Tomar el sol en el ano no es bueno

De todos es conocido —y si no ya es de dominio público— que tengo una fijación extrasensorial por el ano y sus derivas. Lo considero un órgano básico a la altura del pelo y la amistad, un elemento relegado a espacios que no le corresponden, entre el calzoncillo de oferta del Springfield y el pudor a asumir que está más cerca del corazón de lo que en principio podríamos creer. Así es como, gracias al tiempo extra cortesía de Bill Gates, esta mañana he decidido incorporar a mis baños de sol una nueva práctica: el saludo al astro con el culo en pompa.

Tengo que reconocer que la experiencia ha sido muy decepcionante. Dolor lumbar al situar mis piernas en uve minúscula y mi barbilla sobre un esternón convertido en cilicio, movimiento errático del helicóptero de la Guardia Civil y la sensación de que la luz no puede penetrar allá donde la penumbra palidece. No sé, según Ra of Earth, gurú de las terapias absurdas, la luz solar posee excelentes cualidades germicidas… y yo soy un aventurero.

Por lo demás nada de lo que preocuparse. He tomado precauciones para evitar convertir el perineo en un asado argentino y con practicarlo una vez me da para toda la vida. Eso sí, quería aprovechar estos momentos de confusión generalizada para recomendar a los usuarios de vitamina D que lo hagan tumbados sobre la hierba, montando en BiciMAD o simplemente siendo responsables diez minutos en un mundo que cada día se parece más a un agujero negro. Feliz día mundial de la lucha contra la desertificación y la sequía anal.

Ilustración: https://www.kineandersen.com/

Zahara y la inexplicable pasividad de los que toman el sol

Se acerca el verano y con él decenas de tiras de bacon en bañador alrededor de piscinas azul esmeralda a estrenar. Yo las miro desde el ventanal, encaramado a la bicicleta estática con la cantante Zahara sudando mucho a mi vera… y me dejo llevar. Agarro el manillar como si se tratara de una cabra montesa embistiendo y viajo, un poco más lejos, cerca del mar, y juego a las palas bajo los rayos del objeto oscuro del deseo de la luna, saboreo la parte más amarga de una Estrella helada o paso las páginas de un libro cubierto de aventuras y granos de arena brillantes, casi invisibles.

Los que toman el sol, cuerpos inertes con las piernas ligeramente separadas y la cabeza sobre el césped, se empeñan activamente en permanecer quietos, a merced de alguna racha de viento y el chapoteo de unos niños con manguitos.

Voy a beber agua. Cuando regreso siguen ahí, con la misma expresión moribunda y la melatonina burbujeando bajo una epidermis con el aspecto de un filete muy hecho.

Lo paradójico de todo esto es que no es nada fácil soportar el azote de esa estrella ardiente durante tantas horas. Es más, solo los más fuertes pueden encontrar placer en una actividad semejante a un Iron Man del parasitismo y la inacción, una especie de meditación al desnudo donde sus pensamientos se concentran en pares de párpados cerrados en cuerpos brillantes.

¿Por qué? ¿Qué tipo de satisfacción obtienen más allá de parecerse a la mujer de Jesús Gil en un cuarto oscuro?

Miro a la cantante de nuevo, tan nívea, tan virginal, tan santa y me alegro de que los pálidos estén tan bien representados, no por su color de piel, sino porque ella flota más allá de un sol que no quema, en un mundo al rojo vivo en otro espacio.

La vi en la tierra. Se llamaba Zahara.