Simone dice: «si no puedes más… para»

Así somos. Parece que tenga que retirarse Simone Biles de unos Juegos Olímpicos para que el resto de mortales priorice la salud mental, hasta hace poco ‘cosas de gente sensible’. Y es que en el gueto de la gimnasia, deporte demoledor para el cuerpo y la escala de daño, la desconexión entre cuerpo y mente —algo que sucede tras miles de piruetas— ha permanecido acurrucada. También el bloqueo, la ‘carcasa’ o la ansiedad de aquellas que aspiran a la perfección. Si a eso le añadimos una búsqueda constante y desesperada de historias de superación y modelos de conducta, el resultado es la mejor gimnasta de todos los tiempos echándose a un lado. El éxito viene siempre detrás de la vida. Repetimos; siempre.

Observando sus acrobacias en contra de la gravedad nos olvidamos de lo más importante. En los entrenamientos prima el error; por cada doble-triple clavado hay veinte fuera de pista; para noventa segundos de ejercicio se emplean niñez, adolescencia y restos de vida adulta, tiempo en el que, paradójicamente, sólo las más fuertes de cabeza aspiran a las medallas. Simone es culpable de una cosa: hacer fácil lo imposible, y eso tiene graves consecuencias para la ficción en la que parecemos habitar.

A pesar de las presiones, Simone dice: «si no puedes más… para, cuídate». El mensaje va a la contra de lo viejo conocido. ¿Dónde queda el espíritu de competición? ¿Y el récord y la historia? ¿Qué sucede con las esperanzas depositadas en ella? Sencillamente que esa mierda se acabó. A partir de ahora, los aspirantes al podio deberán tener en cuenta que el deportista de élite entra en la pista cuando se siente bien por dentro y por fuera, de lo contrario, saldrá en una camilla. Y de pronto, el mundo es un lugar menos extraño.

Ilustración: www.erickrasco.photoshelter.com

Adiós a las mascarillas

Queda claro que el mundo ha intentado doblegarnos. Así, después de un año y medio conviviendo con el miedo, el olor de encías y el suspense, se acerca el momento de decir adiós a las mascarillas como el que se despide de un enemigo. Y hay jarana, una alegría incontenible porque por fin los feos podrán seguir siéndolo y los guapos más guapos serán. Pero cuidado, sólo en exteriores, lo que significa que a partir de ahora todos aquellos que trabajen en el Zara, bares sin terraza y carnicerías se enfrentarán a una clase de amenaza instaurada desde mucho antes del virus: los que no se enteran de nada.

Y comenzarán las excusas: me la ha dejado en el coche; si es sólo un momento y además estoy vacunado, payaso; no respiro y me vendes un paquete de Marlboro… Pero también las quejas desde dentro: ¿por qué esperar al 26? ¡Esto es injusto! ¿Por qué yo no y los demás sí? Y entre medias muchos pondrán de moda ponerse la mano en la boca a modo de y el del estanco mirará con envidia a los viandantes que espiran el humo frente al escaparate. Y luego nos preguntamos que por qué hay que explicar las campanadas cada año.

Está por ver qué será de aquellos que la llevaron puesta en la barbilla o a modo de gorra para los días soleados. Quizás ellos sepan algo que el resto ignora, clase de elegidos que lo hacen todo a medias, es decir, mal. La única certeza es que las mascarillas cumplieron su función, nos irritaron la piel de detrás de las orejas, cubrieron los océanos con su manto de plástico, salvaron millones de vidas. Ahora, ¿quién nos salvará de nosotros?

Ilustración: Steffen Kraft aka Iconeo

Arreglarse para quedarnos en casa

Cada viernes la escena se repite en cada barrio, en cada espejo de cada casa, aquí, en París o a las afueras de un lugar llamado Tierra. Y el sol se esconde a pesar de nuestra negativa a que lo haga, y las farolas iluminan la calle vaciada y el silencio se transforma en código morse. Es en ese momento, ni antes ni después, cuando uno se hace el loco y abre el armario, elige la mejor combinación posible, el azul con un toque de blanco, quizás un traje sin corbata o aquel vestido que teníamos reservado para una ocasión estelar, brillante como la promesa de una noche. Pasamos la cuchilla bajo el agua caliente, gel en cada recoveco, labios carmín, algo de rímel, rociamos perfume en la intersección del cuello y las muñecas y nos sentimos bien. Hoy es viernes, el mejor día para arreglarse y quedarnos en casa.

Con esta liturgia —impensable hace apenas un año— no pretendemos ignorar lo que sucede ahí fuera. Bueno, quizás un poco, pero se trata más bien de prestar atención a nuestro núcleo íntimo, sentir que estamos aquí y ahora sin estar en otro lado, jugar a ser terratenientes de una vida en pausa en la que todavía es posible vibrar sin hacer daño a los demás. Porque aspirar a impresionarse a uno mismo debería ser el mantra de este tiempo alambrado, lejos de miradas y gimnasios, de códigos y etiquetas. Cada uno la suya y todos en el sofá viendo alguna de los hermanos Cohen.

Algunos pensarán que se trata de un acto de inmadurez, pura frivolidad en el fragor del hospital. Nada más lejos, precisamente porque vernos guapos entre tanta muerte y cerrojo nos hace valorar en su justa medida el hecho de seguir respirando. Y así un reflejo se convierte en el mayor acto de resistencia frente al desastre de desaparecer ante nuestros propios ojos.

