Leonard pero no Di Caprio

Hay cosas que a uno le pasan cuando va creciendo y mientras eso ocurre, pierdes pelo, la próstata adquiere la forma de un melón y  algunas piezas fundamentales de nuestra vida simplemente se transforman en polvo, semen, polvo, hojas  o  incluso parece como si nunca hubieran estado allí y si lo estuvieron,  claras y absolutamente rotundas, ya son demasiado lejanas para acordarse de ellas.

No voy a enumerar las comunes a todos, como esos amigos que fueron nuestro centro gravitatorio durante la adolescencia y que ahora nos resultan tan extraños y desapacibles que nos avergonzamos de haber pasado tanto tiempo detrás de alguna chica que acaba yéndose con Pablo Patata, pegando perdigonazos a grupos de franceses con olor a trapo mojado y rompiendo cosas que hacían clack al chocar contra el suelo. No. Eso se merece un capítulo aparte con el nombre de: Amistad………..¿ Amistad? A lo que iba.

Leonard Cohen. Esa voz sobre una cuerda de guitarra que vibra a 192hz y  sobre la que al mismo tiempo descansa un pájaro que aletea hacía un horizonte algo gris con forma de Canadá.¡ Ese puto coñazo!, pensaba yo con apenas 14 años al escucharlo en el salón de casa cuando mi día a día se reducía a Van Halen, Kim Bassinger, reírme de Amparito,  las Converse del 48 de Phil Anselmo y hacer String Skipping pensando en los dedos de mi primo Jaime.

leonard-cohen

Ese puto coñazo hacía suspirar a mi madre que admiraba sus colección de vinilos monocromos con la cara de un tío con ojos de judío aburrido. Yo quería el bajo de Sting, mi madre el pelo de Marianne, yo quería poner el Get in the Ring al 11, mi madre solo cerrar los ojos e imaginarse en Manhattan con una impermeable amarillo.¡ ¡ Niñooooooo, la música!! ¡ Mamá, ¿ como puedes escuchar ese lomo? Si no hay solos….y así hasta que un día, volviendo yo de París con pinta de idiota y recitando a Rimbaud con acento de Codorniz, me quedé fascinado con una canción que hasta un niño de tres años podría tocar:

I remember you well in the Chelsea Hotel
You were talking so brave and so sweet
Givin’ me head on the unmade bed
While the limousines wait in the Street

Ahí estaba todo. Nueva York, una mamada en la cama, la fila de coches aparcados sobre la acera mojada y conducidos por perdedores fumando, poesía, música llena de dióxido de carbono y acordes sin tensiones, solamente lo que importaba de verdad condensado en una canción.

A veces hace falta perderlo casi todo para darnos cuenta de lo que estuvimos a punto de perder. Buen viaje Leo.

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