Cuando parece que ganan los malos


Últimamente, la mayoría de la gente que conozco quiere desaparecer, plantar un huerto con naranjos y alejarse de un mundo deforme lleno de hijos de puta saliéndose con la suya (en apariencia). Trump, Musk, Mazón, el dueño del restaurante de debajo de mi casa… la lista da la vuelta al planeta y termina en un agujero negro. Entre las uñas de ese mal vulgar y la piel de las naranjas se esconde la esperanza de que, tarde o temprano, los malos caerán sobre la hierba dejando un rastro de nada en el aire. El tiempo es el aliado del bien porque el mal solo necesita que los buenos se queden cruzados de brazos. Esperad y ved. 

Los malos ocupan más de lo que desalojan, van cuesta bajo y blanden motosierras, llegan antes. Los buenos normalmente molestan poco, pasan de líos, prefieren leer un libro antes que ponerse delante de estas bestias. Y es que cuando un bueno mira a un malo se abre un abismo en el que el amor va más allá del bien y el mal, se termina acostumbrando a un villano que a su vez duda de las buenas intenciones. La sangre nos salpica. Puede ganar la injusticia, sí; el bien prevalecerá siempre, aunque no se vea. 

Lo sé porque las cosas buenas se acaban. Las malas también. La diferencia se encuentra en el asombro. Lo bueno tiende a reclamar un espacio necesario en la memoria y el cuerpo. Lo malo deja atrás lo peor y se arrincona donde más nos duele, sin embargo, nunca recurrimos a él en momentos de necesidad. Mientras tanto, recordemos la tarea invisible de la gente buena, sus ganas de tratar y tratarse bien sin esperar nada. Quizás esa sea la única religión en la que merezca la pena creer. En eso y un huerto con naranjos a lo lejos. 

ilustración: Jamie Perry

No todo es una mierda

La depresión aislada en niveles altos y la incompetencia han arrasado Valencia. Trump gana gracias a los votos de latinos, mujeres y no universitarios. Si quieres comprarte una casa lo mejor es soñarla. Los adversarios se han convertido en tiro al blanco. Los músicos que te cambiaron la vida están muertos. El estado del malestar. Intercambio de likes por víveres. Una botella de aceita de oliva cuesta 12 euros. La diferencia entre el cerdo y el acosador… Tiktokers e influencers: expertos en la materia, cualquiera. Rabia y miedo contra tiempo y razón. ¿Qué es la verdad si cada uno tiene la suya? Todo se hace sobre la marcha; pocos saben improvisar. Al mundo le falla la junta de la trócola. Recordatorio: no todo es una mierda.

Negación, ira, negociación, tristeza, aceptación, restablecimiento y volver a empezar con la inflación por las nubes (negras). Cada año se extinguen entre 18.000 y 55.000 especies de animales mientras los seres humanos proliferan, consumen, hacen cola, toman la primera línea de playa y la Gran Vía. Radiohead en el congelador y Taylor Swift aportando al PIB. La sociedad del desencanto. Los bancos nunca pierden; pierden los vecinos de Aldaia, Picanya, Catarroja, Massanassa, Alfafar, Paiporta y Albal. Siempre ante la enésima crisis de la civilización. ¿Qué es el agua?, le pregunta un pez joven a otro pez joven. Una mierda, responde el pez viejo.

Vivimos el peor momento de la historia. Lo hacemos mejor que nuestros abuelos en un planeta que, claramente, fue a peor. Tenemos sexo en todas sus variantes, libros de bolsillo, chocolate y buñuelos, tiempo para la vida y nuestra vida, el mar, la mano izquierda de Miles Davis, a Gillespy, Zappa, Mercury y Camarón, a Robe, el cine de Paul Thomas Anderson, a los amigos que te saben ver, una Milnueve o cinco, cualquier cuadro de Rothko o Frida, a Joan Didion, la sonrisa de Zendaya, un verso de Juarrón, otra esquina, una siesta con María, la voz de madre al otro lado del teléfono, guitarras y un piano, plástico, otro momento perfecto con Pablo, amor, un propósito, las ganas de seguir enumerando la alegría.

Ilustración: David Shrigley

Kamala Harris

Quiero una presidenta negra. Quiero una mujer, hija de emigrantes, de padre jamaicano y madre india, a la que insultaran por ser negra y no serlo, una mulata en un país de extranjeros. Y quiero una presidenta de padres separados, que haya sufrido la ausencia y rezado en un templo hinduista y pisado mierda de vaca sagrada, que emigrara a otro país y hablara en francés con acento canadiense. Quiero una presidenta que estudiaba por las noches, mientras cuidaba de la hija de su hermana, otra mierda.

