Desde aquel primer grito se crea un vínculo eterno con la madre. Ella representa la supervivencia del hijo, un lecho, el amor como comida. Pasan los años y el mundo cambia, también las tallas, y ella, en cambio, permanece suspendia en ámbar, quizás más cansada, igual de guapa, madre siempre madre. Ni los amigos del hijo pueden empequeñecer aquella figura en el sillón, su sonrisa al verle, esa tristeza antigua al despedirse. Una mañana, la madre se queda sola. La puerta de casa encierra un mundo que se acaba. Y casi nadie cae en la cuenta de que las madres, todas las madres, son las grandes desconocidas de las estaciones.
La madre estuvo tan pendiente de ser madre que olvidó la mujer en toda ella. Había tareas, poco tiempo en el espejo, ansia por hacerlo bien. Los hijos querían salir, librarse de su mirada tierna. ¡Ya somos mayorcitos! La prisa impidió preguntar a la madre por sus aspiraciones, aquellas que van más allá de formar una familia. A pesar de la creencia, no todo empieza y acaba en los hijos y, aunque así sea, hay otra madre, anhelos, otros novios, vida hundida que debe regresar a la superficie para completar la nuestra.
Porque los hijos creen conocer a sus madres, pero sólo saben una parte. Ayer, frente a una ventana llena de hortensias y alteas, la madre le contó al hijo cómo conoció al padre. Fue en una feria, entre coches de choque y niños con costras en las rodillas. La madre, entonces niña, mordía una manzana de caramelo. El padre la miró con sus ojos verdes de adolescencia y pelo largo. ¿Quieres?, dijo ella. El padre nunca contestó. Se limitó a sonreír. Y el hijo, de pronto, volvió a nacer antes del primer grito, antes del amor después del amor que nunca acaba.

Ilustración: Geoff Mcfetridge
Maravilloso
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