Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas

Los miro con veneración. Están en los festivales y las romerías, en la primera fila de cualquier concierto. La mirada un poco ida y pegada a un punto, por allá, la cabeza fija en lo que sucede frente a ellos, la boca en movimiento, un poco a medias, abierta con retales de palabras. Cantan sin saber. Vociferan con entusiasmo gestual, como si la falta de precisión se resolviera con volumen o una mueca. Atacan tanto la estrofa como el estribillo. Dicen «Aiguur sai ah tu you» y se sienten menos solos, es más, creen en la cosa colectiva mientras inventan palabras con un milisegundo de retraso. Gente que canta las letras de las canciones sin sabérselas…

La cosa tiene un sesgo filosófico. Estos entusiastas —solo se crea por amor al arte— encarnan una verdad profunda: nadie entiende del todo lo que dice, incluso aquello que fue escrito en su lengua materna. Así van y vamos repitiendo frases a medias, letras prestadas, versos confusos que hacemos un poco nuestros. Vivimos tarareando y por detrás del tiempo, en camisas con estampados o en trajes de noche. Decimos «te quiero» como quien grita «take me down to the paradise city», ¿ y dónde está el amor o el paraíso? Pero lo decimos igual, porque así formamos parte de algo más grande rodeados de multitudes entre las que sentirnos menos solos.

Vuelvo a sus bocas. En el fondo, creo que lanzan mensajes en braile sobre el aire, que necesitan ayuda o que no necesitan aprenderse algo de memoria, solamente intuir los versos de la canción más bonita del mundo: la suya. Nos construimos con fallos, por eso cantan las letras de las canciones sin sabérselas, aúllan sin ruido lejos de la sonrisa que me sacan. El enigma nunca será resuelto; la gracia consiste en ir dándonos cuenta de todos los errores que comentemos al intentar resolverlo. Por eso existe esa gente, para mantener viva la música, para mantenernos vivos.

Ilustración: Simon Bailly

Mucha gente, pocas personas

Hay mucha gente sola. Quizás por esa razón aprovecha la luz para juntarse, para no escuchar el ruido en su cabeza, para sentirse un poco menos sola. Gente que se reafirma en seguir estando sola al rodearse de más gente. Ahí, siendo enjambre, desea con más fuerza regresar a casa y contar que, entre otros miles, había muy pocas personas. Hay gente sola blanca, gente negra, gente pobre y rica aislada para sentirse menos sola. No tengo claro quién es más esclavo, si el que acude a una calle abarrotada o el que necesita huir de la masa para criticarla. En una cosa coincidimos: el infierno son los otros.

Miro a las gentes solas en familia. Tiran del carrito del niño y arrastran el peso de los que no tuvieron casi nada. Debe consolar formar parte de una inmensa mayoría, de gente que compra cosas feas y pide un chocolate para calentarse las manos y el pecho. Hay mucho miedo a ser como los demás. por eso, al evitar serlo, volvemos al origen de esta soledad congénita, un invento que duele y sirve para crear belleza. Al nacer estábamos acompañados por madre. Luego crecimos y la sensación de ir alejándose creció aún más. Padre murió acompañado de madre sentada en una silla. No querer sentirse solo es estar solo. Le preguntaré a la muerte. Debe de estar sola; siempre vuelve.

En todas las manadas hay un perro al que la loba mata. Lo hace para garantizar la supervivencia de los cachorros y lanzar un mensaje de advertencia a los que nunca quisieron ser ovejas. El problema no es la gente, ni la gente convertida en moscas, ni siquiera los pastores que se pagan una puta para sentirse menos solos. El problema consiste en elegir un mismo lugar para reunirse mientras el mundo, al otro lado, se vacía, como si compartir calor nos hiciera olvidar nuestra condición de solitarios. Solo los que no alcanzan a hablar con su corazón estarán solos. Y la muchedumbre sigue andando a oscuras, iluminada por las luces más brillantes de toda la galaxia.

Ilustración: Simon Bailly

Todavía no has conocido a toda la gente que te va a querer

Todo es miedo. Por eso nos ahogamos, por eso preferimos mirar mares adentro. El miedo se convierte en costumbre cuando el amor tiende la mano. ¿El amor después del amor? Más miedo. Se trata de una forma de supervivencia absurda, como si pinchar zódiacs o añadir costra al latido nos permitiera estar a salvo. Pero nadie ni nada puede impedir que veamos las cosas peor de lo que son, nadie puede evitar que creamos poder perderlo todo… salvo el miedo. Así comienza la soledad, con humedad y hambre. Puedo verlo en los ojos de la gente sola y en la vida de esos amigos invadidos por el miedo. A ellos les digo que todavía no han conocido a toda la gente que les va a querer. También me lo repito susurrando.