Quiero a alguien al que le hayan roto el corazón en mil pedazos, quiero una presidenta que conozca las leyes de memoria, que haya visto mujeres reducidas a amasijos de carne y moratones, que quiera cambiar el sistema desde dentro, sin golpes, sin discursos. Quiero una presidenta que haya combatido la prostitución infantil, que haya perdido varias elecciones, que compre vinilos de Charles Mingus, de Roy Ayers, de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong.

Quiero una mujer con buenos dientes y mejor actitud, que haya comido en el restaurante de un hospital y dejado a medias el café de los juzgados, que corra en la elíptica todas las mañanas. Al igual que Zoe Leonard, yo también quiero saber por qué esto no es posible, por qué creemos que un presidente siempre es una marioneta, un jefe y no un trabajador, un ladrón al que nunca sorprenden en el acto. Quiero que Kamala salga frente a Donald, que esta niña sea la persona más poderosa de este mundo raro.

Nunca volverá la normalidad

El asalto al Capitolio de Estados Unidos representa ese esguince con el que entramos en 2021, secuela de un año infame. Y es que el regalo bajo el árbol, envuelto en sesgos y luchas fratricidas por el control del discurso, no podría estar más envenenado. Será porque el remitente es Trump, ultra de los fines a cualquier precio, vida mediante. Porque aquí de lo que se trata es de romper el gobierno por y para el pueblo, ¡qué sabrán ellos!, desacreditar las instituciones corroídas por el cáncer del poder e instalar en el imaginario colectivo —70 millones de votos le «avalan»— la posibilidad de un nuevo orden de corte fascista por sufragio universal. Todo está permitido, incluso los disfraces de vikingo frente al retrato de los padres fundadores de una patria convertida, como nunca en sus 245 años de infamia, en un episodio de la «Guerra de las Galaxias«.

Mientras tanto, los españoles debaten sobre el tema con la condescendencia de costumbre, reafirmados en la imposibilidad de que un fenómeno de estas (extravagantes) características pudiera reproducirse en el cortijo de Paco «el bajo», Don Pedro, Charito y el señorito Iván. Sin embargo, el sector próximo a los 26 millones de fusilados no ha tardado en intentar apropiarse de la ficción, y ya lo compara con lo sucedido en Cataluña el 1 de octubre o el rodeo al Congreso alentado por Podemos. Los dedos tampoco dan para echar cuentas: cuatro muertos, uno de ellos con una bandera del presidente saliente amarrada al cuello.

Con la verdad fuera del espectro, da miedo comprobar cómo los hechos consumados prevalecen por encima de las reglas del juego, cómo un golpe desprovisto de épica es exactamente lo que el fascismo necesitaba, la oportunidad soñada que despierta envuelta en sangre sobre una moqueta de las caras. Alguien dijo que «si Estados Unidos viera lo que Estados Unidos está haciendo en Estados Unidos, invadiría Estados Unidos para liberar a Estados Unidos de la tiranía de Estados Unidos». La nieve es tendencia en Twitter, nada volverá a ser como antes y en 2021 seremos testigos de varios gobiernos ilegítimos proclamados en nombre de la democracia del Titanic. Ahora sí: feliz año a todos.

Ilustración: https://edelr.com/

¿Habemus POTUS o qué?

No sé a vosotros, pero la espera por la elección del nuevo jefe de este orden mundial venido a menos se me está haciendo insoportable. A mí y a Rafa, claro. Y es que la fumata blanca no sale de la Casa idem, y el tiempo pasa, nos vamos haciendo pequeñitos pequeñitos como la amígdala de Trump y nuestras súplicas son ignoradas por los astros y unos pocos estados con nombres intercambiables en el papel y el rosario: Georgia, Omella, Arizona, Nevada, papa Francisco… Da igual lo que recemos o a quién, porque han pasado 24 horas desde la última vez que lo miré y Biden sigue a seis votos, seis Gólgotas como seis hermanos de un padre carpintero, inamovibles, suspendidos en un tiempo sin autor y con un nudo más que probable en forma de protestas masivas. Entonces qué, ¿habemus POTUS?

