¡Vete al médico!

«¡Vete al médico!» Con esta gracieta de desubicado, nuestro estado anímico roza el estatus de política. De repente, ir a terapia no es ni estigma ni vergüenza. Bueno, al menos en la camiseta de Errejón, pero parece más cercano el día en que desterremos de una vez la vieja creencia —alimentada por los gurús de la autoayuda— de que “en nosotros y sólo en nosotros reside el poder de ser aquello que deseamos”. Resulta que, ahora y más que nunca, es mentira y por esta razón la tristeza, la depresión y el miedo a la muerte ganan terreno en la espiral de pensamientos. Un dato: en España se suicidan 10 personas cada 24 horas y, en el primer semestre de 2020, las enfermedades mentales fueron la sexta causa de fallecimiento.

Más allá de la cuestión de clase que nos impone desde niños la necesidad de ser útiles, generando grados de inferioridad en función de nuestra aportación a la sociedad y al PIB, cada vez es más común sentir esa apatía entre los amigos, las pocas ganas de salir a la calle, o incluso levantarse. Los libros permanecen cerrados o cuestan y la música vuela bajo porque, ¿quién quiere viajar con la mente cuando perder a algún familiar cercano se convierte en hábito?

Bueno para nada, otra mudanza y ya van tres este año; desconectado de mi círculo de íntimos; en los márgenes del mercado laboral y sin derecho a una identidad propia; hola, desesperación, adiós a la independencia económica; inestabilidad y la promesa de otro verano sin festivales… Cada uno se castiga a su manera, de ahí que la depresión y la apatía formen parte de nuestro paisaje diario, en casa y el hemiciclo. Hablar de nuestros miedos sin ansiedad, con un terapeuta o alguien que nos acaricie el dorso de la mano es un gran paso. Resulta que podemos ser felices, incluso cuando no vemos salida.

Ilustración: Matt Blease

Venga, un capítulo más y ya…

Con este mantra tan falso como el abrazo de un músico comienza la experiencia más parecida a ingresar en un convento de clausura que se pueda experimentar en el mundo moderno. A partir de ahí la vida adquiere la forma de una carretera perdida, el aislamiento se sobrelleva con la ingesta irresponsable de alimentos procesados y el tiempo es entelequia, ocio en vena.

Llegan los títulos de crédito y la duda se apodera de nosotros mientras iniciamos la cuenta atrás: 9 segundos y las sienes nos palpitan; 8 segundos y percibimos en las fosas nasales los dos días sin ducharnos; 7 segundos y los propósitos del tipo «este es el último, ¡lo juro!» se acumulan en la cuenta de usuario; 6 segundos y bueno, tampoco pasa nada por echar otra hora delante del ordenador, solo son las tres de la mañana… así hasta perder la guerra una vez más. La diferencia se encuentra en el adversario, y al sargento Hartman le substituyen ahora Carrie Mathison y John Selby, Eleven y el monstruo baboso, Jon Nieve, un enano y el reactor número cuatro de Chernobil.

Porque es imposible renunciar a ver seis temporadas de golpe cuando el horror campa a sus anchas ahí fuera, porque mejor soñar mientras la incertidumbre de la crisis y el desamor amenazan con despertarnos de la siesta, porque nunca fue más fácil convencerse de que empalmando series en streaming llegaríamos a alcanzar una felicidad que parece poder estirarse mientras haya conexión a Internet, hasta el infinito y con manta. No nos engañemos; tener el poder de elegir no significa ser capaces de imponer nuestra voluntad… y así comienza un nuevo capítulo. PRINCIPIO.