El mal sueño de “todos los conciertos inolvidables”

Es curioso como la comunidad de músicos —creadores hipersensibles en los márgenes de una sociedad aquejada de sordera— replican comportamientos que los emparentan con cualquier influencer de Instagram o un funcionario de la Secretaría General de Transportes.

Y con esto no me refiero al uso indiscriminado de “robados dolosos” en cuclillas frente a una masa estrábica —en ocasiones “aumentada” con Photoshop—, ni siquiera a las tendencias en materia de equipo que los arrastran a utilizar las mismas guitarras, los mismos pedales, los mismos módulos de sampleo y percusión o esas camisas de palmeras tan poco favorecedoras adquiridas en Asos. No.

El problema al que se enfrenta el músico en España, además de la precariedad, los desplazamientos en furgoneta, el exceso de fe en canciones intrascendentes, la obsesión por el éxito (manufacturado), los pantalones pitillo, la alopecia, la ceguera y la envidia, la animadversión por Izal y el regreso de Nacho Cano —no hacía falta, de verdad—, es la percepción distorsionada de sus propios conciertos. Basta con leer el pie de foto, colección de plantillas del género: «no hay palabras para explicar el concierto de ayer», «todavía estamos flotando», «recuperándonos de los sucedido anoche», para plantearse si en realidad no estarán sufriendo una sobredosis de endorfinas con efecto distorsionador de la realidad, lo que vulgarmente se conoce como “el mal sueño de todos los conciertos inolvidables”.

Resulta que la música no está exenta de intrascendencia y, por desgracia, la tan manida magia surge con la regularidad de un cometa, en uno de cada X conciertos, instante fugaz envuelto en la memoria dañada de unos músicos que hacen de la felicidad del oyente un trabajo diario… en el mejor de los casos. Lo de bailar al terminar de tocar no cuenta y se computa como pesadilla.

La cama y el tiempo suspendido entre dos sueños

Una cama es un universo rectangular alrededor de un sistema perfecto que se deteriora. Y no solo eso. En ocasiones el colchón duro o amarillento —nos vale también con una vieja manta llena de pelos de gato— actúa como un barrera de coral al margen del día a día, de la noche que antecede al amanecer y por lo tanto a la vida que regresa. Y en ese punto, lugar de encuentro y conflicto entre dos cuerpos desnudos y sudorosos, se produce el milagro.

Resulta que las palabras pronunciadas dentro de los límites de una balsa de aceite y látex nunca se pronunciarían en la calle o en el trabajo. Los amantes se miran a los ojos y reconocen que sus respectivos matrimonios no funcionan, que por eso huyen en compañía de alguien más extraño, que en horizontal y en una habitación extraña parecen reencontrarse con lo que realmente son, un poco más acá, menos allá, más ellos mismos… y las conversaciones fluyen de tal manera que se acaba diciendo más de lo debido porque en realidad ¿hay algo más parecido al viento que una cama? Después recuperan el ritmo cotidiano, se visten con cierta pesadumbre y vuelven retomar exactamente donde lo dejaron, al principio de algo que se parece poco a lo que realmente quieren.

Las parejas estables, en cambio, dejan de hablar antes de cerrar los ojos porque saben que a la mañana siguiente las palabras empleadas en el cuadrilátero multiflex regresarán a ellos como un sueño recurrente, y claro, nadie quiere volver a recordar lo que nunca se llegó a decir por culpa de la convivencia convertida en un acto repetitivo; pero hijo, ¿por qué quieres dormir siempre con nosotros? ¿De qué tienes miedo?

Son las 7:27. Estoy solo. Miro el techo manteniendo mis huesos hundidos entre las plumas de un colchón carísimo y lo compruebo: el tiempo se detiene y el mundo ahí fuera no me agarra por el cuello. Después de todo, ser bueno en la cama no es más que dormir del tirón y mantener la boca cerrada…