¿La violencia no tiene género?

Ahora que hemos llegado a ese momento en el que cualquier aspecto de la vida, por pequeño que sea, implica la consiguiente polarización del gallinero, el “Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer” se presenta con su polémica habitual, repleta de eslóganes partidistas en boca de cráneos privilegiados sin tiempo para profundizar en el asunto. Porque, al igual que el hombre es un mono para el hombre, una parte de la sociedad se adueña del mensaje de sus (supuestos) líderes y ‘tuitea’ el dogma de moda, ese de que «la violencia no tiene género». Y claro, un cuchillo en el tórax, otro desahucio en plena pandemia o el síndrome del ‘abuelo fantasma’ despojados de sus respectivos contextos son hechos violentos inherentes al ser humano en cualquiera de sus manifestaciones. Sin embargo, referirnos sólo a las estadísticas— ahí el varón también es el rey del K.O.— supone invisibilizar el acoso sistemático, constante y diario contra las mujeres que este 25N viene a recordarnos.

Hace setenta y un años, las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal fueron apaleadas hasta la muerte por orden del dictador Trujillo. Desde entonces poco han cambiado las cosas y seguimos con lo inútil, enarbolando banderas, invocando al silencio y la inalterabilidad de las cosas, extraviados en una tertulia incapaz de reparar el daño. Los hombres nacen, las mujeres llegan a serlo (con suerte) y, mientras tanto, el mundo se deshace por los polos.

Así, una obviedad con fines partidistas como es la de «la violencia sin género» nos permite aseverar que el género representa una extensión asimétrica del dominio de lucha y la convivencia en ese dominio, por pequeño que sea, una forma de violencia. En el caso de tres mujeres rotas a manos de un dictador, el origen de esa violencia se encuentra en el hecho irrefutable de que los hombres nunca se han cuestionado la naturaleza de su poder. Ahí surgen la mayoría de los problemas de este planeta Sangre.

Ilustración: chiaraghigliazza.com

Volver a los tiempos de la serie “Patria”

En momentos de restricciones horarias y gorros de alpaca lo mejor es refugiarse en un párrafo, un polvo largo o en millones de fotogramas. Y es que cualquiera de estas tres opciones se convierten en ungüento susceptible de ser aplicado a nuestra psique, acuciada por la falta de movimiento y una certeza: se acerca el invierno. En ese espacio, el que uno quiera y cuando pueda, es posible disfrutar de la serie “Patria” y ser testigo de los horrores que por aquel entonces desangraban un país en llamas. La herida, todavía sin cicatrizar, no fue solamente infligida por bombas escondidas en maleteros, el sonido de gatillos y nucas o cartas con un bietan jarrai a modo de despedida, sino que el trato entre los vivos levantaba la costra de una violencia aún más cruel, precisamente porque contenía aspiraciones de libertad.

Por supuesto, ser libre, entonces y ahora, lo entiende cada uno a su manera. Los hay que, bajo la lluvia perenne de ese pueblo pena, están dispuestos a retirarle el saludo a los amigos de toda una vida, dejar de pasear juntos en bici, negarles un cuarto de jamón de York, convertir la convivencia en un fruto marchito, pasar el tiempo negando el peor de los temores: a veces, las guerras se libran en casa, al margen de vecinos y balas.

Al igual que los personajes-personas de la novela de Fernando Aramburu, aquellos que la consuman, de una tacada o con moderación, sacarán sus propias conclusiones. Algunos preferirán “Antidisturbios” o directamente el libro, otros se pasarán al magreo lúbrico de “La isla de las tentaciones”, y los menos comenzarán a entender que la única manera de rebelarse contra cualquier forma de violencia, invisible o rotunda como un ¡Gora Eta!, es a través del perdón. Palabra y obra de Bittori y Viscarret.

Ilustración: Félix Viscarret

Escribe tus emociones diarias

Durante estos días y mientras se produce el regreso a la ‘vieja anormalidad’ es muy recomendable escribir en una hoja todas las emociones por las que transitamos desde que nos levantamos sin alarma hasta que soñamos raro. Entre medias, el mismo pijama y la cólera, dos gramos de desesperación, la euforia de saber que mamá sigue bien, el asco al cubo, la incertidumbre y el miedo, un vaso de lágrimas y la apatía convertida en risa floja. Un total de 250 sentimientos en 17 horas.

Paradójicamente, ahora que el tiempo fluye más deprisa que nunca, lo más interesante —además de comprobar que escribimos como el culo— es integrar a los demás en nuestras emociones, darle cuerda a un motor que se ha parado por culpa de la confrontación extrema, esa nueva forma de violencia que prescinde de nudillos y navajas, pero igualmente corrosiva y letal. Porque como estamos distanciados socialmente la agresión se articula con mentiras. insultos, posts e intervenciones en Zoom. Cada día.

Es muy sorprendente comparar esas listas y cerciorarse de que, más allá de ideologías y saltos generacionales, todas incluyen las mismas palabras, dejando al descubierto la única evidencia en tiempos de hambre: nos unen las mismas necesidades instrumentalizadas de formas diversas. De pronto, el eterno “es que la gente es gilipollas” deja paso al “bueno, vamos a preguntarles por qué”. Y la cooperación es movimiento social sin nadie al mando.