El niño muerto

El niño muerto, un niño muerto, tres niños muertos, medio niño muerto…Da igual, no hay manera de encontrarle un sentido a esas dos palabras que juntas, parecen adquirir un significado que va más allá de la comprensión humana. Y le das vueltas y miras debajo de la cama por si tal vez estuviera por ahí escondido, porque muchas noches antes de dormir te pedía que dejaras la luz encendida o que les contaras la historia de la cigarra y la hormiga, de Pulgarcito, de Juan Sinmiedo, historias, todas ellas, escritas por gente alta, seria, flaca, que observa su mundo desde arriba y que los necesita a ellos porque solo ellos, esos pequeños, son en realidad el comienzo de todo, de la vida, de nuestra vida, lo que viene antes de hacerse mayor.

Y sales al bosque y sigues el rastro de las  huellas dejadas por un 32  de pie sobre el camino de baldosas amarillas y asciendes la montaña, rodeada por un río que serpentea por detrás de las casas que no son de chocolate y regaliz sino de hormigón gris, necesitado de una mano de pintura blanca, pero no mamá, blanca no, mejor roja y después levantas la vista y miras fijamente ese río que continúa más allá de la noche hasta desembocar en un mar repleto de peces de colores, como los de sus sábanas preferidas.

Intentando encontrar una razón a todo esto nos hacemos daño; el padre de mirada vacía, la madre coraje, la bruja, los que asisten a este cuento patrio macabro y que creen sentir en ellos cada punzada en la tripa con la forma de unas manos alrededor de la carne que deja de respirar, que huele, que se entierra en un descampado y posteriormente se esconde en un maletero hasta que la recuperan los hombres de verde.

Y no, ninguno somos Gabriel, aunque haya un poco de él en nosotros, ni podamos sentir  realmente lo que es perder a un hijo porque hacerlo significaría renunciar a creer en los demás porque, ¿quién puede matar a un mocoso que sonríe en cada foto?

Haremos como siempre, intentar olvidarlo, sin darnos cuenta de que el verdadero dolor es el que se sufre sin testigos, el que está detrás de cada cosa hermosa.

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