Mi nueva adicción: el gel hidroalcohólico

Fue una señal. Ahí estaba, solo entre una multitud enmascarada y expuesto en el pasillo del Carrefour, junto a los desodorantes que abro y no compro y el champú anticaída tamaño familiar. Recipiente cilíndrico con el tamaño justo, aderezado con aloe vera. El más caro y, por supuesto, inflamable. Lo introduje en el carrito como si se tratara de nitroglicerina y desde entonces, y como he dejado la Voll-Damm, se ha convertido en mi obsesión. Así es, lo reconozco; estoy enganchado al gel hidroalcohólico.

A diferencia de las reclusas de la prisión Brians 1 de San Esteban de Sesroviras, no me conformo con mezclarlo con Coca-Cola, sino que en mi afán de estar desinfectado 24/7 lo utilizo a modo de lanzallamas para depilarme los brazos, limpio el parqué de roble canadiense con una solución salina de Don Limpio y un dedal de pantenol de quemar para después, una vez seco, olerlo como un perrete en celo. ¡Y cómo me quedan las gafas! Incluso he descubierto que disuelve el Super Glue adherido de por vida a las yemas de mis dedos mustios.

Y no solo está el vicio y el hecho de que aspirarlo profundamente relegue a un pegote de wasabi en las fosas nasales a una broma del Este, no. Además ahorro agua y protejo el medio ambiente; vivo una vida ebria; la gente es más interesante; hay menos imbéciles en las terrazas y por fin estoy intoxicado de juventud oliendo a lo que huele el codo de una enfermera. Atravieso el espacio. Por fin hago caso a mi madre y me acabo el hígado. Soy hidrofeliz.

Ilustración: https://weheartit.com/

Mi vecina de enfrente

La imagen es siempre la misma. Frente a mi habitación, situada en los márgenes de un jardín rebosante de begonias y cerezos, se levanta una pared hueso sin ventanas de la que sobresalen cinco balcones con los bordes redondeados, uno por cada piso. El sol impacta sobre una mole transparente que limita este espacio clandestino, deslumbrando al vecino del segundo, un universitario de pelo fosco siempre parapetado bajo una gorra de béisbol. Juega al móvil, fuma en tandas y estira las piernas sobre la balaustrada color carne. Cada día.

En el tercero y a pleno pulmón de la mañana, una abuela viene y va, convierte su balcón en pista de atletismo para pensionistas, el monte en baldosa. Estira los brazos, espira, inspira otra vez hinchando los carrillos y, en ocasiones, se deja acompañar por un anciano… mucho más lento. Así pasan el rato, entre el guatiné, el Tai Chi de Chamberí y ese anhelo de derribar albarradas, levantar adoquines y encontrar arena de playa. Por supuesto, no sabe que alguien la observa. Y sonríe.

Tanto ha cambiado el planeta que lo de pedir sal a la nueva vecina o el extintor a ese bombero del sexto G se ha convertido en una fábula, recuerdo crónico que acecha próximo y lejano a la vez. Resulta que los jóvenes hacen cosas de viejos y éstos rejuvenecen ante el stop de la vida. Mientras tanto, los de mediana edad, un poco bailarines con prótesis de cadera, nos dedicamos a mirar, desde la ventana y cerveza en mano, estos tiempos revolucionarios. Y cae la noche y otra Voll-Damm. Debe ser primavera.