Desear a la mujer de tu mejor amigo

Hace años, mientras alternaba diferentes trabajos para ahorrar el suficiente dinero como paras subsistir como inmigrante en un país lejano, (valía todo; desde las ferias de los gitanos a una zapatería deportiva, repartir medicamentos porcinos ricos en hormonas o tocar horribles versiones de los 80…), descubrí que mi novia americana del momento follaba con un amigo. Fue un simple gesto, un pequeño tirón de camiseta ejercido por ella con tal precisión que delató, casi de manera casi inocente e inconsciente, un interés más allá del estrictamente amistoso: su muñeca estiraba la parte inferior de la tela blanca en dirección al suelo cuando en realidad, en esa dimensión de las cosas que no se ven pero se sienten, ella le empujaba dentro de su vientre como diciendo, con la simple ayuda de unos finos dedos algo parecido a “ven, tonto, es ahí donde tienes que estar, cerca de mi”. Los demás, mis otros amigos, siguieron pasándose el porro y sonriendo ajenos al monstruo que devoraba mis entrañas.

Lo que ocurrió después se distorsiona con el tiempo, se encoge y se estira como una goma elástica alrededor de las piernas de una niña, y sin embargo dejó en mi una sensación que continúa viva a día de hoy, como si el olvido hubiera desempeñado a la perfección su papel  sin olvidarse de aplicar un gas letal sobre mis ojos que convierte a las mujeres o novias de mis amigos más cercanos en seres asexuales, desprovistos de cualquier atracción independientemente del grado de belleza e interés de todas ellas (chicas guapísimas, trabajadoras, católicas y limpias por lo general).

La cuestión es que ese suceso, y después de tantos años, se convierte en una historia que al ser contada siempre arranca una sonrisa, un pequeño punto casi invisible en el anecdotario de toda una vida, un destello, el pistoletazo de salida para lo malo mientras lo peor queda detrás y que pone de manifiesto que al final apenas recordamos las palabras de nuestros enemigos mientras que los silencios de los que tenemos más cerca retumbarán siempre en nuestra cabeza y en la de Eric.

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