Últimamente, la mayoría de la gente que conozco quiere desaparecer, plantar un huerto con naranjos y alejarse de un mundo deforme lleno de hijos de puta saliéndose con la suya (en apariencia). Trump, Musk, Mazón, el dueño del restaurante de debajo de mi casa… la lista da la vuelta al planeta y termina en un agujero negro. Entre las uñas de ese mal vulgar y la piel de las naranjas se esconde la esperanza de que, tarde o temprano, los malos caerán sobre la hierba dejando un rastro de nada en el aire. El tiempo es el aliado del bien porque el mal solo necesita que los buenos se queden cruzados de brazos. Esperad y ved.
Los malos ocupan más de lo que desalojan, van cuesta bajo y blanden motosierras, llegan antes. Los buenos normalmente molestan poco, pasan de líos, prefieren leer un libro antes que ponerse delante de estas bestias. Y es que cuando un bueno mira a un malo se abre un abismo en el que el amor va más allá del bien y el mal, se termina acostumbrando a un villano que a su vez duda de las buenas intenciones. La sangre nos salpica. Puede ganar la injusticia, sí; el bien prevalecerá siempre, aunque no se vea.
Lo sé porque las cosas buenas se acaban. Las malas también. La diferencia se encuentra en el asombro. Lo bueno tiende a reclamar un espacio necesario en la memoria y el cuerpo. Lo malo deja atrás lo peor y se arrincona donde más nos duele, sin embargo, nunca recurrimos a él en momentos de necesidad. Mientras tanto, recordemos la tarea invisible de la gente buena, sus ganas de tratar y tratarse bien sin esperar nada. Quizás esa sea la única religión en la que merezca la pena creer. En eso y un huerto con naranjos a lo lejos.

ilustración: Jamie Perry