La reconstrucción nos desorienta. De pronto, el paisaje es otro. En la antigua casa solo hay ruinas y, en las fotos, recuerdos de los que nunca quisimos despedirnos. Sucedió tan rápido… y el tiempo, a veces, pasa muy despacio. Entonces el miedo adquiere nuevas formas, desangra la esperanza, trae una urgencia que nada tiene que ver con el color de las hojas en otoño y la ausencia de luz en los cristales. Cae la noche en la mañana, el calor está lleno de hielo. O eso creemos. Pero somos nosotros, nuestro miedo a que nos hagan daño, la imposibilidad como motor del cambio. «Todavía no he conocido a toda la gente que me va querer», me digo.

¿Cuánta gente es toda la gente que nos va a querer? Quizás sea la misma que nos quiere ahora, quizás sea una mejor versión del tiempo compartido. Mientras hay vida hay amor, mientras envejecemos las cosas pierden filo, también se muere un poco el miedo. Puede que el amor consista en multiplicar encuentros con una misma persona, dejar de sublimar al amante de una sola noche, convertir el deseo en gestos, abrazos y palabras. Puede que el amor romántico hoy esté muerto, y en cambio, puede que nos sintamos más vivos que nunca ante la posibilidad de ser amados estando solos en un lunes. Da igual, tenemos que vivirnos, dejar constancia de que si pudimos amar antes podremos amar en el futuro. Y nos quieren, vaya que si nos quieren.

Ilustración: David Shringley

Sobre estar solo

Estar solo es percibido como una maldición. Puedes sentirlo en la mirada de los otros, también en la mirada propia. Míralo, tan solo, comiendo frente al ventanal del restaurante, comprando poco en el supermercado. Y ella, otra soltera sola bajo un sol de inicios de septiembre. Parece como si la compañía fuera una condición necesaria nunca suficiente para el mundo, que el tiempo por pares fuera la única matemática obligatoria. Madre me lo recuerda por teléfono, con esa forma tan de madre para convertir la vida vieja en un reflejo de la infancia. No pasa nada por estar solo, de verdad, no hay motivos para la tristeza. La comida se pone mala en la nevera, eso es todo.

Luego hay que luchar contra la inercia. Las parejas están por todas partes, en los calcetines y las naranjas tajadas por la mitad, en los cepillos de dientes y las camas grandes. El que está solo parece que no quisiera estarlo, que lo natural sería compartir espacio y tiempo, aunque luego muchas parejas desean otras vidas, quizás estar un rato solas, la misma vida que les produce tanta pena. Todos nos compadecemos de la gente sola. Sin embargo, la gente sola solamente lo está a a la hora de comer.

Puede que la desesperación sea la principal razón para tener pareja. Al fin y al cabo, las cosas parecen mejorar si se comparten. Se trata de una trampa. Ni estar solo tiene nada que ver con el aislamiento ni la soledad es un problema de viejos y tecnología. Hay tanta gente sola con familia, hijos y trabajo… La gente sola posee una cualidad excepcional para valorar al otro, sabe que compartir una cerveza o un paseo tiene algo de milagro cotidiano. Lo recomiendo. Puede ser un plan de vida y estaciones o una temporada. Podemos ser mayores y seguir jugando como aquella niña del recreo que jugaba sola. Podemos ser felices, juntos, solos, una llama siempre viva en un mundo cerca del invierno.

Ilustración: David Shrigley

De la soledad

Todos venimos y nos vamos solos. Entre medias de estos dos actos, soledades. A veces, durante un domingo largo. Otras, siempre. Y culpamos a los demás de esa garra hueca. Estando solos somos aquel que es nadie, que elige la fruta en el supermercado, vuelve a casa y llena la nevera. También podemos ser el limón cortado de la segunda balda. El resto, frío a principios de verano. La soledad nos empuja a creer que todos son idiotas. Resulta que necesitamos a esos idiotas cerca. De lo contrario, la soledad nos apuñala.

Vemos a gente sola cada día. Es gente que baja a la calle para evitar ver su reflejo. Hay otra gente que necesita estar sola para encontrar una baldosa con la forma de sus pies. Pocos lo saben, pero la soledad siempre trae algo, una canción, un libro nuevo, a veces la fórmula para la bomba atómica. Todo lo bonito de este mundo viene de la soledad. También lo peor. El milagro ocurre cuando alguien que quiere estar solo encuentra a otro que no quiere estar con nadie. Así empieza el amor que dura siempre.

