial: ayer veías. Punto. Es algo que va más allá de la metáfora. Quieres leer un mensaje y ahora todo se borra en tu mente y la pantalla. Fuerzas, incluso frunces el ceño al considerarlo un problema pasajero, ¡pasará seguro! Y no, está aquí para quedarse, se llama presbicia e implica que todos los universitarios de tu barrio te parecen niños.

Cumplir décadas implica un endurecimiento y una pérdida de elasticidad del cristalino que imposibilita enfocar imágenes cercanas. Las que están más alejadas (los jóvenes) se libran del hachazo porque ya se sabe que el futuro y la vejez se llevan mal, de ahí que el presente sea un borrón. ¿Cómo reaccionamos todos? En lugar de pasar por el oftalmólogo nos comportamos como adolescentes airados de experiencia demostrable, buscamos subterfugios en letras tamaño 18 y teléfonos que no caben en el bolsillo. Lo contrario implica ser un viejo, es decir, usted.

Resulta conveniente evitar la gafas de farmacia (opción patrocinada por este artículo) y andar por el mundo extendiendo el brazo a tope cada vez que suena el móvil. La ceguera viene de la mano del misterio, un nuevo mundo interior más solitario, la antesala de lo que nos espera (en el mejor de los casos) cuando seamos mayores de lo que ya somos, ancianos, momias, muebles. Cierto, nacemos ciegos y al vivir con miedo la invidencia aumenta, sin embargo hay algo peor que la presbicia: ver algo que no es. Y no lo veo.

Ilustración: Michiel Schrijver

Simone dice: «si no puedes más… para»

Así somos. Parece que tenga que retirarse Simone Biles de unos Juegos Olímpicos para que el resto de mortales priorice la salud mental, hasta hace poco ‘cosas de gente sensible’. Y es que en el gueto de la gimnasia, deporte demoledor para el cuerpo y la escala de daño, la desconexión entre cuerpo y mente —algo que sucede tras miles de piruetas— ha permanecido acurrucada. También el bloqueo, la ‘carcasa’ o la ansiedad de aquellas que aspiran a la perfección. Si a eso le añadimos una búsqueda constante y desesperada de historias de superación y modelos de conducta, el resultado es la mejor gimnasta de todos los tiempos echándose a un lado. El éxito viene siempre detrás de la vida. Repetimos; siempre.

Observando sus acrobacias en contra de la gravedad nos olvidamos de lo más importante. En los entrenamientos prima el error; por cada doble-triple clavado hay veinte fuera de pista; para noventa segundos de ejercicio se emplean niñez, adolescencia y restos de vida adulta, tiempo en el que, paradójicamente, sólo las más fuertes de cabeza aspiran a las medallas. Simone es culpable de una cosa: hacer fácil lo imposible, y eso tiene graves consecuencias para la ficción en la que parecemos habitar.

A pesar de las presiones, Simone dice: «si no puedes más… para, cuídate». El mensaje va a la contra de lo viejo conocido. ¿Dónde queda el espíritu de competición? ¿Y el récord y la historia? ¿Qué sucede con las esperanzas depositadas en ella? Sencillamente que esa mierda se acabó. A partir de ahora, los aspirantes al podio deberán tener en cuenta que el deportista de élite entra en la pista cuando se siente bien por dentro y por fuera, de lo contrario, saldrá en una camilla. Y de pronto, el mundo es un lugar menos extraño.

Ilustración: www.erickrasco.photoshelter.com

Adiós a las mascarillas

Queda claro que el mundo ha intentado doblegarnos. Así, después de un año y medio conviviendo con el miedo, el olor de encías y el suspense, se acerca el momento de decir adiós a las mascarillas como el que se despide de un enemigo. Y hay jarana, una alegría incontenible porque por fin los feos podrán seguir siéndolo y los guapos más guapos serán. Pero cuidado, sólo en exteriores, lo que significa que a partir de ahora todos aquellos que trabajen en el Zara, bares sin terraza y carnicerías se enfrentarán a una clase de amenaza instaurada desde mucho antes del virus: los que no se enteran de nada.