Para aquellos a los que estas siglas les deje fríos como una noche con toque de queda, decirles que se trata de la manera vaga con la que referirse al President of The United States, vamos, un cargo religioso repleto de connotaciones domésticas que al menos nos está sirviendo para pensar en cosas menos mundanas. Sobre todo cuando vemos a una parte de los habitantes de la nación más poderosa del mundo comportándose peor que Macarena Olona en un día aciago.

Pero así estamos, en este vilo con la cara chusca de dos hombres blancos, viejos y heterosexuales que aspiran al trono para dominar la Tierra, Jesucristos del Twitter y la trifulca mediática empeñados en dar esperanza a un pueblo extenuado que, sin embargo, se niega a renunciar a la lucha. Será porque es verdad que en ese país cualquiera puede ser presidente. This is America, palabra de Dos.

Ilustración: John W. Tomac

La puntilla del 2020 se llama Trump

Hoy la incertidumbre es tal que incluso los habitantes de Valdevacas de Montejo se han levantado antes de que aúlle el gallo para comprobar el resultado de las elecciones de Estados Unidos, un país cada vez más alejado del sueño que convierte nuestro paso democrático por la tierra en una pesadilla con tintes republicanos. A estas alturas de la broma, todos vivimos un poco entre Los Ángeles y Nueva York, ya sea por una lengua infiltrada en cada conversación de oficina, con sus meetings y afterworks, o porque la tienda de ultramarinos se desangra con cada pedido en Amazon. Y, aunque nos joda admitirlo, causa más desvelos que Trump vuelva a ganar que Abascal se ponga la chaqueta talla S de futuro presidente.

La cuestión que sobrevuela este plebiscito mundial, el de continuar con la política de las vísceras o, por el contrario, apelar a la mesura para calmar unos ánimos a flor de cactus, es la de una profunda decepción por haber llegado hasta aquí. Porque si un canalla de lomo blondo es capaz de mantenerse en el poder durante más de un mandato, entonces eso significa que su elección no se trató de un accidente, sino más bien del óxido de valores universales como la razón ante el insulto, de los apretones de manos por encima del matonismo.

Para añadirle más gasolina y una píldora de insomnio al asunto, sólo será posible conocer al vencedor cuando le salga de los cojones a Trump, como si la soberanía del pueblo se hubiera convertido en mera observadora de esta civilización en horas bajas. Sea cual sea el resultado, esperemos que favorable al superviviente Biden, nos quedará la sensación de haber perdido y eso, con el presente virando hacia la broma infinita, es garantía de una celebración silenciosa, algo muy 2020.

Ilustración: http://evavazquezdibujos.com/

Cómo desaparecer completamente

Hace 20 años se publicaba «Kid A». Y, como siempre que una obra maestra es alumbrada, nada cambió. De hecho, desde aquel día, el mundo no ha hecho más que deshacerse por los polos, biodegradarse por obra y omisión de sus más ínclitos habitantes, lo que viene a poner de manifiesto, una vez más, el poder personal e intransferible de la música. La noticia a día de hoy, además de que Trump se ha librado de una muerte añorada por muchos, es que sus 50 minutos de duración se adaptan perfectamente al signo del presente, un tiempo para cerrar las cortinas de la habitación, encender un cigarrillo imaginario y desaparecer completamente.

Porque las canciones del cuarto trabajo de Radiohead hablan de una mente ansiosa, de la melancolía infinita, con su bilis Super Glue-3 y sus cajas negras repletas de ortigas, del humor como recurso ante el vacío y de la necesidad de escuchar música cuando las cosas dejan de tener sentido. Será porque fue escrito en un momento en el que Thom Yorke luchaba contra el espectro de la popularidad. Ante semejante demostración de sentido común, Michael Stipe le recomendó por teléfono que repitiera el siguiente mantra: «No estoy aquí. Esto no está ocurriendo». Y escribió un disco.

Lo más extraño de todo es que, dos décadas después de su parto, escucharlo de nuevo produce en nosotros una sensación parecida al júbilo, como si de pronto fuera posible mover los huesos rodeados de desconocidos y compartir vaso, besos, sudor y algo parecido al amor lúbrico. Así es como uno llega a la conclusión de que las canciones tristes siempre nos ponen de buen humor. Las malas, tristes. Oda a la vida, oda al chico A.

Queremos igualdad, equidad y justicia

Hace años que los Estados Unidos marcan el ritmo del consumo como religión, la pauta de un mundo a la caza de mariposas fugaces. El ‘porno asesino’ tristemente protagonizado por George Floyd ha entrado en la conciencia colectiva de los españoles y, mientras el país de la libertad arde ante la mirada de un presidente estrábico, una Biblia y un bidón de gasolina, las redes sociales se funden a negro en un gesto cargado de buenas intenciones, pero que flirtea con la pose si solo pertenece al martes. Y es que queremos igualdad, equidad y justicia… todos los días.