Quise estar solo porque mi habitación se llenaba de música e historias para otros. Ahora pienso en si estaba equivocado. Será porque me siento solo. Y está bien. Son rachas, estaciones y polvo. Solamente estando solo me doy cuenta de que soy la media de las cinco personas con las que más tiempo he pasado: Luis, Maya, Axl Rose, Cyrille y padre. Anexo: no hay mayor soledad que la de un matrimonio roto. Más tarde, la alegría vuelve, como ese que elige manzanas en el supermercado. Se trata de una alegría antigua y futura llena del miedo a estar solo de nuevo. Yo y mi soledad no estamos solos, por eso sonrío al escribirnos.

Ilustración: Adriana Lozano

La falta de cariño

La falta de cariño es una forma de castigo. Prescinde de golpes y puertas cerrándose moviendo mucho aire. Se trata de una decisión consciente en uno. El otro se limita a aceptar su ausencia y el estruendo. Y olvida que puede vivir en una casa con un gato, sin amor diario o agua caliente, pero nunca sin muestras de cariño. Hablamos del cariño al margen de la caridad, muy lejos de contratos y cadenas. De ahí su misterio, de ahí que pueda ser representado con un trazo. La falta de cariño me convirtió en un hombre incapaz de recibir cariño sin salir huyendo.

Hay algo extraño en el cariño porque adquiere formas muy diversas. Las mujeres lo integran en el sexo, también cuando es muy guarro. Los hombres lo despliegan con desgana. El cariño aparece en el silencio, cuando dos, tres o varios ocupan una habitación sin decir nada. El cariño llena. El cariño nunca desgasta. El cariño. Quizás sea una escisión del amor, otra forma de decir te quiero al margen de palabras. No lo sé. Victor Jara envolvía al mundo con cariño. Quizás por eso le rompieron los dedos antes de matarlo.

Solamente los animales proporcionan cariño ilimitado. Creo que aprendemos mal de ellos, por eso al negárselo a otro de manera paulatina deja un rastro de sangre sin sangre. ¿Cómo puedo volver a aceptar cariño sin reservas? Observo a los perros del parque, a las palomas andando en círculos concéntricos, a los falangistas despidiéndose de un féretro… y regreso a casa. El apego implica un riego; la distancia una despedida de todas esas cosas buenas. Ahora todo se arregla con psicólogos. La falta de cariño tampoco.

Ilustración: https://klauskremmerz.com

Ya nunca estaré sola

La soledad da más miedo que la muerte. Ese miedo es el que arrastran los amigos a la espalda, cuando miran desde abajo y tienen que volver a casa solos. En casa nadie los espera, o si hay alguien nunca los espera a ellos. Los perros dan amor para ser alimentados; los gatos necesitan su ración de pienso. Porque la soledad llega a disfrutarse y al disfrutarla alguien la sufre. Todo depende de la vida y sus necesidades. Ana dice «ya nunca estaré sola». Sabe que es mentira. Se está sola también siendo una madre, porque la maternidad es un sueño. ¿Y cómo soñamos?

El problema de estar solos son los otros. Uno termina por acostumbrarse a sus ojeras, a su cuerpo bajo el agua, pero a la estupidez ajena… Poco a poco, las prioridades de la soledad intercambian personas por animales, animales por cosas. Al fondo, el tiempo. Queda así en una balanza de todo lo invisible: cosas y animales. Ana sabe que, en su soledad, ella es alguien. Para la masa, Ana siempre estará sola. Ni diosa ni bestia, fieramente humana, fieramente sola.

No hay nada mejor que estar solo. Sentirse solo es sinónimo de pena. O se comparte o uno se muere, aunque crea que evitando repartir el aire se vive dos y hasta tres veces. Qué poco sabemos de la soledad, cuántas cosas sabe ella de nosotros. Si me dan a elegir entre un mundo para mí solo y un mundo contaminado por la gente prefiero lo segundo. Siempre. En la soledad hay risas, cine, plantas frente al sol del mediodía. Entre la gente queda lo único que nos da sentido. Ana, que la soledad te deje sola. Por fin podrás reír estando acompañada.

Ilustración: Guy Billout

Hoy me ha pedido perdón por no quererme

Hoy me ha pedido perdón por no quererme. Lo hizo con un mensaje de texto, en voz baja. A veces, las cosas se escriben para huir, única forma de que existan. De pronto la costumbre da paso al recuerdo, lo vivido adquiere la dimensión del sueño. Sí, fuimos el tiempo en los años y esos años en los que la vida reclamaba un espacio para dos ahora disuelto. ¿Realmente vivimos? He tenido que leerlo varias veces para caer en la cuenta de que ahora, solo y con las manos manchadas de pintura, soy consciente de estar viviendo. Extraña forma de latir, siempre hacia delante, siempre mirando atrás un poco.

