Despecho

Hay en el despecho una forma de venganza cutre, un acto de vanidad. Porque la pena, cuando rompe, lo hace hacia dentro, convierte en cristales todo lo que moja. Rotos no podemos hablar o comer. Respirar es algo heroico. Despechados intentamos transformar el dolor en ira, la ira en golpe, el golpe en alivio. El alivio dura poco. Todas esas acciones para que el tiempo y su paso nos hagan ver lo equivocados que estábamos. Sí, equivocarse es un derecho. También lo es renunciar a ser amado, a amar o a ambas cosas. Cantaba Brel: «… pero con elegancia».

Las personas despechadas viven con un hueco dentro del tórax y la noche, sienten la ausencia del ser querido que ahora es objeto, diana. Las personas despechadas convierten el engaño en guerra, guerra contra el mundo y contra sí mismos. Y las guerras solo sirven para apilar muertos. Si fue amor, ¿por qué no sentir indiferencia? La indiferencia es el apoyo del silencio. Así podremos salvarnos de la pena. Las personas despechadas solamente arden.

Evitando el despecho evitamos dar explicaciones. Sí, fue un héroe. Ahora es una rata inmunda, una animal rastrero. Qué extraño. Todo cambia sin quererlo. Nada como la distancia para el dolor. Desde allí arriba, el mundo es un lugar menos salvaje, hecho de montañas, de valles y de nubes. Devolver el daño es un invento humano. Donde las dan mejor que no las tomen. Despecho como forma de debilidad. El flojo asesta el daño más profundo. Mirad qué fácil lo voy a decir: A, B, C, one, two, three, nadie con las heridas abiertas debe vivir.

Ilustración: Guy Billout

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