Ilustración: http://www.rikiblanco.net/portfolio/

El efecto boina de España

Vaya por delante que la boina es un invento magnífico. Calienta en invierno y en agosto nos libra del Aftersun®, e incluso mantiene a raya a las hordas de moscas cojoneras. Sin embargo, por una de esas razones que nunca llegaremos a comprender, está asociada indefectiblemente a las pedanías y el olor a purín, como si los habitantes de la gran ciudad no se comportaran cada día al más puro estilo Atapuerca; eso sí, vestidos del Bershka y esgrimiendo cierta superioridad moral. Señalado el problema, quería poner de manifiesto que ayer por la noche, a pocas horas de decretarse el cierre a regañadientes de Madrid, miles de urbanitas aprovecharon para ir a los bares, hacer una escapadita de fin de semana, la última del verano, exprimir los minutos antes de las 22:00 sin caer en la cuenta de la muerte, firmemente instalada en la capital por esa mezcla de incompetencia y el «efecto boina».

Porque este efecto, derivado del doblaje de películas extranjeras, los cubatas aderezados con el típico «tú me dices hasta dónde, majo», la alta consideración de la picaresca en la sociedad patria y la necesidad — siempre vinculada al arte de la envidia— de censurar lo distinto y dinamitar la creación de comunidades dentro de regiones dentro de países, nos lleva a imitar el comportamiento de nuestros gobernantes, esos a los que se tilda de mediocres, o malos malísimos.

Y claro que estamos hasta el coño, aturdidos, desbordados por un tiempo a la deriva, pero «más llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga» que dijo Homero, oriundo de Grecia y conocedor de una manera de ser que hoy es portada en los periódicos de todo el mundo. Quizás el experimento no fuera este virus, sino esta España con una bestia en su interior.

Ilustración: https://www.dutchuncle.co.uk/noma-bar

¿Te lavas bien las manos?

Ahora que se ha desencadenado la alerta mundial por culpa de una criatura tan invisible como el miedo es el momento de repasar —con la ayuda de la tecnología más puntera— uno de los gestos menos valorados en nuestro día a día, caballo de batalla de madres, carteros y cirujanos, y que comienza con una sencilla pregunta lanzada al aire: ¿te lavas bien las manos? Es muy probable que creas que sí, pero a continuación te dejamos un método infalible para evitar cualquier contagio… sin tener que cortártelas.

  1. Aplica el gel Glo Germ, sensible a la luz ultravioleta y disponible en farmacias. Cuanto más blancas estén tus manos, más sucias. Cuanto más negras, mejor.
  2. Utiliza jabón, agua tibia y un lavabo (limpio). Tiempo invertido de media: 6 segundos.
  3. Comprueba que tus manos siguen más o menos igual de infectadas. Eso sí, las cutículas brillan.
  4. Los médicos recomiendan una segunda pasada o el equivalente a 15 segundos bajo el grifo, tiempo invertido en cantar “Cumpleaños feliz”. Solamente el 5% de la población se decanta por esa melodía. Será porque la muerte acecha.
  5. 30 segundos es el tiempo estipulado por los expertos para que tus manos queden más negras que el corazón de Álvarez de Toledo bajo la luz ultravioleta, exactamente cuatro “Cumpleaños feliz”

Por último y fuera de competición, surge la polémica de utilizar toalla, papel o secador. Y es que el 85% de los microbios se contagian con las manos húmedas. Libertad total. En cuanto a lo de no tocar el picaporte al salir nadie se pronunció al respecto, sin embargo, lo mejor para conservar la salud es comer lo que no quieres, utilizar cuchillo y tenedor y cruzar los dedos. De nada.

¡Soy el coronavirus y voy como loco!

¡Buah! Menuda movida, chavales. Voy como un avión (low cost) para los que tienen las defensas bajas. Será porque nací hace un mes en Wuhan y ya se sabe que los productos chinos se venden rápido, duran menos y luego nadie se acuerda de ellos. Lo justo para salir en el programa de Ferreras… ¡y a por la próxima emergencia mundial! Mientras tanto aprovecho el impulso y, como me encanta viajar por el aire y los rayos catódicos, intercambio los pulmones del doctor Li Wenlian por el calorcito canario —que ahora están de carnavales—, me cargo a 2.663 personas mayores por el camino y justo cuando pillo ritmo me dejan sin ver la plaza Duomo de Milán. ¡Italianos con mascarillas! ¿Qué coño está pasando?

El caso es que también me jodieron el plan de Barcelona. Ah, que no lo he dicho: odio la tecnología, invierto en termómetros, me meo en el SIDA, infecto mucho más de lo que mato, compro acciones del virus del Ébola y la gripe —¡pringaos!—, atraco farmacias y doy más miedo que Almeida jugando al fútbol.

Si es que tenían que venir los comunistas e inventarme. Estamos el señor Gulag y yo. La diferencia está en la reputación y el nombre, y eso es algo que no le perdonaré jamás a la OMS. Coronavirus… ¿no podían haberle echado imaginación y elegir algo con más drama y capacidad de propagación?, no sé, tipo JiménezLosantosvirus o Mel Gibson, más que nada porque si soy el único de la familia —somos treinta y nueve— que se ha hecho viral en Twitter me merezco un título honorífico que arrase a la monarquía, en plena decadencia desde la dimisión de Harry y Meghan. Como dijo Fredy Mercury, «al final va a resultar que la peor enfermedad es el aburrimiento». ¡Os espero en la Plaça de Catalunya, corazones!