«Me gustaría que alguien llorara por mí en un tren». Ella me lo confesó al caer en la cuenta de algo que nunca sucedió. Acababa de ver a una pareja despedirse. El chico subió al vagón envuelto en lágrimas. La chica permaneció de pie frente a la ventanilla. El tren comenzó a mover el silencio. Al decírmelo, pensé en las veces que lloramos para reparar errores, para enterrar a gente viva o fría, que llorar es una forma de querer sin ser correspondidos. Las lágrimas nacen en los aeropuertos y las estaciones; las lagrimas mueren en todas las mejillas y el suelo.
¿Cuántas veces han llorado por nosotros? A padre lo vi llorar con su perra muerta en brazos. Madre tuvo que llorar su pérdida y, sin embargo, nunca lo vi hacerlo. Las hermanas lloran como si lloviera flojo. A mis amigos los vi llorar por alguna novia, probablemente de alegría. Si alguien lloró por mí tuvo que hacerlo dentro de su casa, frente a la pared, envuelto en una sábana tibia y azul. Yo lloré en la Terminal 4, con un mollete entre las manos y una fila de gente arrastrando maletas. Sirvió para pasar la pena, pené para secar el llanto. Ella nunca regresó.
Qué sería de nosotros si no pudiésemos llorar por alguien. El mundo estaría hueco, la gente cargaría con un animal sobre los hombros, un animal que pierde sangre por los párpados. Quizás por esa razón sentimos esa debilidad después de derramarnos. Al llorar, por fin, podemos cortar vínculos, la única forma de reír estando solos. Es extraño. En el fondo, todos lloramos por algo que sigue estando ahí cuando dejamos de llorar. Nos faltan lágrimas, nos sobran los motivos. Pero ya llegó el verano.

Ilustración: Raphaelle Martin
Muy acertado.
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Pues la verdad es que no lo sé, pero me puse a tirar del hilo de lágrimas y encontré algo. Si te sirvió me pongo contento. Mil gracias.
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