leer es una forma de desaparecer

No son fascistas, son neonazis

De niño los veía por la calle con el sol rebotando en sus cabezas, envueltos en parafernalia de cruces, blandiendo un aspecto entre zen y chulesco. Apenas abrían la boca porque la violencia era su lugar en el mundo y cuando andaban cerca —siempre en grupo— uno tenía que controlar sus palabras. Incluso amigos míos se unirían a esos ‘comandos’ de manera esporádica utilizando la ideología como excusa. Se trataba de poder darse de hostias. Cada día. Porque ya se sabe, utilizar los nudillos y la punta de acero siempre fue más divertido que montar en bicicleta por el páramo.

Ahora esos mismos obtienen millones de votos en las urnas. Han intercambiado ‘bombers’ por trajes a medida, cráneos por pelo ralo. Sin embargo, las formas y el vocabulario se mantienen intactos, y racismo, homofobia, nacionalismo y odio en forma de decreto son su norma. Paradójicamente, a los movimientos antifascistas que los combaten se les tilda de fascistas cuando lo único que tienen en común es la debilidad por las democracias iliberales y esa tendencia al boicot callejero.

La llegada del hambre crea el caldo de cultivo idóneo para justificar la opresión contra las minorías, quemar los puentes de la concordia, relegar a las tinieblas lo que pertenece a la luz del día. Enredado entre sus tripas, el drama de George Floyd y muchos otros. Porque la vida es lo único que importa y para mantenerla es necesario localizar el origen de la amenaza, llamar a las cosas por su nombre. Vox y Trump son neonazis. Así no hay posibilidad de equivocarse.

Ilustración: Luc Descheemaeker


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