Encierro. Día 1.

Viernes 13 de marzo. La incertidumbre informativa cede ante el estado de alerta. Si Chuck Norris ha dado positivo por coronavirus ya no se trata de una novela de Philip K. Dick; eres tú, la vida en directo. Éxodo de madrileños por el mundo. Primeras muestras de solidaridad con músicos tristes en línea y Aznar de ‘teletrabajo’ en Marbella. Las conversaciones cercan la epidemia. Todas. Nuestra realidad se desdibuja y Cataluña pide ayuda al Gobierno Central. Algunos exigen la dimisión de Sánchez. La supervivencia se convierte en arma política. Juego sucio. Manos limpias.

Por primera vez en décadas el tiempo se ralentiza, adquiere una textura grave con forma de silencio. Nadie grita en la calle. Los tejados han enmudecido. Miro las informaciones de los periódicos. Cada cinco minutos. Trescientas notas de voz en el Whatsapp. Los médicos y el personal sanitario no dan abasto. Otro contagio. «Mamá, quédate en casa». Los universitarios hacen botellón en el Parque del Oeste. Me duele la cabeza. El encierro plantea una posibilidad, mirar hacia dentro, agotar Netflix.

Hoy no me duchado. El ritmo vital se acerca sorprendentemente a los latidos del corazón. Me lavo las manos con un cepillo viejo. Decido no poner la alarma del despertador. La ruina no es una estantería de supermercado, es vivir con miedo. Mañana todo será mejor. Sueño con el verano. Con bisontes y arena de playa.

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