Así ha sido. Tras cientos de discos supuestamente comerciales (y vacuos), mainstream o para la masa editados en nuestro país en los últimos años, llega una niña de veinticinco años con la cara de una gitanilla-paya con compás, el pelo de una noche sin estrellas y las uñas de un grizzly y lo arrasa todo. Porque admitámoslo, si despojas a «El mal querer» de toda su parafernalia repensada a conciencia para el consumo masivo, con sus vídeos repletos de referencias a Goya, los kinkis y los Blahnik, los chándales y los crucifijos, las voces procesadas y las escopetas de cartuchos, nos queda un disco revolucionario.
Quizás sea demasiado pronto para emitir juicios de valor sobre la trascendencia de un trabajo que es al año 2018 lo que «La leyenda del tiempo» fue al año 1979 (los ecos de los nietos de esos puristas flamencos resuenan de la misma forma cincuenta años después, ¡sus muertos!), pero tras apagar el ruido de ahí fuera y escuchar sus veintiocho minutos y poco y maldecir la belleza de la voz y el desbordante talento de la verdadera reina de España —lo siento Leticia—, nos queda una obra compleja, difícil en ocasiones y probablemente no apta para todos los públicos que paradójicamente se consume a la velocidad vertiginosa de nuestra era, como una chupadita de M que no deja resaca y sí la impresión de que a partir de ahora los grupos de música deberían de pensarse dos veces el editar un disco sabiendo que esos artefactos explosivos, los de Rosalía y Camarón, están colgados para siempre en el corazón y las glándulas lacrimales de la red.
En cuanto a la industria discográfica nacional, ¡pues qué le vamos a hacer chiquilla!…, se la acaban de colar y tendrá que seguir conformándose con canciones producidas con el mismo cariño de la mortadela a un euro y las aspiraciones de sembrar rápido para recoger un fruto insípido, de esos que saben a tierra y terminan desparramados por el suelo, todos iguales, todos sin hueso…, o quizás rectifiquen al comprobar los rendimientos económicos de unas canciones que no son españolas ni americanas sino algo entre medias, escondío entre el origen del universo trátrá y la autora de los ojos por soleá.
«El Mal querer» te atrapa sin que te des cuenta, te das cuenta cuando sales. Piensas, ¿cómo he llegado hasta aquí?, y Rosalía demuestra que una mujer joven, bella, talentosa, ¿quieres que colaboremos?, puede decidir el cuándo, el cómo y el por qué sin pedir permiso a esos mayores a los que les preocupa tanto que no sea capaz de gestionar el éxito masivo… Pobres mayores, y ella ríe, y brilla, y canta por dentro en el luminoso de Times Square, en la chabola y en San Esteban de Sasroviras mientras su ola arrasa el mundo.


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