Nunca sabremos si es mejor callar, huir, enviar un mail o dar explicaciones. La ruptura convierte cualquier razón en algo superfluo, innecesario por doloroso, un intento de pegar cristales para recomponer reflejos de dos por separado, espejo raro. Estamos, sí, en cada destello, también en ninguna parte. De ahí que nunca haya una manera de hacerlo bien. Quizás civilizadamente, peor.

El amor ya no se sirve. Entonces me levanto de la mesa, doy las gracias y cierro al salir. Ni la ausencia asesina ni el dolor dignifica las desgracias. Queda un consuelo al que aferrarse que depende del tiempo, el mismo que nos deshizo. Hoy me ha pedido perdón por no quererme, repito. Guardaré la frase en la memoria y, dentro de unos meses, puede que en invierno, la leeré en voz alta frente al sol que se desliza por detrás del parque de Islas Filipinas. Sonreía, dirán los corredores que me vean. Y así con todo.

Ilustración: Guy Billout

De la soledad de nosotros

¿Qué parte de la soledad procede de un cambio brusco en las costumbres? Durante años, se compartieron migas y paseos en círculo, también caricias, cama, vida acuática. Hasta que una mañana, podría ser de lunes, en el reflejo sólo hay uno y un solo cepillo de dientes. Los espejos tienen eso, que nunca mienten, de ahí que estar solo se parezca tanto a estar dormido. Nada ha cambiado, ni siquiera el sueño. Mismas paredes, misma luz a borbotones entrando por la ventana y ese aire cargado de siesta. En la intersección, la novedad se hace pura soledad. Y no son ni las diez de la mañana.

El día discurre con la extrañeza del que sabe que le falta algo y anochece. Compañía, otro olor, pelos, la cadena del retrete en marcha ya muy tarde. Nadie controla la basura y la nevera pasó de representar a los supervivientes a convertirse en ataúd para el hielo, con sus zanahorias bio y la mantequilla que acompaña a los platos de pasta. Se tiene menos hambre cuando se come con uno mismo y el recuerdo de una digestión pesada. Ahí vivir en un octavo resulta útil, pues desde lo alto se divisa un mundo feliz, redondo y a lo suyo.

Ya estando juntos estuvimos solos, incluso más tristes. Era el desamparo del que corría sabiendo que su corazón tenía eco en otro pecho, sincronías del ventrículo que falta. Porque todo se para, de ahí que deshacerse implique un proceso similar al de la materia: ni se crea ni se destruye, late de otro modo y nos transforma. Mientras sucede, hice caso a mi amigo Toni y compré otro cepillo de dientes. «Te hará sentir acompañado», dijo. Y es verdad.

Ilustración: Guy Billout

La Nochebuena de la gente sola

La Nochebuena de ayer fue universal. Por una vez, millones la pasaron con la compañía de una botella de Matarromera, una ensalada de rúcula y la mirada de un perro a los pies de la mesa. Aquellos con suerte sentirían la presencia de otros miembros confinados al otro lado del tabique. No pudo ser lo de viajar para abrazarse, como tampoco regresó una normalidad cada vez más diluida, tanto que olvidamos a qué huele. Frente al polo negativo de las cosas, el positivo en antígenos, único pasaporte que evita el movimiento y además lo justifica. A veces la ciencia resulta conveniente, aunque sólo funcione a largo plazo, precisamente el único que ha dejado de existir. Vivimos tiempos salvajes, tiempos sin planes.

Tampoco se nos dio tan mal. Estas cosas salen sin darnos cuenta, como el que da tres sorbos y cae en la cuenta de que ya va pedo. En Madrid llovía contra las ventanas y de vez en cuando un fuego artificial iluminaba el cielo. La televisión se llenaba de cantantes tristes, más pendientes de volver a casa que de colgar guirnaldas de supuesta música. Había algo en el ambiente, el mismo algo que llevamos por dentro de las uñas y sale ahora, en compañía de nosotros sin nosotros, o al menos de la parte celebrante que ahora resta las noches. También las buenas.

Puede ser que en soledad seamos bestias o dioses. Me inclino por una mezcla de las dos. Peor es la melancolía entre gente conocida o en familia. Otra vez recurrí a las canciones de Sinatra y Sondheim. Así la casa se llenó del jolgorio perdido, de esas Navidades «de las de antes». Sí, también podían ser muy tristes, sin embargo avanzaban frente a paisajes cambiantes, permitían sestear y despertarse en otra parte. Levanté la copa un 25 de diciembre. Lo hice por los que ya no están y a pesar de todo siguen estando. Frené en seco; y entonces la noche pasó para volver a empezar. Y así los años.

Ilustración: http://www.johnholcroft.com