La cuestión es que para obtener estos ‘bienes’ tan escurridizos es necesario organizarse, romper inercias y censurar comportamientos, protestar muy alto evitando convertir las casas en cenizas, precisamente porque son el único refugio en el que resguardarse durante la tormenta. De lo contrario esteremos avivando el fuego del poder en su versión más sucia.

¿Es necesario que suceda algo parecido en España para que reaccionemos de una vez? ¿No es suficiente con el vídeo de la señora rebuscando entre la basura ante el paso de los manifestantes para rebelarnos contra los sicarios de la bilis y las banderas? Resulta que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; resulta que ser moderado a día de hoy es como hacerlo con condón; resulta que esperar un minuto más es sinónimo de parada cardio-respiratoria. Ayer se apagó el mundo de nuevo, hoy tendremos que encenderlo algo mejor.

Ilustración: yamamotomasao.jp

No son fascistas, son neonazis

De niño los veía por la calle con el sol rebotando en sus cabezas, envueltos en parafernalia de cruces, blandiendo un aspecto entre zen y chulesco. Apenas abrían la boca porque la violencia era su lugar en el mundo y cuando andaban cerca —siempre en grupo— uno tenía que controlar sus palabras. Incluso amigos míos se unirían a esos ‘comandos’ de manera esporádica utilizando la ideología como excusa. Se trataba de poder darse de hostias. Cada día. Porque ya se sabe, utilizar los nudillos y la punta de acero siempre fue más divertido que montar en bicicleta por el páramo.

Ahora esos mismos obtienen millones de votos en las urnas. Han intercambiado ‘bombers’ por trajes a medida, cráneos por pelo ralo. Sin embargo, las formas y el vocabulario se mantienen intactos, y racismo, homofobia, nacionalismo y odio en forma de decreto son su norma. Paradójicamente, a los movimientos antifascistas que los combaten se les tilda de fascistas cuando lo único que tienen en común es la debilidad por las democracias iliberales y esa tendencia al boicot callejero.

La llegada del hambre crea el caldo de cultivo idóneo para justificar la opresión contra las minorías, quemar los puentes de la concordia, relegar a las tinieblas lo que pertenece a la luz del día. Enredado entre sus tripas, el drama de George Floyd y muchos otros. Porque la vida es lo único que importa y para mantenerla es necesario localizar el origen de la amenaza, llamar a las cosas por su nombre. Vox y Trump son neonazis. Así no hay posibilidad de equivocarse.

Ilustración: Luc Descheemaeker

¿Fue el 2020 una broma?

La verdad es que si te cuentan en el 2019 cómo iba a ser el 2020 hubieras hecho dos cosas: bloquear a la(s) persona(s) de todas tus cuentas por agorero(s) o directamente meterte en casa para no volver a salir hasta el 2021. Vamos, lo que se hace normalmente en invierno, pero llevado al límite. Visto con cierta distancia, este año ha resultado ser una mezcla de las dos, mitad futuro distópico, mitad se nos está haciendo bola. ¿Una pandemia global porque un chino se comió un bocadillo de alitas de murciélago? ¡Tú estás de la cabeza, chaval!

Ahora se entienden mejor las muertes de Kirk Douglas, Kobe Bryant, Terry Jones, la obsesión de un genio incomprendido llamado Trump por construir un muro, ¿de qué sirven ahora las concertinas en Ceuta y Melilla si nadie quiere venir de vacaciones? Joder, ¿soy yo el único que echa de menos los cruceros por el Estrecho? Por otro lado, el fin del mundo tiene cosas muy positivas. Los ‘influencers’ ya solo sirven para aquello que todos sabíamos: para nada, los médicos y enfermeros molan más que Batman, no hay fútbol ni toros, los Risketos y el vino peleón están de oferta en el Mercadona, a nadie se le secan las manos por culpa del frío y todos los ciudadanos llevan a un presidente-gestor en potencia en sus adiposos cuerpos.

No deja de ser decepcionante que una parte de la población esté perdiendo la cordura por el simple hecho de quedarse en casa viendo Netflix, que otro porcentaje piense que se trata de una conspiración con cuerpo y cara de pangolín y que los memes sean peores que la enfermedad. 2021, ven rápido. Te esperamos con todo caliente menos el champagne.