La peligrosa humanización de los animales

Como siempre, en momentos de alto voltaje dialéctico encaminado a cambiar determinados patrones sociales o conductas profundamente enraizadas en nuestra sociedad y disfrazadas bajo el útil paraguas de la palabra “cultura” (esa caja de Pandora repleta de monstruos abisales y sirenas recién salidas de un cuadro de Klimt) sucede que derrapamos, la pelota de golf pasa justo por encima del hoyo y acabamos muy lejos del objetivo principal: acomodar la lucha a los límites del propio entorno en el que vivimos.

Y es que comienza a ser muy recurrente la utilización de ciertas palabras o expresiones, o simplemente deberíamos entenderlas como una petición de socorro, que no corresponden al ámbito de los animales, o si lo hacen, se emplean con odio, mala hostia o directamente sin ninguna reflexión previa. Estos son algunos de los titulares (reales):

  • HOLOCAUSTO ANIMAL, CERDOS SACRIFICADOS PARA EL CONSUMO HUMANO.
  • TORERO, ASESINO. TE DESEAMOS LA MUERTE.
  • MI PASTOR ALEMÁN NIKO, NOS HA DEJADO ESTA MAÑANA. ERA LA PERSONA MÁS IMPORTANTE DE MI VIDA. ERA MI HIJO.
  • EXTERMINEMOS A LOS PESCADORES Y CAZADORES.
  • REBAJAS: ANORAKS A 20 EUROS PARA TU PERRO.

Vaya por delante que uno no tiene ninguna simpatía por las jodidas corridas, de hecho son de lo más macabro que se puede presenciar legalmente a día de hoy, me alimento predominantemente de verduras que rehogo con un chorrito de aceite de jamón ibérico y los perros, los peces y los canarios me parecen muy simpáticos siempre que no estén en un zoo o en un apartamento de mi propiedad, pero existe una clara tendencia a acordar un status antropomórfico a todo lo relacionado con los animales apelando siempre a hechos o conductas esencialmente humanas.

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Esta cuestión, que puede ser considerada un acierto en el momento presente porque da visibilidad al problema de fondo (proteger a los animales), puede llegar a ser contraproducente cuando se tope con la realidad de las cosas, algo que no tiene relación alguna ni con los intereses económicos de las empresas cárnicas ni ganaderas, ni con los sentimientos de amor hacia los gatos esfinge ni con las maravillosas metáforas del exterminio judío en un contexto porcino, sino más bien con la insoportable necesidad del hombre de sentirse mejor, más humano, menos raro, aplicando el principio de igualdad y olvidándose de que ésta, no exige un tratamiento idéntico sino una misma consideración.

Y yo me pregunto, así para pasarme el hoyo y caer directo al agua: ¿no asignamos a nuestros perros, gatos, loros, peces Ángel, hamsters y mascotas un cierto tipo de sufrimiento necesario al someterlos a reglas de convivencia humanas?

Rueda pelota, rueda.

 

 

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