Y comenzarán las excusas: me la ha dejado en el coche; si es sólo un momento y además estoy vacunado, payaso; no respiro y me vendes un paquete de Marlboro… Pero también las quejas desde dentro: ¿por qué esperar al 26? ¡Esto es injusto! ¿Por qué yo no y los demás sí? Y entre medias muchos pondrán de moda ponerse la mano en la boca a modo de y el del estanco mirará con envidia a los viandantes que espiran el humo frente al escaparate. Y luego nos preguntamos que por qué hay que explicar las campanadas cada año.

Está por ver qué será de aquellos que la llevaron puesta en la barbilla o a modo de gorra para los días soleados. Quizás ellos sepan algo que el resto ignora, clase de elegidos que lo hacen todo a medias, es decir, mal. La única certeza es que las mascarillas cumplieron su función, nos irritaron la piel de detrás de las orejas, cubrieron los océanos con su manto de plástico, salvaron millones de vidas. Ahora, ¿quién nos salvará de nosotros?

Ilustración: Steffen Kraft aka Iconeo

Arreglarse para quedarnos en casa

Cada viernes la escena se repite en cada barrio, en cada espejo de cada casa, aquí, en París o a las afueras de un lugar llamado Tierra. Y el sol se esconde a pesar de nuestra negativa a que lo haga, y las farolas iluminan la calle vaciada y el silencio se transforma en código morse. Es en ese momento, ni antes ni después, cuando uno se hace el loco y abre el armario, elige la mejor combinación posible, el azul con un toque de blanco, quizás un traje sin corbata o aquel vestido que teníamos reservado para una ocasión estelar, brillante como la promesa de una noche. Pasamos la cuchilla bajo el agua caliente, gel en cada recoveco, labios carmín, algo de rímel, rociamos perfume en la intersección del cuello y las muñecas y nos sentimos bien. Hoy es viernes, el mejor día para arreglarse y quedarnos en casa.

Con esta liturgia —impensable hace apenas un año— no pretendemos ignorar lo que sucede ahí fuera. Bueno, quizás un poco, pero se trata más bien de prestar atención a nuestro núcleo íntimo, sentir que estamos aquí y ahora sin estar en otro lado, jugar a ser terratenientes de una vida en pausa en la que todavía es posible vibrar sin hacer daño a los demás. Porque aspirar a impresionarse a uno mismo debería ser el mantra de este tiempo alambrado, lejos de miradas y gimnasios, de códigos y etiquetas. Cada uno la suya y todos en el sofá viendo alguna de los hermanos Cohen.

Algunos pensarán que se trata de un acto de inmadurez, pura frivolidad en el fragor del hospital. Nada más lejos, precisamente porque vernos guapos entre tanta muerte y cerrojo nos hace valorar en su justa medida el hecho de seguir respirando. Y así un reflejo se convierte en el mayor acto de resistencia frente al desastre de desaparecer ante nuestros propios ojos.

Ilustración: http://www.rikiblanco.net/portfolio/

El efecto boina de España

Vaya por delante que la boina es un invento magnífico. Calienta en invierno y en agosto nos libra del Aftersun®, e incluso mantiene a raya a las hordas de moscas cojoneras. Sin embargo, por una de esas razones que nunca llegaremos a comprender, está asociada indefectiblemente a las pedanías y el olor a purín, como si los habitantes de la gran ciudad no se comportaran cada día al más puro estilo Atapuerca; eso sí, vestidos del Bershka y esgrimiendo cierta superioridad moral. Señalado el problema, quería poner de manifiesto que ayer por la noche, a pocas horas de decretarse el cierre a regañadientes de Madrid, miles de urbanitas aprovecharon para ir a los bares, hacer una escapadita de fin de semana, la última del verano, exprimir los minutos antes de las 22:00 sin caer en la cuenta de la muerte, firmemente instalada en la capital por esa mezcla de incompetencia y el «efecto boina».

Porque este efecto, derivado del doblaje de películas extranjeras, los cubatas aderezados con el típico «tú me dices hasta dónde, majo», la alta consideración de la picaresca en la sociedad patria y la necesidad — siempre vinculada al arte de la envidia— de censurar lo distinto y dinamitar la creación de comunidades dentro de regiones dentro de países, nos lleva a imitar el comportamiento de nuestros gobernantes, esos a los que se tilda de mediocres, o malos malísimos.

