2 semanas, tres años, innumerables futuros

En principio M. hizo las maletas para dos semanas. Atravesó Europa por los polos en un avión, aterrizó en Madrid, pidió un café cortado con acento italiano en la cafetería del aeropuerto y después pasó esos 14 días como deberíamos hacer siempre todos con el uso y disfrute del tiempo, con el presente: vivió sin esperar nada a cambio.

Porque es así como suceden las cosas que nos definen, las mismas que no tienen forma  porque no existen y al mismo tiempo van, poco a poco, construyendo una realidad que se compone de dos cosas: pérdidas y giros inesperados que al materializarse parecen no significar nada para nadie (ni para nosotros mismos) pero que dejan rastros invisibles y laberínticos.

El caso es que M., que nunca pensó quedarse en Madrid más de 15 días, lo establecido por la fecha de vuelta al origen, decidió hacerlo sin valorar realmente lo que significaba esa decisión. Y es que ya se sabe que mudarse a otro país es una manera de nacer de nuevo, de pasar por una segunda niñez, de aprender a hablar el idioma de otra madre y de intentar entender por qué los españoles tiran las servilletas a los pies de la barra y cantan todos los estribillos con un oeoéoeoé.

Esta noche, sentada en el frío suelo de la cocina, con la lluvia martilleando indefinidamente la ventana y el horno a 235 grados en el que 12 galletas con tropezones de chocolate van inflándose, se ha dado cuenta de que ni siquiera es consciente de que hayan pasado 3 años y es precisamente por eso, porque siempre ocurre aquello para lo que no estábamos preparados y terminamos haciendo justo lo contrario de lo que dicta nuestro propio destino, el único que la VIDA nunca tiene en cuenta porque solo existe en nuestra cabeza.

Lo curioso es que visto desde arriba y de entre todas las infinitas posibilidades de ser, de estar en cualquier sitio, de haber cientos de versiones de nosotros mismos en todas partes a la vez o en ninguna en particular, M. eligió una que se cruzaba en un punto con la mía, creando un presente que se bifurca hacia innumerables futuros, hacia incontables presentes.

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