En mi pueblo cuando te cagas en dios no te cagas en dios

Cagarse en dios -algunos píos la sustituyen por diez- es una costumbre profundamente arraigada en este país, tanto que es muy difícil encontrar una expresión semejante en cualquier otro idioma; de hecho jamás he escuchado una frase tan certeramente construida en la boca de un francés, italiano, polaco o irlandés (países eminentemente católicos) quizás porque a todos ellos les falta esa chispa (de fe) que convierte a los nacidos en esta soleada región en algo… diferente.

Y es que cuando uno es niño y solo plantea su existencia en términos despojados de una creencia impuesta o abrazada con posterioridad, lo más parecido a una figura heroica, inalcanzable, ubicua y venerada por todos no es la de ese dios de las iglesias góticas y de los textos de pan, peces y vino, sino la del padre, pero el propio, el de carne y hueso.

De entre todos esos recuerdos de la infancia destaca uno: cientos de vacas corriendo en círculo en el interior de un corral perseguidas por varios hombres bronceados por el sol, entre ellos mi padre, gritando tuma y me cago en dios a modo de mantra. No es que los animales hicieran mucho caso pero semejante frase parecía darle sentido a la escena: las cosas adquirían un mayor peso, como si la naturaleza percibiera la fuerza de esas cuatro palabras que parecían suspenderse unos segundos de más por encima de esos cuernos y nuestras cabezas, ingrávidas, fieramente humanas y al mismo tiempo casi divinas… y sin embargo dios no aparecía en ellas, ni siquiera la potencial idea de un ser todopoderoso a lomos de una nube, alzando el dedo índice o acurrucado en la oscuridad de nuestra intimidad. En cambio sí cierto alivio.

Terminada la faena, aquellos hombres toscos y campechanos, almorzaban rodeados de niños que correteaban de la misma forma que lo hacían los animales enjaulados y que -cosas de los humanos- después del postre se quedaban dormidos en brazos de algún padre primerizo que sonreía al tiempo que dejaba escapar un orgulloso “me cago en dios, como ha crecido la chavala…”.

Los animales desaparecieron de mi vida, las manos de mi padre son las mías y sin embargo ese olor a paja, barro y aceite caliente vuelve a mí cada vez que el padre de Luis, mi mejor amigo, me da un abrazo y dice aquello que representa mejor que nada a los 40 y pico millones de habitantes que pueblan este estado aconfesional: “vamos a tomar un chato, me cago en dios”.

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