Y claro que estamos hasta el coño, aturdidos, desbordados por un tiempo a la deriva, pero «más llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga» que dijo Homero, oriundo de Grecia y conocedor de una manera de ser que hoy es portada en los periódicos de todo el mundo. Quizás el experimento no fuera este virus, sino esta España con una bestia en su interior.

Ilustración: https://www.dutchuncle.co.uk/noma-bar

¿Te lavas bien las manos?

Ahora que se ha desencadenado la alerta mundial por culpa de una criatura tan invisible como el miedo es el momento de repasar —con la ayuda de la tecnología más puntera— uno de los gestos menos valorados en nuestro día a día, caballo de batalla de madres, carteros y cirujanos, y que comienza con una sencilla pregunta lanzada al aire: ¿te lavas bien las manos? Es muy probable que creas que sí, pero a continuación te dejamos un método infalible para evitar cualquier contagio… sin tener que cortártelas.

  1. Aplica el gel Glo Germ, sensible a la luz ultravioleta y disponible en farmacias. Cuanto más blancas estén tus manos, más sucias. Cuanto más negras, mejor.
  2. Utiliza jabón, agua tibia y un lavabo (limpio). Tiempo invertido de media: 6 segundos.
  3. Comprueba que tus manos siguen más o menos igual de infectadas. Eso sí, las cutículas brillan.
  4. Los médicos recomiendan una segunda pasada o el equivalente a 15 segundos bajo el grifo, tiempo invertido en cantar «Cumpleaños feliz». Solamente el 5% de la población se decanta por esa melodía. Será porque la muerte acecha.
  5. 30 segundos es el tiempo estipulado por los expertos para que tus manos queden más negras que el corazón de Álvarez de Toledo bajo la luz ultravioleta, exactamente cuatro «Cumpleaños feliz»

Por último y fuera de competición, surge la polémica de utilizar toalla, papel o secador. Y es que el 85% de los microbios se contagian con las manos húmedas. Libertad total. En cuanto a lo de no tocar el picaporte al salir nadie se pronunció al respecto, sin embargo, lo mejor para conservar la salud es comer lo que no quieres, utilizar cuchillo y tenedor y cruzar los dedos. De nada.

¡Soy el coronavirus y voy como loco!

¡Buah! Menuda movida, chavales. Voy como un avión (low cost) para los que tienen las defensas bajas. Será porque nací hace un mes en Wuhan y ya se sabe que los productos chinos se venden rápido, duran menos y luego nadie se acuerda de ellos. Lo justo para salir en el programa de Ferreras… ¡y a por la próxima emergencia mundial! Mientras tanto aprovecho el impulso y, como me encanta viajar por el aire y los rayos catódicos, intercambio los pulmones del doctor Li Wenlian por el calorcito canario —que ahora están de carnavales—, me cargo a 2.663 personas mayores por el camino y justo cuando pillo ritmo me dejan sin ver la plaza Duomo de Milán. ¡Italianos con mascarillas! ¿Qué coño está pasando?

El caso es que también me jodieron el plan de Barcelona. Ah, que no lo he dicho: odio la tecnología, invierto en termómetros, me meo en el SIDA, infecto mucho más de lo que mato, compro acciones del virus del Ébola y la gripe —¡pringaos!—, atraco farmacias y doy más miedo que Almeida jugando al fútbol.

Si es que tenían que venir los comunistas e inventarme. Estamos el señor Gulag y yo. La diferencia está en la reputación y el nombre, y eso es algo que no le perdonaré jamás a la OMS. Coronavirus… ¿no podían haberle echado imaginación y elegir algo con más drama y capacidad de propagación?, no sé, tipo JiménezLosantosvirus o Mel Gibson, más que nada porque si soy el único de la familia —somos treinta y nueve— que se ha hecho viral en Twitter me merezco un título honorífico que arrase a la monarquía, en plena decadencia desde la dimisión de Harry y Meghan. Como dijo Fredy Mercury, «al final va a resultar que la peor enfermedad es el aburrimiento». ¡Os espero en la Plaça de Catalunya, corazones!