Los agujeros negros de Stephen Hawking

No hay nada como el poder liberador de la muerte. Es en ese momento, cuando ya no pagan impuestos y sus restos descansan a tres metros bajo tierra, en un mausoleo carísimo o en las cañerías que conectan su inodoro preferido con el mar, cuando salen a la luz los detalles más personales de aquellos a los que el mundo admira, venera, honra… y claro, el mito se resquebraja cuando se topa con el marrano que todos llevamos dentro.

Así es. Resulta que Stephen Hawking, físico teórico, astrofísico, cosmólogo, heterosexual, ateo y una de las mentes más brillantes de la historia de la humanidad, tenía dos obsesiones: los agujeros negros y los agujeros a secas.

En las memorias de su ex mujer, “Hacia el infinito”, se relatan detalles relativos a este master del universo dotado de un ego tan grande como la galaxia IC 1101 y con el apetito sexual de una cuadra de percherones.

—No os dejéis engañar por su aspecto niño de Auschwitz en silla de ruedas— escribe Jane Hawking— este hombrecito tenía una tienda de campaña entre las piernas 24/7 y no había nada que le gustara más que atropellar los dedos de los pies de todo aquel que se le pusiera a tiro. Margaret Thatcher incluida.

Introducid en Google las palabras Stephen Hawking, strippers, follisqueo, y una nueva cosmología se mostrará ante vuestros ojos. Y es que hay vídeos del profesor que ocupaba la cátedra de Newton correteando entre las barras del “Stringfellow Club” de Londres con billetes de 20$ sostenidos entre su barbilla y el pecho, al tiempo que aparece en la pantalla de su sistema de comunicación la siguiente frase: “quiero ver tu agujero negro, conejita”.

La cuestión de fondo, o deberíamos referirnos a ella como la gran paradoja galáctica, es que Stephen Hawking desentrañaba los misterios del tiempo mientras le pedía a sus amantes que se sentaran encima de su cara, localizaba el lugar donde Dios lanza los dados actualizando su perfil de Tinder y determinaba la composición de la materia oscura con la silueta de una playmate oscilando como el péndulo de Foucault entre sus dos enormes ojos azules . Y todo eso en un tiempo récord de 76 años, incrustado en una máquina que le insuflaba O2 y hablando con la voz de un ordenador bajo de batería (“házmelo duro que la tengo como una garrafa de vino en la cuarta dimensión”).

Un genio que tuvo que reconocer públicamente que las mujeres son y serán siempre un enigma imposible de descifrar y el motor de un universo en continua expansión.

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