Envejecer es una putada. Uno hace ruido al hacer cosas, las letras menguan y aquel mundo que conocimos deja de existir. A pesar de ello podemos observarlo de lejos, con una sorpresa antigua y mientras otros miran los restos del naufragio por un ojo de buey. En la superficie hay canas, arrugas, bíceps flácidos, calma y aceptación como forma de vida, un bienestar común y precario y la certidumbre de que mañana, pase lo que pase, todo será igual o parecido. Podemos ser jóvenes siempre en teoría, aunque conlleve un gran esfuerzo en la práctica. Eso sí, hay algo contra lo que nada podemos hacer. Se llama enfermedad.
Porque a partir de los cuarenta perdemos los miedos nacidos en la infancia. Quizás por esa razón surge la posibilidad de la muerte en forma de tumores e hipertensión. ¿De qué hablan los que se hacen viejos? De lo que les duele el cuerpo. Osteoporosis, problemas cardíacos, tartas de cumpleaños como la noche de San Juan…, recordatorios de que los años nunca vienen solos y de que nadie está completamente sano. La salud corporal se une a la maltrecha mente y nos aferramos a la vida con sus desayunos y su fiebre. No hay enfermedad sin esperanza.
Los enfermos bautizan a sus enfermedades con nombres familiares. Les dicen «el bicho» o «mi cosa», la sientan a la mesa y les ofrecen postre. Alrededor del enfermo surge el amor, una preocupación real en forma de caricias y hasta un ánimo de flores y ganas. La libertad consiste en estar sano; el resto son solo recetas escritas con letra de reguetonero. Hay un consuelo ante la enfermedad y es que, a veces, se trata de una palabra. Enfermedad, tienes un nombre de mierda. Desde aquí mi empujón para todos los enfermos; pronto dejarán de serlo.

Ilustración: Francesco Ciccolella