Es absolutamente irrelevante que Carlos Alcaraz ganara Wimbledon ayer con veinte años. La culpa es de Brad Pitt, el único terrícola capaz de burlar a la muerte dentro y fuera de una pista de tenis. Ahí estaba él con su pelo de adolescente, con su ropa de adolescente, con sus gafas de aviador adolescente, comiendo patatas fritas como forma de belleza eterna. Porque Brad representa la belleza antes y después de la belleza, una criatura a cinco años de jubilarse eclipsando cualquier épica, y más la de un chaval que da raquetazos a una bola que envejece más deprisa que nuestro creador de humedad universal.
La cuestión no es dilucidar si Brad se ha operado. Aquí de lo que se trata es de saber si los espectadores, en el caso de operarse, tendrían ese aspecto, un halo que atormenta al rubio americano y hace felices a los que suspiran. Y la bola iba y venía y los cuellos dejaron de moverse y Brad nos recordaba congelado que el embarazo es posible en cualquier género, que si uno con cuarenta años aparenta ser su padre, ¿qué nos deparará el futuro?
Las estrellas están compuestas de hidrógeno (71%) , helio (27%) y un pequeño porcentaje de elementos como el hierro y el cromo. Se olvidaron de incluir una genética que convierte a la humanidad en recogepelotas. Yo pagaría miles de euros por recolectar las migas de sus pies, por ser fecundado por una criatura capaz de burlar la decrepitud y convertirla en un deporte estático. Observad la fotografía. No os mordáis el labio. Inspirad y entended que el tiempo no es la cosa más valiosa. Lo más valioso es tener a Brad en nuestro tiempo, el único ganador de ese punto, de este set, de este partido. Brad, please, llévame pronto contigo.
