Perderlo todo lentamente

Siempre hubo dos Españas: una que sufre y otra que calla mirando el móvil. Con la llegada de la erupción se añade una nueva categoría compuesta por aquellos incapaces de no dejarse subyugar por las coladas de lava, mantos procedentes de la boca de la Cumbre Vieja enfriándose a medida que descienden por la ladera formando paisajes coagulados, viscosos, somníferos. Imposible apartar la vista, salivar, hipnotizarse una vez más con las tripas del planeta en su flujo imparable hacia el océano. Sucede que durante esos instantes (en bucle) muchos lo están perdiendo todo, lentamente, en gerundio, al ritmo impuesto por una destrucción en calma a 1000 grados centígrados.

Estos mantos se desplazan a 300 metros por hora, el equivalente a un viejo que anda por el parque mirando a los gorriones, tiempo detenido y suficiente para que los palmeros puedan ponerse a salvo en una loma y observar entre un murmullo sísmico. Sería preferible que todo sucediera a más velocidad, un tajo seco que separara la cabeza del cuerpo y apagara la luz. El amanecer de hoy en La Palma arde, burbujea, estorba porque convierte el final en fotograma para el recuerdo.

Catástrofes como esta parecen confirmar la simetría de la felicidad. Si vives en el paraíso entonces prepárate para conocer el infierno, si muchos pierden sus casas en las coordenadas 28°40′0″ N, 17°52′0″ W tiene que haber, forzosamente, una caravana de familias que estrenan chalet en Boadilla del Monte. O al menos eso quiero creer porque nada hay más amargo que ser testigos de una desgracia y dejarse llevar por su belleza. De pronto, la distancia se calcula en curvas, siempre p’arriba, siempre p’abajo. Así late al corazón de muchos.

Ilustración: Uchida Masayasu

Somos volcanes

En el principio creó Dios los cielos y el volcán. Fue lo primero, antes que el tiempo de los relojes. De ahí que en La Palma lo llamen Cumbre Vieja. Ahora el magma fluye como una culebra prendida, sepulta los espejos y la civilización a sus espaldas. De pronto, el pasado, uno prehistórico, acapara los tweets y la tecnología sísmica, esa que no se ve y se deja sentir. La consigna es clara: corran, ya comerán después. Y mientras unos pierden lo levantado en años, el pasado fluye entre el presente, lo reduce a un montón de nada. Aquí, en la Península, el espectáculo roza el sadismo y la destrucción alcanza la belleza más pura, convierte la naturaleza en un juego de imitación fieramente humano. Porque si dimos nombre a un volcán, entonces de alguna forma un poco extraña creímos ser sus mecenas. Nadie baila cuando el volcán pinta. Y el corazón es una roca al aire.

Cuesta entender que en esa isla la gente se enamore, pasee los domingos, lea el periódico cuando el viento de la Caldera de Taburiente arrastra rabos de nube hacia Los Llanos. Las de hoy contienen dióxido de azufre, vapor de agua, cloro, desvían los aviones y el rumbo de los pájaros. Poco pueden hacer contra las miradas de los más curiosos. Así, y por unos días, las coordenadas geográficas se alteran para colocar las Canarias en el centro de un mundo dislocado. Hasta que Internet caiga en la cuenta de que en el barrio y cada día la lava salpica cada esquina, cada gesto.

Parece ser que las cenizas de estas erupciones contienen multitud de nutrientes para las plantas, particular manera de compensar el daño. O tal vez fuimos nosotros los que herimos primero, empeñados en descifrar el alma del primer habitante de esa isla, la bonita, verde, negra y también fuego. Da igual. La verdad carece de importancia cuando miles de personas desesperan en el paraíso del desvelo. Siempre seremos un volcán en erupción, siempre. Hoy sólo importa uno y hacia ese punto dirijo el pensamiento, la esperanza y el aliento.

Ilustración: http://www.tomiungerer.com