Todos venimos y nos vamos solos. Entre medias de estos dos actos, soledades. A veces, durante un domingo largo. Otras, siempre. Y culpamos a los demás de esa garra hueca. Estando solos somos aquel que es nadie, que elige la fruta en el supermercado, vuelve a casa y llena la nevera. También podemos ser el limón cortado de la segunda balda. El resto, frío a principios de verano. La soledad nos empuja a creer que todos son idiotas. Resulta que necesitamos a esos idiotas cerca. De lo contrario, la soledad nos apuñala.
Vemos a gente sola cada día. Es gente que baja a la calle para evitar ver su reflejo. Hay otra gente que necesita estar sola para encontrar una baldosa con la forma de sus pies. Pocos lo saben, pero la soledad siempre trae algo, una canción, un libro nuevo, a veces la fórmula para la bomba atómica. Todo lo bonito de este mundo viene de la soledad. También lo peor. El milagro ocurre cuando alguien que quiere estar solo encuentra a otro que no quiere estar con nadie. Así empieza el amor que dura siempre.
Quise estar solo porque mi habitación se llenaba de música e historias para otros. Ahora pienso en si estaba equivocado. Será porque me siento solo. Y está bien. Son rachas, estaciones y polvo. Solamente estando solo me doy cuenta de que soy la media de las cinco personas con las que más tiempo he pasado: Luis, Maya, Axl Rose, Cyrille y padre. Anexo: no hay mayor soledad que la de un matrimonio roto. Más tarde, la alegría vuelve, como ese que elige manzanas en el supermercado. Se trata de una alegría antigua y futura llena del miedo a estar solo de nuevo. Yo y mi soledad no estamos solos, por eso sonrío al escribirnos.

Ilustración: Adriana Lozano
«Estando solos somos aquel que es nadie» [y que es todo porque puede ser cualquier cosa]. Encantadora tu entrada, gracias por compartir
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Encantadora… me encanta eso. Gracias a ti por leer y estar presente. Un abrazo enorme
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